De dónde procede el tabú sobre la violencia de las mujeres.

Capítulo del libro: “LA GUERRA DE GÉNEROS MUNDIAL. (Maximización de la concurrencia, guerra de géneros y acumulación de capital”).

 

Hasta aquí hemos visto aproximaciones a la guerra de géneros establecida por el capital y sus aliados en sus acomodaciones subjetivas al proceso de la acumulación de capitales, pero disponemos de importante información y experiencias concretas respecto a la guerra de géneros en la historia biopolítica de la última década en el estado español, a partir de la iniciativa política tomada por el reformismo social español al legislar y ejecutar las leyes del Divorcio Express y de la Violencia de Género a partir del año 2005. Consideremos esta información estadística (21):

Rupturas o disoluciones matrimoniales 1981-2005
Rupturas o disoluciones matrimoniales 1981-2005 (22)

Evolución de las nulidades, separaciones y divorcios, 2003-2012 (23)
Evolución de las nulidades, separaciones y divorcios, 2003-2012 (23)

Como vemos, la tendencia al alza de las rupturas de parejas viene de décadas atrás, cuando cayó el modelo de acumulación fordista-keynesiano, en la década de los años ’70s. Entonces, la institucionalización de la forma pareja todavía amarrada legal y conceptualmente a condiciones materiales del campesinado, que ya no existían, puso al reformismo, mal llamado socialdemocracia, en oportunidad de actualizar, modernizar dirán, esa institucionalización, y le dio un potente correlato social liberalizador en un momento en que acababa de traicionar al proletariado de las seis naciones en la Reforma del régimen franquista de 1977. Legalizado el divorcio, en 1981, las disoluciones de parejas institucionalizadas comienzan a producirse legalmente. Eran 16.334 disoluciones, sumados nulidades, divorcios y separaciones en ese año 1981(24). Diecinueve años después, en el año 2000, ya eran 102.350 disoluciones, habiéndose multiplicado por más de cinco. Pero entre el año 2000 y el año 2005 se produjo una aceleración considerable de las disoluciones de parejas institucionalizadas. De una media de subida de, grosso modo, 20.000 disoluciones quinquenales, se llegó a casi 50.000 en el quinquenio 2000-2005.

Sin duda, la ola de inversiones desencadenada por la pirámide de los precios inmobiliarios, llamada “burbuja”, con el crédito-trampa hipotecario fácil, disponible masivamente, y el crecimiento importante de la acumulación de capital, la creación de empleo y la expansión de las actividades económicas, es lo que creó las condiciones básicas para el desarrollo de esta tendencia alcista de la disolución de parejas institucionalizadas. Y prueba de ello es que cuando cesaron las inversiones y comenzaron las dificultades de la acumulación de capital, desde 2007, la tendencia alcista se paró, primero, y luego ha descendido.

En la coyuntura alcista de 2000-2005, el reformismo español aprovechó la oportunidad de reducir costes al capital al introducir la Ley del Divorcio Express, que facilita enormemente superar los cuellos de botella de la gestión de tamaño movimiento de masas hacia la disolución de parejas, mas como el reformismo había registrado que este alza formaba a su vez una ola de violencia de género en estas disoluciones, introdujo la Ley de Violencia de Género, que es una ley importante en términos de desarrollo del capitalismo.

Una vez introducida esa ley se multiplican por cinco los casos de malos tratos denunciados, aún cuando el movimiento alcista de las disoluciones se ha invertido, reduciéndose en un 30% las disoluciones matrimoniales. Con otras palabras, o había una enorme violencia machista rupturo-matrimonial sumergida, con tendencia al alza, o grandes colectivos burocráticos feministas han tomado la estrategia rupturo-matrimonial de emplear la denuncia de “violencia de género” para tomar ventaja en los pleitos, ganar y quedarse más fácilmente con parte del patrimonio del otro miembro de la pareja. Probablemente ocurra que se dan ambas situaciones simultáneamente.

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Resultados de la aplicación de la Ley de la Violencia de Género(25)

Pero esto no es meramente “violencia de género”, – concepto, finalmente insostenible-, es violencia de géneros, en plural, que se desata fundamentalmente cuando no hay acuerdo de disolución en las parejas, por cuestiones económicas, afectivas y de paternidad-maternidad, que forma parte de y es mediada por las coyunturas de la dialéctica lucha de clases / ciego proceso mecánico de la acumulación de capital.

En cambio, el cuadro estadístico anterior está extraído del Resumen de datos estadísticos de los siete años de aplicación de la Ley de Violencia de Género editado por el Consejo General del Poder Judicial del estado español, encontramos aquí un conjunto de jugosos datos sobre el tema de la violencia masculina ejercida contra las mujeres “por ser mujeres”, según nos informan el preámbulo y el primer artículo de dicha ley.

Desde julio de 2005 a junio de 2012 en el estado español se han realizado 1.034.613 denuncias por violencia de género contra 714.412 personas, en su inmensa mayoría hombres. La población masculina de entre menos de 18 y más de 80 años a escala estatal es de 17.548.204 personas. De manera que el 4% de los hombres ha sido, por lo tanto, afectado directamente por la Ley de la Violencia de Género. Y el 2% condenado. Es, pues, un fenómeno de masas. El total de delitos de malos tratos y lesiones ha sido de 656.212, en esos siete años.

El total de rupturas matrimoniales alcanzó a 907.292 en ese mismo periodo, que va desde el segundo trimestre de 2005 a 2012, periodo en el que la Ley de Violencia de Género ha estado en vigor, al momento de publicarse los datos del Consejo General del Poder Judicial español. Seguramente, a inicios del año 2014, han sido ya más de un millón de disoluciones matrimoniales si incluimos los resultados del pasado año 2013. No contamos con datos relativos a las disoluciones de parejas no casadas, pero podemos suponer que han sido por ejemplo otro millón, y aunque sea arbitrario nos servirá para tener una imagen de masas del proceso de formación y disolución de las parejas en nuestra época y lugar geográfico.

Lo que queda en pie en este breve examen es que la Ley del Divorcio Express ha arrasado con las separaciones, donde se conserva un grado de unión, es decir, que han cambiado las estrategias de los abogados, pasando a ser predominantes los divorcios (26). De otro lado, se sabe que en el mismo periodo en que iba al alza acelerada la disolución de parejas institucionalizadas aumentó la población económicamente activa desde 18 millones hasta situarse en 22 millones. La tendencia de los salarios en fondo de consumo era al alza, por cuanto el salario anticipado, vía abundancia de créditos hipotecarios, completaba el poder de compra, en dos tercios de la clase obrera y la pequeña burguesía proletarizada. Esto significa que la movilidad social ascendente se incrementaba, mientras numerosas mujeres accedían al mercado de fuerza de trabajo.

El tinglado de la ley de la violencia de “género”.

El auge de la violencia intergéneros viene pues determinado por el proceso del capital, violencia que se ubica principalmente en los procesos de disolución de las parejas, alrededor de acumulaciones particulares y disputas de maternidad-paternidad, lo que conlleva (y a veces es causado por) perdidas de estatus en numerosas ocasiones en alguno de los cónyuges, incomodidades, forzamientos de adaptación, y perdidas económicas y de prerrogativas personales de tipo afectivo-sexual.

Carecemos de un estudio que aclare cuál es la cantidad total de trasvases económicos de los hombres a sus parejas, pero sabemos que la disolución de las parejas produce numerosas perdidas a muchas mujeres y también a muchos hombres que pueden dar en graves empobrecimientos si no son propietarios de capital. La represión política no elimina el efecto empobrecimiento que estas disoluciones tienen, y de este proceso han surgido centenares de miles de familias monoparentales, de mujeres sin pareja y con su hijos o hijos, y hombres solos, que como hemos visto son los resultados de la extinción económica y social de la familia nuclear clásica.

En todo caso, en este ambiente general, no hay únicamente “violencia de género” por “machismo”, como se nos quiere hacer creer en esa ley de los reformistas, que los supuestamente no reformistas han mantenido por ahora, hasta que cambie el panorama.

Las guerras de parejas están altamente determinadas estructuralmente, pero en lo concreto aparecen como procesos meramente subjetivos, inteligibles a partir de categorías como rencor, venganza, oficialmente machistas, pero incoherentes cuando se los lee cotejándolos con la totalidad del cuadro general. Disponer de un medio de regulación con su propia narrativa era una necesidad política del capital y la Ley de la Violencia de Género era el instrumento que venía no solo a preparar la ofensiva reformadora sino también a dar la coherencia y el sentido colectivo necesario con una especifica narrativa histórica de la intrahistoria de las relaciones intergénero, narrativa fundamentalmente feminista, que gustaba y era necesitada precisamente por el reformismo, el cual es imprescindible para el capital.

La Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, nos aclara en su preámbulo que “La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado. Al contrario, se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión”.

Y en su primer artículo remata con que “La presente Ley tiene por objeto actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia.

Hemos visto más arriba que el 4% de la población masculina ha sido afectada por esta ofensiva reformista social. Pero la violencia de las mujeres contra los hombres al parecer no existe. Ni siquiera en los periodos en que va en ascenso general la violencia intergéneros esta violencia tiene una figura definida. A un lado, un millón de denuncias, al otro un colectivo marginado y oprimido, víctima de los ogros que ejercen violencia contra ellas por el mero hecho de ser mujeres, dentro de una película de buenos perfectos y malos perfectos.

¿Las mujeres son incapaces de ejercer la violencia contra los hombres y viven toda esta esta situación del ascenso de la violencia intergéneros, motorizada por el proceso del capital, como meras víctimas? ¿Todas?¿Siempre? Si atendemos a esta narrativa del reformismo capitalista en su frente de las relaciones sexos-géneros, así sería.

En realidad, la mayoría de las mujeres se saben defender solitas, si es que no son temibles al ejercer la violencia sin palo o con él. La violencia sin palo femenina no es denunciable, pero eso no significa que no exista ni que no haga daño y tenga sus propias víctimas, consiste en abandonos, cuernos, abortos, malos tratos, desprecios, desplumes, castraciones simbólicas, denuncias injustas y negaciones de paternidad, entre otras formas de violencia para quebrar la voluntad de los hombres en la búsqueda de sus objetivos justos o injustos. Además, la violencia femenina con palo, cuando el palo no es una denuncia, cuando el palo es una agresión física a un hombre, tiene como aliado para no ser conocida precisamente al machismo, según el cual un hombre agredido por una mujer sería poco hombre, de manera que el agredido normalmente renuncia a denunciar.

En suma, la contracara femenina de lo que ha producido ese millón de denuncias a la violencia masculina llamada “violencia de género” por el capital, su reformismo y su estado, es una masa de violencia social tremenda, pero que se desarrolla sin correlato ni politico, ni jurídico y se ha pretendido que tampoco social, sin lograrlo.

La retardación reformista legitimada como “modernizadora” a través del feminismo.

El hecho, se quiera o no reconocer, es que la violencia de las mujeres  contra los hombres, – y no solo la violencia de los hombres contra las mujeres -, cobra singulares dimensiones en contextos de luchas de poder interpersonales y no meramente de género, sobre todo en trasfondos sociales con creciente inestabilidad de los medios de vida de las masas, como todo el mundo sabe o debiera saber.

La pregunta es ¿a quien podría interesar más establecer esta limitación y reducción genérica de la definición jurídica de la fuente esencial de la violencia, que erradica en la consciencia colectiva la raíz de clase del conjunto de la violencia social, que al mismo capital, en el tiempo histórico en que este necesita imperiosamente decretar la igualdad de géneros para incrementar la plusvalía y poder seguir desarrollando así su sociedad burguesa? Y esta pregunta tiene una respuesta: al reformismo, y más concretamente al reformismo en crisis.

La farsa de la violencia “de género” sublimada a violencia estructural en si, “desigualdad más brutal existente en la sociedad” no es inocente. No entran tantas fracciones burguesas desde las universidades hasta las policías, los medios de difusión, los partidos, las instituciones locales y los juzgados a cooperar en mantener esta farsa sin la existencia de grandes ganancias políticas y de toda índole a repartir.

Claro que hay violencia de los hombres contra las mujeres y que esta es estructural y, además, va en aumento y se expande determinada por las relaciones sociales de producción vigentes, que son las capitalistas, y por supuesto que hay luchas de poder entre hombres y mujeres, pero ambas están enmarcadas en una violencia superior, megaestructural, que es la de la explotación, dominación y opresión de clase, violencia fuente que determina históricamente la envergadura y las formas de las violencias entre hombres y mujeres.

Así definida, fementidamente, la violencia de los hombres contra las mujeres como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad,  por el estado capitalista, inmediatamente el estado capitalista toma la dimensión de estado feminista. Esto ha llevado a que sectores de la retardación pequeño burguesa, – hélos ahí a Prado Esteban y Felix Rodrigo Mora -, periten que hay un “feminismo de estado”, y sin duda lo hay, pero inmediatamente desvían, a su vez, el núcleo de la cuestión, al ocultar que el estado es de la clase capitalista, no lo contrario.

El estado es de clase porque es propiedad de la clase capitalista, allí se concilian y desde allí ejercen la violencia de clase, la presión
violenta permanente contra la clase explotada, la clase obrera. Y es a esa clase capitalista a la que ahora le interesa ocultar la violencia de las mujeres contra los hombres o presentarla estructuralmente como una violencia de respuesta frente al opresor, ya no un hombre sumergido en una patología machista de violencia ni una clase que aliena valor a otra clase,  sino un hombre universal, cualquiera y todos, innatamente opresor de “género”. La lucha contra la opresión que se nos dice ejerce el estado capitalista, como un Robin Hood de las mujeres, tiene aqui su mayor lauro, el de campeón de las víctimas de violencia “de género”…

En esta lucha de clases transformada en guerra de géneros, la propiedad de capital permite a los burgueses eludir con relativa facilidad las peores ignominias de la guerra de géneros, por ser menos necesaria durante los conflictos de intereses, mientras entroniza a las mujeres capitalistas a la cresta de la ola de justicierismo, sacándolas del cuadro de la opresión de clase en que participan ofensivamente.

La cuestión del auge de la violencia de los hombres contra las mujeres es real, el nuevo modo de explotación determina que se registre ese auge durante una larga fase, cuando el subempleo, el paro, los bajos salarios, la baja natalidad, la maximización de la concurrencia y las turbulencias ahora más rápidas y sucesivas de movimientos de estatus ascendentes y descendentes determina mayor número de disolución de parejas y fricciones intergéneros en peores condiciones materiales, entre las cuales una importante porción descarrila hacia la violencia.

Hay otras mediaciones, sin duda. Una, no la menor, es que no hay un modelo de pareja tradicional o nuevo y social colectivo, con su modelo de disolución, para vidas prolongadas. Otra es que el sentido de posesión sigue vigente, y este está presente en los peores episodios de violencia masculina y, hay que reconocerlo, también femenino.

Hurtando todas estas mediaciones, sus significados, y transponiéndolo con la versión reduccionista que inventa una violencia esencial “de género” de los hombres contra las mujeres ya queda el asunto puesto en una narrativa de modernización-liberación social fantástica para el capital y sus aliados. Pero queda el fleco de las necesidades políticas del reformismo, el cual inmediatamente tiende a declarar el tabú sobre la violencia de las mujeres contra los hombres, y en ello le van en juego importantes masas de votos femenino y masculino.

Para el reformismo, el objetivo no es la revolución social sino, en determinado punto, la “liberación” femenina, que, a su juicio, se puede hacer ahora, en condiciones capitalistas y que si no se hace es por el machismo de los hombres, esos violentos brutales, que impide ese avance. Con cuentos como este los reformistas han ganado décadas de supervivencia política, normalizando innovaciones sociales que en condiciones capitalistas son lisa y llanamente degradaciones sociales.

El espaldarazo a determinadas practicas que le han servido al capital para implantar la, o mejor dicho, su “liberación de las mujeres”, nada inocente como estamos viendo, puede ser, y va a ser paulatinamente abandonado por el capital en los centros capitalistas más desarrollados, en los países imperialistas, según le vaya conviniendo, pero a su vez se va a incrementar en los capitalismos emergentes y mundializar.

El tabú de la violencia de las mujeres contra los hombres toma, además, una dimensión de relativa necesidad colectiva en el capital social general, se realimenta y asciende cuando se trata de hacer espacio en la vida de los hombres y capacidad de supeditación de estos a los nuevos requerimientos capitalistas de reparto del trabajo de cuidados y reproducción social al que le llaman acuciantemente el capital y su burocracia bienpensante, políticamente correcta. La salida de las mujeres en masa de la Esfera de la Reproducción Social, incluye la necesidad de entrada de los hombres, también en masa, a esa Esfera de la Reproducción. No por cumplir ningún sueño liberador de las mujeres que tenga el capital sino por las necesidades del sistema de producción de plusvalía.

Todo esto toma una forma de disciplinamiento doméstico de los hombres generalizado, en el que el cuadro del capital ya no es el hombre fordista iracundo que llega a su casa y lo quiere todo limpio sino la mujer enfadada, victima estructural del poder que el hombre ejerce sobre y contra ella, que se defiende de ese ogro malvado… Son los hombres los culpables de la situación general, no los y las capitalistas, su clase y su sociedad burguesa, y por ello es lógico que asuman los trabajos de reproducción social, y los crecientes paro y subempleo estructurales, sin rechistar, dentro de un proceso que no interfiera la alienación de plusvalía clase a clase, sino que la potencie. Es díficil encontrar una estrategia que le dé mayor número de ganancias politicas y de explotación al capital que el hacerse feminista.

Para la sociedad burguesa no hay el menor problema con el trabajo de cuidados y de reproducción social, simplemente se lo transfiere a la clase obrera, pero en el caos social que es la vida obrera, un proceso de distribución del trabajo de cuidados y de reproducción social polémico, crispado, con culpables, insaciablemente problematizado, sirve al capital para ocultar su mediación depauperadora, su negación estructural de la organización social colectiva no explotadora de las fuerzas reproductivas y la mala vida que su explotación produce en la clase a la que explota. Todo es ganancia por todos los lados para el capital en estas guerras de géneros y sus narrativas reformistas.

La oclusión machista-feminista del debate en un presunto innatismo de la violencia intergénero sirve para ocultar la mediación en las relaciones afectivo-emocionales, sexuales, de reproducción y convivencia entre hombres y mujeres, que tienen las relaciones sociales de producción capitalistas y sus efectos sociales, las diferencias y condiciones de clase, y las de estatus que de ella se derivan. La violencia de las mujeres contemporáneas, como la de los hombres, esta determinada por las relaciones sociales de producción, se produce en condiciones capitalistas, y esta hoy regulada según los principios que mejor sirven a la reproducción del capital.

En la lógica del prisma feminista capitalista donde se moldea el tabú de la violencia de las mujeres, resulta que como las mujeres son mujeres forzosamente no son violentas ni agresivas como si lo serían los hombres, sino, evidentemente, meras víctimas de una opresión estructural de género que, a lo más, en ocasiones realizan violencia plenamente justificada en defensa propia. En este cuento de hadas, sin pasiones de poder ni posiciones de clase con todos sus privilegios, las mujeres, así en abstracto, en cuanto tales, devienen meras víctimas de la sociedad patriarcal, sin responsabilidad ninguna en la reproducción política de la sociedad de clases, que es finalmente lo que más le interesa al capital y aún más al reformismo que se crea.

La conclusión es obvia, afortunadamente la violencia machista-capitalista de los hombres es socialmente rechazada, pero desafortunadamente la violencia feminista-capitalista de las mujeres es incentivada estructuralmente, y viene a sustituir a aquella, modernizando todo el sistema de explotación. Es incontrovertible que los horrendos crímenes del machismo deben concitar el consenso sobre su carácter de indeseables y perniciosos de todo punto de vista, pero esto no autoriza a declarar una Omertá sobre la masiva violencia o violencias de las mujeres contra los hombres, sobre todo cuando esos horrendos crímenes antes que ser machistas son productos de patologías sociales, inscritos en unas relaciones sociales de producción, propiedad, reproducción y consumo muy concretas. Con su explicación innatista de la violencia machista-capitalista como una violencia de género y del género masculino, que el reformismo necesita perentori
amente, queda zanjada toda posibilidad de superación colectiva de esa violencia atacando a las causas, en lugar de a los efectos.

El tabú sobre la violencia de las mujeres contra los hombres, por supuesto, un tabú históricamente condicionado, cumple pues una función retardataria, antirevolucionaria, y de defensa política del reformismo capitalista y procede del reformismo mismo y, en último análisis, de su negación burguesa de la revolución social. Es reforzado en su necesidad de ocultación de su función disciplinadora del proletariado masculino durante su introducción en la Esfera de la Reproducción Social, en peores condiciones económicas, sociales y de estatus que las que tuvieron las mujeres durante el fordismo-keynesianismo, y de su función dinamizadora de la introducción del proletariado femenino en la Esfera de la Producción, en peores condiciones económicas, sociales y de estatus que las que tuvieron los hombres durante el fordismo-keynesianismo.

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NOTAS

(21)Evolución de la Familia en España 2006
(22)Evolución de separaciones, divorcios y nulidades matrimoniales en España
(23)La distinción consiste en que:

Separación: no se rompe el vínculo matrimonial, los cónyuges no están obligados a vivir en el domicilio familiar y no se pueden casar con terceras personas.

Divorcio: se rompe el vínculo matrimonial y los cónyuges se pueden casar con terceras personas.

Nulidad: desaparece el vínculo matrimonial. A efectos prácticos, consta como que nunca ha existido el matrimonio.

Evolución de separaciones, divorcios y nulidades matrimoniales en España

(24)Resumen de datos estadísticos de los siete años de aplicación de la Ley de Violencia de Género editado por el Consejo General del Poder Judicial del estado español.

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