La contradicción emergente entre el proletariado y los Estatus Intermedios

Las puertas del régimen burgués.
Son los aliados en los Estatus Intermedios los que necesitan y gestionan la supermacrocarcel que ahora quieren reformar.

Como vimos, la progresiva desvalorización del valor, en ausencia de revolución y en presencia de recuperación reformista y represiva de la oposición organizada al capitalismo, condujo a una enérgica reestructuración de la explotación en Europa. La socialdemocracia fue reestructurándose según la desvalorización del valor se extendía en mancha de aceite por el trabajo de baja cualificación, y su precio se desplomaba, expulsando al proletariado a medida que este perdía poder económico y político. Al final, pasó de contenerle a ser directamente uno más de sus explotadores y exclusores.

 

La forma de salir de la crisis, que en cada década 1966, 1973, 1982, 1993, 2008, ha tenido un auge particular, fue garantizar el giro de la rueda del ciclo industrial, prosiguiendo la acumulación de capital de forma expansiva, a partir de la emisión de deuda; pública, de los consumidores, del capital… el fútbol, los ayuntamientos, las empresas, los deshauciables, el estado mismo, los trabajadores, las misas, las fiestas, las borracheras, los partidos, las vacaciones, además de la salud, la enseñanza y las pensiones, todo se basa en deuda. O lo que es lo mismo en el modo de producción capitalista, en Plusvalía Futura anticipada.

 

En los inicios de esta situación que, al eliminar trabajo simple, la estrangulaba en su base social, allá por los 1970-1980s, la socialdemocracia, ya en desmantelamiento, giró a representar a las fracciones aliadas en los Estatus Intermedios, compuestos por fracciones de ofertantes de fuerza de trabajo con media y alta cualificación todavía protegibles, trabajadores intensamente capitalizados, propietarios de fuerza de trabajo potenciado, y que proliferaban a la velocidad en que se expandía la deuda. A esa misma velocidad la socialdemocracia simultáneamente se desvinculaba del proletariado y se asentaba en esos Estatus Intermedios en expansión.

 

Pero no evacuaban de la población proletaria de cualquier manera. Primero la igualaban al lumpen en sus imaginarios, que eran los predominantes en el conjunto de la clase obrera, a la vez que se separaban físicamente y cubrían de ella. En cambio, con el, este si, lumpen de champán y salchichón si tienen conexiones y articulaciones de alianza y reproducción política. Y aquí también vemos el papel de la semitolerancia de socialdemócratas y neoliberales al mundo “radical de izquierdas”: El 80% del mundo radical de izquierdas depende de los ingresos donados o cubiertos por la socialdemocracia con la intención de construirse un cinturón de “radicales” para vigilar y controlar los movimientos del proletariado, que es para ellos y ellas directamente arena exterior social desde hace 30 años.

 

Los tres bloques de población: Burgues, de Estatus Intermedios y Proletario.

 

Contradicción emergente en las regiones con alta concentración de capitales, entre los aliados en los Estatus Intermedios y el Proletariado. Imagen de proporciones medias estimadas en Europa occidental, con proporción estimada del bloque de población burguesa.
Contradicción emergente en las regiones con alta concentración de capitales, entre los aliados en los Estatus Intermedios y el Proletariado. Imagen de proporciones medias estimadas en Europa occidental.

 

Todo estaba basado, sin embargo, insisto, en el desarrollo fundado en la producción de deuda, o mejor dicho, en el consumo de plusvalía futura, ilusoriamente sustentado sobre el derrumbe del precio de la fuerza de trabajo de baja cualificación, simple, poco capitalizado, sin potenciar o despotenciado, pero que con la creciente relación de la composición orgánica del capital no podía sustentar en términos de producción de plusvalor esas deudas. En todo caso, surfeando sobre la producción de deuda, un tercio de la población al interior de los países capitalistas centrales fue dejada en el cubo de la basura de la historia como sobrepoblación relativa, a lo largo de estas cuatro décadas, entre otras de la barbaras ignominias a que ha dado cobertura la socialdemocracia europea, y como parte de ella las socialdemocracias española, vasca y vasco-española.

 

Esta podredumbre política de la socialdemocracia no era más que uno de los reflejos de la desvalorización del valor, proceso de fondo, estructural, inexorable, que finalmente ha roto las defensas del trabajo de media y alta cualificación e invade también esos espacios sociales basales de la socialdemocracia actual, con independencia de cómo se distribuya en lo territorial el nuevo desempleo estructural de ello resultante. No estamos pues ante una contradicción mundial Capital/Trabajo, sino, más bien, entre Capitalismo/Clase Obrera, pero como durante este proceso amplios segmentos de su sector empleado precisan de la permanencia de las condiciones materiales de desvalorización relativa general para reproducirse, y no solo las de explotación, no es la fracción industrial el epicentro de la contradicción, sino la fracción subempleada, que otea y vive en primer plano las miserias de la producción y la desvalorización. Esta es la base que ha ido perdiendo la socialdemocracia, y en donde acumulaba su mayor esfuerzo de simulación y fraude, donde la burguesía necesitaba y puso a la “izquierda radical”, su reformismo de último recurso, y en donde si la hubiera, que no la hay, estaba la verdadera clase “media”, el proletariado revolucionario.

 

La alianza de clases predominante, la burguesa, consta pues de un epicentro, que son los burgueses mismos y el lumpen y los obreros empleados remunerados por ellos a partir de sus rentas de consumo. Hablamos de entorno al 10% de la población europea, pero dependiendo de regiones en algunos lugares de muy alta concentración de capitales puede ascender al 15 y 20% de la población. Por ejemplo, Suecia, Suiza, Holanda y determinadas regiones occidentales de Alemania. La “clase media”, es decir los aliados en (reproducir) los Estatus Intermedios, en contradicción emergente con el proletariado, y el bloque “medio” que históricamente ha manejado la socialdemocracia, alcanza normalmente entre el 35% y el 55% de la población. Técnicos, funcionarios, obreros empleados de media cualificación estables e incluso de baja cualificación protegidos en zonas con capital altamente concentrado, burgueses muy pequeños ya proletarizados, pensionistas bienestantes, profesores de universidad productores de parados/as, a determinado punto de la desvalorización del valor, pasan a presionar a la socialdemocracia para que les defienda. Pero, como se ha visto en Grecia, no lo hacen inocentemente sino sacrificando al proletariado, que en la mayoría de los países imperialistas, como lo son todos o casi todos los que están en la Península Europea excluyendo a varios de los de su parte Este, estamos en minoría, aunque paulatinamente crecemos.

 

El bloque del proletariado se compone de jóvenes no propietarios, pensionistas con las pensiones bajas, insuficientes, de miseria, sobre todo mujeres. Parados de larga duración, que viven desde veinte y treinta años menos de vida que la esperanza media de vida. Obreros y obreras subempleadas, de baja cualificación hasta ahora y crecientemente de media cualificación, exhaustos. Así como todo aquel/la compañero/a que ame al pueblo en su mayor y más cualitativa expresión, que es el proletariado, y rompa con la sucia política y el envilecimiento a que conduce la autonomización primero y luego la incorporación lobista de los aliados en los Estatus Intermedios en la defensa del proceso explotador y exclusor del capital.

 

La contradicción emergente entre el proletariado y los aliados en las fracciones de los Estatus Intermedios.

 

El resultado de estas cuatro décadas de lucha de clases combinada a las determinaciones históricas decantadas por el proceso estructural del capital, nos ha traído a un lugar histórico en el que podemos hacer la revolución pero no la revolución que queremos, pues la prehistoria no ha terminado, ni cómo queremos, sin uso de la fuerza que es como nos gustaría, ni cuando queramos. Podremos, pero no podemos. Por un lado, el voluntarismo burgués anega a muchos cuadros obreros que creen que pueden hacer la revolución solo por la fuerza de su voluntad, caen así en sanfranciscanismos, que olvidan que la revolución no se convoca, estalla, que el desarrollo de las fuerzas productivas no es el mero desarrollo tecnológico sino la transformación histórica de la interactividad de los seres humanos como cuerpo colectivo productor y reproductor de si mismo en la naturaleza y así de esta misma. En el medio del colapso a cámara lenta del edificio histórico del capitalismo en que existimos día a día envueltos y tomados por la impotencia política y la incertidumbre histórica la voluntad revolucionaria es la resistencia, no el simple resistencialismo defensista; la Resistencia con mayúsculas a la asimilación burguesa y al sumidero de sus subculturas de los Estatus Intermedios, el mantenimiento contra viento y marea de los pequeños fuegos sagrados y la lucha rabiosa por la autodelimitación de la consciencia para sí de la clase obrera proletaria, cuya forma revolucionaria, cima del desarrollo de la consciencia humana, que a jirones y en minúsculos pedazos conservan para todos quienes han podido resistir hasta ahora la neutralización, subsunción y asimilación burguesa y sus aliados.  Y sus represiones, integraciones o cooptaciones formadas también con los tentáculos neorreformistas y socialdemócratas de los Estatus Intermedios, incluso presentados como “radicales” “de izquierdas”.

 

El panorama de la lucha de clases en que nos hallamos resistiendo se distribuye, pues, en tres y no dos bloques sociales, que corresponden a las dos grandes clases sociales: la insistencia en el lenguaje polítiquero que contiene la narrativa política burguesa de “la izquierda y la derecha” busca ocultar precisamente el desdoblamiento político-social de la burguesía, la existencia de tres bloques y así de un cierre categorial antiproletario, la colaboración descarada pero a la vez oculta con los monopolios y el deseo fascista de la izquierda “radical” de los aliados en los Estatus Intermedios de sacar al proletariado de la autoorganización política no en lo que concierne a la reforma, sino en lo que atañe a la revolución, que es lo que hace la consciencia para sí de una clase. De este modo, el capital se desdobla entre neoliberales y estatistas, conservadores cínicos los unos, progresistas hipócritas los otros, de derechas aquellos, de izquierdas estos, a veces ambiguos ni de derechas ni izquierdas esos, o los otros “radicales” “de izquierdas” o de “derechas”. El proletariado políticamente muy minorizado es asediado por este complejo desdoblamiento del capital, pero sigue siendo la única potencia histórica que puede hacer frente y anular y superar al capitalismo.

 

En este panorama, el giro dado por las fracciones aliadas en los Estatus Intermedios, en contradicción emergente con el proletariado, es muy esclarecedor. En Grecia, tras quitar a la socialdemocracia pusieron a los neorreformistas y a cambio de no ser expulsados del euro, incluso aunque solo se logre evitarlo temporalmente, aceptan el incremento de la presión genocida del austericidio contra el proletariado, así que no es únicamente el verdugo monopolista europeo el que nos explota y margina, el que nos aplasta, ni únicamente la socialdemocracia, también los neorreformistas forman parte de la opresión y explotación de clase. Una vez esto ha quedado en evidencia, se han puesto a perorar sobre… la unidad de la izquierda (¡), para disimular que están tan integrados como la socialdemocracia. Lo que se ha demostrado en Grecia es que los Estatus Intermedios que no se ponen al servicio del proletariado y se subordinan políticamente a su lucha por la emancipación a través de la anulación y superación del capitalismo, lo que no se puede hacer más que de una forma revolucionaria y a través de la revolución que el mismo capitalismo trae, son pues tan enemigos de clase como el banquero o el político, el periodista y el cura, la feminista burguesa o el machito explotador cliente de prostitución, el o la empresario/a, el represor y el deshauciador.

 

Nos urge la revolución socialista, pero hasta que la barbarie capitalista, en un mayor despliegue de su colapso civilizatorio, no remueva a mayores segmentos de las fracciones aliadas en los Estatus Intermedios no tenemos posibilidad real de neutralizar la desorganización política que el enemigo burgués de clase nos impone. Esto lo logra principalmente no a través de la represión, sino a través del reformismo.

 

Sobre cómo lo hacen hablaremos en la siguiente entrega de este artículo.

 

 

K.A.García-Salmones

 

 

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