Maximización de la concurrencia y desvalorización de la reproducción social del proletariado

Capítulo del libro: “LA GUERRA DE GÉNEROS MUNDIAL. (Maximización de la concurrencia, guerra de géneros y acumulación de capital”).

Con el derrumbe del intento soviético y luego maoista de formar una economía socialista fuera de la Ley del Valor, desde mediados de los años 90s hasta ahora, en el gran área del mercado de fuerza de trabajo mundial sometido a la ley del valor estamos viviendo una transición en la que se impone la tendencia estructural a la bajada de los salarios, puesto que la fuerza de trabajo concurrente está creciendo descomunalmente con la incorporación de los trabajadores que componían la fuerza de trabajo de los países del Comecon y China, a los que hay que añadir los de la India.

Donde antes había una fuerza de trabajo de en torno a 1500 millones de obreros y obreras, a partir de mediados de los años 90s del siglo pasado se ha venido incorporado un bloque de otros 1500 millones de obreros y obreras. Es decir, la oferta de fuerza de trabajo en el mercado mundial solo por este evento se ha duplicado.

Sabemos cuantos son los asalariados estables a partir de datos de la OIT que nos ofrece Michael Husson en un reciente artículo (31). En el primer gráfico estadístico, vemos la evolución del número de personas asalariadas en el mundo, comparando la de los países en proceso de industrialización, denominados “emergentes”, – que son precisamente Rusia, China, India, aunque también Brasil y Sudafrica, entre otros -, con la de los países más avanzados en la explotación capitalista:

Salarización y proletarización, a diferentes ritmos a escala mundial.
Base 100 en 1992. Fuente: OIT. “En los países “avanzados”, ha aumentado la salarización alrededor de un 20% entre 1992 y 2008, para luego estancarse desde la entrada en la crisis. En los países “emergentes”, ha aumentado cerca de un 80% en el mismo periodo (gráfico 1). Se encuentra el mismo tipo de resultado, aún más marcado, para el empleo en la industria manufacturera: entre 1980 y 2005, la mano de obra industrial ha aumentado un 120% en los países “emergentes”, pero ha bajado un 19% en los países “avanzados”.” Michael Husson. (31)

Efectivamente, estimado desde una base 100 se comprueba que la velocidad de crecimiento del número de personas asalariadas es mucho mayor en los países emergentes que en los países con la explotación capitalista altamente desarrollada. El motivo de este contraste es principalmente la cuantía de la inversión necesaria por nuevo empleo, que es enorme en los países con alta composición orgánica media del capital o con la explotación capitalista altamente desarrollada, mientras las ganancias esperadas son menores que en los países emergentes, de manera que la inversión se desplaza hacia esos países.

En el segundo gráfico estadístico de la OIT que ofrece Husson se nos muestra la envergadura del sector empleado internacionalizado de la clase obrera mundial. Vemos como este bloque ha venido evolucionando rápidamente hacia un incremento numérico, a causa de la introducción de las fuerzas de trabajo de las economías ex-socialistas y el crecimiento de la población, dando en que el volumen de obreros y obreras concurrentes constituye un ejercito mundial productivo del todo descomunal:

Evolución de la clase obrera internacionalizada desde 1990 hasta 2010
El volumen de obreros y obreras concurrentes constituye un ejercito mundial productivo del todo descomunal:
465 millones de obreros formaban directamente en 2007 en la cadena mundial de producción de plusvalía, la red mundial de Trabajo Social Abstracto.

 

465 millones de obreros formaban directamente en 2007 en la cadena mundial de producción de plusvalía, la red mundial de Trabajo Social Abstracto. El estallido de 2007 lanzó al desempleo y al subempleo a 80 millones de obreros participantes de esa cadena mundial de agregación de valor en todo el mundo. La fuerza de trabajo en los países con la explotación más avanzada supera los 125 millones de obreros, y en los países con la explotación menos avanzada, – quiérese decir, los países con menor desarrollo de la composición técnica del capital, o menor desarrollo de las fuerzas productivas, menos automatización, menor masa de medios de producción por obrero -, la fuerza de trabajo roza ya los 300 millones de obreros.

Entre 1990 y 2010, se han incorporado a la cadena de agregación de valor mundial, o red mundial del trabajo  social abstracto, 275 millones de obreros. Pero el proceso de incorporación a la oferta mundial de fuerza de trabajo por parte de las mayorías mundiales puede decirse que solo ha empezado. ­(32), es decir, hay un bloque de mil ochocientos millones de personas, hombres y mujeres, formándose para entrar en la oferta de fuerza de trabajo mundial en los próximos 20 años, a un ritmo medio de cien millones al año, la mitad de la fuerza de trabajo de todos los países capitalistas centrales.

La velocidad de incorporación a la oferta de fuerza de trabajo, tanto por la masa de personas que alcanza la mayoría de edad, como por la lentitud del abandono de la oferta por parte de quienes alcanzan la tercera edad o vejez, – mayor a medida que la apropiación capitalista del Salario General Indirecto en pensiones se incrementa, con mayores quitas según baja la tasa media de ganancia -, y por la envergadura de las mismas masas de personas no salarizadas existente a escala mundial, pero en proceso de salarización, anuncia unas décadas de expansión e intensificación enérgica de la concurrencia a toda escala de la fuerza de trabajo mundial.

Recapitulando, la fuerza de trabajo mundial concurrente en el mercado global y en explotación en el aparato productivo internacionalizado o cadena mundial de agregación de valor es actualmente de unos 450/500 millones de obreros, la fuerza de trabajo empleada en producciones endógenas probablemente no supere esas cifras de trabajadores empleados, pero la masa de hombres y mujeres, jóvenes y no jóvenes, potencialmente ofertantes de fuerza de trabajo, es de varios miles de millones de personas, hoy en desempleo, inactividad productiva (aunque en actividad (re)productiva, como es el caso de numerosas mujeres) y formación.
Así pues, no se trata solo de la nueva concurrencia mundial femenina, puesto que además de ella están los más de mil millones de varones jóvenes y no jóvenes, constituyendo la masa de nuevos y potenciales ofertantes que se encuentran formando el siguiente pulso de incorporación de oferta de fuerza de trabajo adicional de la superpoblación fluyente y latente en todo el mundo. Estas son condiciones de verdadero paraíso para la explotación capitalista.

La principal política que ha tomado la dirección del capital respecto a este asunto pivota sobre el eje de maximizar la competencia. ¿Qué es maximizar? Maximizar es llevar un proceso a su máximo rendimiento posible, en este caso, incrementar la velocidad de reemplazo y rotación de la fuerza de trabajo situada en el aparato productivo, intensificando todo lo posible su explotación, de manera que el refresco intenso y continuo salvaguarda los niveles de plusvalía producida y si puede los eleva.

En este panorama, la situación de amplias masas mundiales de obreros, – que por la magnitud alcanzada y su diversidad si pueden ser denominados “Multitud” pero por su condición de clase no pueden ser denominados más que, rotundamente, Clase Obrera Mundial -, consiste estructuralmente en que vamos a vivir un proceso de acumulación vertebrado principalmente por la deflación salarial internacional y las políticas de maximización de la concurrencia y sus tensiones. No puede ser de otra manera, porque la celebre caída de la tasa media de ganancia sigue operando con toda su plomiza determinación.

Si, anteriormente, la envergadura de la fuerza de trabajo concurrente, en los países capitalistas avanzados, presionaba hacia la desvalorización de la reproducción social del proletariado produciendo la formación de una crisis demográfica, en estos momentos la abundancia de oferta de fuerza de trabajo disponible en el mercado mundial, que viene a prolongarse durante décadas, redobla las fuerzas estructurales tendentes a promover la desvalorización de la reproducción social del proletariado endógeno de estos países, mientras ese efecto se mundializa.

Es en este contexto en el que el capital sigue presionando para maximizar la concurrencia en el mercado mundial de fuerza de trabajo.

Voy a centrarme ahora en el análisis de las consecuencias ya observables y previsibles de esta desconocida magnitud e intensidad de la concurrencia, y de la voluntad política de su maximización en el contexto de crisis estructural de sobreproducción mundial de mercancías que estamos viviendo.

Vayamos por partes.

El capital humano femenino y masculino.

El Trabajo Vivo Útil, como se sabe, es capital variable. Esto significa que los trabajadores son efectivamente capital, lo cual no es nada reivindicable como aducen continuamente la pequeña burguesía y el gran capital, sino algo rechazable, por cuanto significa el epicentro de la cosificación de lo humano.

Ocurre sin embargo que el capital variable humano se descompone a su vez en dos formas básicas, el Capital Humano Estable y el Capital Humano Latente. Estas dos formas de capital humano se corresponden con sus distintas posiciones de los concurrentes ante el aparato productivo, por un lado, el capital humano estable es la Población Productiva; o sea la parte de la población que se encuentra ubicada establemente en el aparato productivo. Formando en el  Capital Humano Estable A/los obreros que venden su fuerza de trabajo establemente a las empresas capitalistas y B/ los capitalistas integrados en el proceso de producción de plusvalía.

Efectivamente, dentro de esta población productiva (o puesta permanentemente en producción) vemos que el capital humano estable está compuesto por los capitalistas que son propietarios de su propio capital humano, ( su fuerza de trabajo en desarrollo capitalizada mediante inversiones y praxis productivas que la revalorizan en valores de uso, compuestos de conocimientos, destrezas y saberes), y, a su vez, son también propietarios de capital. Y así mismo, está compuesto por los obreros propietarios de su propio capital humano pero no propietarios de otro capital.

Esto es importante, la tendencia es a que cuanto mayor capitalización hay de la fuerza de trabajo, y mayor es la envergadura y la estabilidad de capitales humanos en el aparato productivo, mayor interés hay en estabilizar la Sociedad Burguesa.

Junto a ella, en el capital humano general, como capital humano latente, forma la Superpoblación Relativa (*). Este capital humano latente fluye, fluctúa y se estanca con entradas y salidas al aparato productivo dependiendo de los auges y caídas del ciclo industrial, así como del desarrollo de las fuerzas productivas o tendencia decreciente de la tasa de ganancia, desde la automatización hasta las reorganizaciones socio-productivas, experimentando subidas y bajadas de su valor como fuerza de trabajo. Parados y paradas, subempleados y subempleadas, pero también personas salarialmente inactivas en preparación para el ingreso en el aparato productivo como estudiantes o ubicadas en la Esfera de la Reproducción. Esta parte del capital humano general es la parte que más crece en nuestra época.

La idea de que los obreros cualificados e incluso altamente cualificados, forman una “clase” de técnicos es errónea. Más bien, forman una subclase de técnicos, como fracción especial de la clase obrera, que en función de cuanta plusvalía les sea alienada o se comparta con ellos, están en transito de aburguesamiento o de proletarización. Es decir, forman en la Zona de Indeterminación Temporal entre las dos grandes clases sociales mundiales, forzosamente en movimiento relativo hacia las condiciones medias de una u otra clase, sea cual sea la formación social nacional en que formen.

La novedad actual, en este proceso general de capitalización de la fuerza de trabajo general correlativo a la elevación de la composición orgánica media de capital, consiste en que la expansión, intensificación y maximización de la concurrencia mundial toca negativamente en cuanto a sus condiciones de vida y trabajo a estas fracciones del Sector Empleado de la Clase Obrera Mundial.

La otra novedad es que el capital humano femenino se va a encontrar con la competencia del capital humano femenino, perdiendo el feminismo burgués parte de su aliento desde la base material, dado que la competencia ya no será únicamente con y contra hombres.

Nos interesa comprender que la maximización de la concurrencia tiene el efecto del lanzamiento masivo de las personas a la mayor cualificación posible como fuerza de trabajo, tanto femenina como masculina. Y este es uno de los procesos que componen la desvalorización de la maternidad en las mujeres jóvenes. Así en Hego Euskal Herria la media de edad en las mujeres a la hora de tener el primer hijo es en 2014 de 33 años. Y esto porque, anterior a la abolición del patriarcado en condiciones capitalistas, en la fase productiva fordista y situación de abundancia relativa de demanda de fuerza de trabajo, un obrero medio sin una cualificación especial y su compañera podían sacar adelante con su salario adelante los costos del nacimiento de un bebe, en cambio hoy en situación intensa competición por los empleos hay que tener la mayor y mejor formación posible para concurrir con una mínimas posibilidades de vender la propia fuerza de trabajo en el mercado capitalista, mientras que el salario a duras penas da para mantener un hogar, no digamos ya la reproducción social.

Este proceso estructural funge para hombres y mujeres por igual, pero con consecuencia distintas, debido a su desigualdad real, no abstracta, a causa de la mayor necesidad de la participación femenina en la reproducción social y a la mayor capacidad, y estratégicamente indispensable, de las mujeres en la Producción de Vida. Así que la maximización de la concurrencia genera dos consecuencias distintas en los dos géneros igualados ante la producción de plusvalía: La desvalorización real de la condición masculina, (el valor ideológico formal se mantiene e incluso es necesario para el capital que se mantenga en lo ideológico para prolongar todo lo posible los combates “de género”), y la desvalorización de la maternidad, real y formal, en la clase obrera.

La desvalorización de la condición masculina en el proletariado.

Como he señalado, la diferencia cualitativa entre hombres y mujeres en el plano de la producción de valor consiste en que los hombres no pueden participar directamente en la producción de vida, pero las mujeres si pueden participar directamente en la producción en general y en la producción de vida. Estamos, pues, ante una productividad potencial superior básica general, se quiera reconocer o no, de las mujeres antes los hombres. Los hombres naturalmente se sitúan en la Esfera de la Producción y pueden participar en la Esfera de la Reproducción pero solo indirectamente en algunas funciones cruciales, como la gestación, el parto, el amamantamiento, y la primera crianza. Esto significa que los hombres tienen menor valor potencial básico, a priori o estructuralmente, en el plano de la producción total, que las mujeres a medida que aumenta la composición orgánica de capital, los trabajos físicos más duros se automatizan y la construcción del grueso de los complejos urbanos ya está terminada.

Veamos esta estadística (33):

 

Un hombre tiene 12 veces más de probabilidades de ser encarcelado que una mujer.
Aumentos de la población reclusa desde 1990 en el estado español, y proporciones entre población reclusa femenina y población reclusa masculina.

Si miráramos esta estadística solo desde el plano distributivo intergéneros o solo interclases, perderíamos de vista la riqueza de las determinaciones en la distribución género-clases. En efecto, la inmensa mayoría sino la unanimidad de los hombres reclusos, que son el 90% de las personas presas, son de la clase obrera, mayoritariamente de las fracciones más depauperadas de la clase, situados en la superpoblación estancada, altamente excluidos del aparato productivo, y en los que se ceban el paro, las drogas y otras miserias de la sociedad burguesa.

Aquí el efecto de minusvalor de la fuerza de trabajo accesoria al sistema productor de mercancías y del minusvalor como fuerza productiva masculina en el plano de la población total se resuelve como mayor represión del orden burgués vigente.

Por su lado, vemos que su condición de género protege, de nuevo, relativamente a las mujeres, en este caso no ante la mortalidad sino ante una de las formas de la represión sistémica. Lo que lleva a la convicción de que la principal mediación que mitiga la antagonía de las clases es la reproducción social, y que en ella la tendencia predominante de las dos clases es a cooperar. Y desmiente la posición feminista burguesa de que la contradicción de géneros sea una contradicción antagónica, pues de otro modo no sería posible la reproducción de la especie humana, siendo, más bien al contrario, que es la tendencia a la unidad de los géneros la que mitiga la antagonía de las clases y la lucha de clases, pero es precisamente esa tendencia a la unidad la que se ve rota en el proletariado, a medida que aumenta la desvalorización de la maternidad y decrece la reproducción social del proletariado , primeramente del endógeno en las grandes regiones capitalistas más avanzadas en la explotación (Europa, Japón, los EEUU).

Una mujer tiene nueve veces menos de probabilidades que un hombre de ingresar en prisión en el capitalismo avanzado, donde la opresión de los hombres sobre las mujeres es, se nos dice, estructural. Y un hombre del proletariado tiene a su vez muchísimas probabilidades más de ser encarcelado que un burgués, por no hablar de una mujer burguesa. Y es que el hombre proletario ubicado ante el aparato productivo como superpoblación relativa, históricamente ha estado desvalorizado y ha sido sujeto de especial observación ante su amenaza latente al orden socio-económico, que le niega los medios de vida para forzarle a vender su fuerza de trabajo al menor precio y costo posible… y encima no le compra esa única mercancía que podría ser su medio de vida.

Solo que además los hombres ni siquiera pueden quedar embarazados, el suma y sigue de condiciones negativas no puede sino agravarse a medida que la ampliación, intensificación y maximización de la concurrencia endurece las condiciones generales, repartiéndose con mayor dureza y peores resultados hacia abajo de la escala de la jerarquía de la distribución de las rentas. Los más impulsivos y menos protegidos de entre los que se hallan en el foco de la desvalorización son pues los mayores candidatos a ser encarcelados, pero la desvalorización de la condición masculina se incrementa a medida que avanzan los procesos de maximización de la concurrencia y de abolición del patriarcado y establecimiento de la igualdad de clases en la producción y reproducción en condiciones capitalistas.

En el conjunto de la clase, una de las formas que toma la desvalorización de la condición masculina es precisamente el rechazo al deseo, sexual o no, del varón proletario, su negación, dado que es susceptible a priori de ser machista, violento, agresivo, un ser despreciable bueno para nada, que además es incapaz de aportar otra cosa que sus frustraciones a la cotidianeidad social. Los estallidos de los hombres, la respuesta violenta, el empleo finalmente del único arma social que le queda entre las manos o para obtener dinero o para recuperar formas de influencia las relaciones sociales generales o de proximidad, estará – y está – al cabo de la calle. Residuo del proceso de extinción de la familia obrera, su violencia es resultado y efecto de la violencia sistémica, y su desvalorización no otra cosa, en la mayoría de las veces, que la desvalorización del proletariado masculino, las formas que toma la dominación de clase en un género. Pero las y los izquierdistas nos informan de que es un machista, al que hay que reeducar… cabe preguntarse ¿y por qué no reeducan primero uds. señores y señoras reformistas, izquierdistas, feministas burguesas y marxistas oportunistas al capitalismo y a la Sociedad Burguesa?

Retengamos que la desvalorización de la condición masculina en el proletariado, que es camuflada como contracara de la “liberación femenina” o resultado de una inventada tendencia innata de los hombres a ser violentos, en el contexto de las dictaduras sociales de la Subsunción Real de la Fuerza de Trabajo, es un efecto estructural, sistémico, trampa intrahistórica brutal contra las individualidades proletarias masculinas, no nueva, por supuesto, aunque hoy agudizada, y efecto que no puede ni debe ser analizado descontextualizadamente del conjunto del proceso de desarrollo ampliado de la Sociedad Burguesa y del capitalismo que la produce.

Tampoco efecto nuevo, encontramos junto a la desvalorización de la condición masculina en el proletariado a la desvalorización de la maternidad, en las mujeres de clase obrera de los países capitalistas con la explotación de clase más desarrollada.

La desvalorización de la maternidad en el proletariado.

La caída de la natalidad media en las formaciones sociales capitalistas a medida que se eleva la composición orgánica del capital, es un fenómeno mundial. En el capítulo siguiente, que tiene que ver con el imperialismo demográfico, estudiaremos el por qué de los distintos ritmos de descenso de la natalidad en los distintos países capitalistas centrales. Ahora nos interesa comprender que el descenso de la natalidad en el capitalismo altamente desarrollado, que afecta brutalmente a las relaciones sociales de reproducción biológica, y determina la tendencia social al surgimiento de ideologías de desvalorización de la maternidad, que en último análisis proceden de desvalorizaciones materiales concretas de la reproducción en el proletariado.

La caída de la natalidad por debajo de la tasa de reproducción social está determinada, efectivamente, por la bajada estructural de los salarios, (y hay que calcular la masa salarial obrera con relación al capital total, incluidas las viviendas hipotecadas, al que la fuerza de trabajo debe valorizar), ; por el lanzamiento en masa de las mujeres obreras a la oferta de fuerza de trabajo; por la bajada de la mortalidad infantil; por la mayor capacidad del capital de acelerar la tasa de reemplazo de la fuerza de trabajo movilizando a la superpoblación relativa, una de las formas de la maximización de la concurrencia; y por varios factores más entre los que se incluye la necesidad de emplear mayores dedicaciones en la formación por niño.

La maximización de la concurrencia hemos visto que va a más a escala mundial. Por muchos movimientos nacionales o nacionalistas que surjan para acotar la competencia en la venta de fuerza de trabajo en áreas estatales o nacionales,  el capital social general se ve forzado por la caída de la ganancia media y por la necesidad de competir en el mercado mundial a reducir salarios y acelerar la capacidad de reemplazo. El contexto de abundancia de oferta de fuerza de trabajo ya descrito no es algo a lo que vayan a renunciar o puedan renunciar los capitalistas, por mucho que dosifiquen los flujos de la demanda al controlar la inmigración. La automatización, avanza y tiene amplio espacio para hacerlo. Sabemos que hasta el 47% de los empleos actuales son susceptibles de automatización (34) :

 

Hasta un 47% de los actuales empleos son susceptibles de ser informatizados
“The future of employment: how susceptible are jobs to computerisation? / “El futuro del empleo”: ¿cuánto son de susceptibles a la informatización los distintos oficios?

Tal evolución recrudece los esfuerzos por incrementar la formación. Los años de formación necesarios para competir en condiciones en el mercado de fuerza de trabajo, y así la postergación en la edad media de la madre al tener el primer hijo, hoy en 32 años en este entorno, se retrasa aún más.

La desvalorización de la maternidad no es más que la consecuencia de la abundancia relativa de fuerza de trabajo disponible, unida a la bajada del salario. La desvalorización de la reproducción social del proletariado endógeno, iniciada en los años 60’s, precisamente por representar la movilización política de la sobrepoblación relativa una amenaza al ascenso al consumo de amplias fracciones de clase obrera y, a la vez, asustar a la burguesía el crecimiento numérico expansivo de la clase obrera en los momentos en que la comunidad de la clase obrera tendía a la autoorganización. Paternidad y maternidad aparecen hoy, en cambio, como un lujo inasequible, pero también se aducen motivos neolmalthusianos para rechazar el ejercicio de la maternidad.

En realidad, buena parte de los equilibrios de la acumulación interna de capital se han basado precisamente en la negación de la maternidad al proletariado endógeno. Merced a esa negación, el malestar debido a la caída del salario en amplias fracciones poco o medianamente cualificadas de la clase obrera, era superado precisamente por la caída de la natalidad que, al eliminar los costos incluidos en salario en reproducción de la fuerza de trabajo a largo plazo, permitía a los y las obreras y obreros participar en el consumismo, sin necesidad de elevar la lucha por el salario. Menos niños, o menos gastos en reproducción de la fuerza de trabajo a largo plazo abarataba el valor de la fuerza de trabajo, con lo cual la productividad se elevaba, a costa de estas trampas.

Con estas ganancias, había mayor renta real, en fondo de consumo, disponible en la clase capitalista, de manera que crecían la acumulación de capital y la Sociedad Burguesa, mientras que una parte de dinero que quedaba liberada dentro del salario, perteneciente aún a la reproducción de la fuerza de trabajo a largo plazo, motorizada por las fuerzas que alientan consumismo  para superar la sobreproducción estructural, se gastaba en consumismo. Esto a su vez hacia crecer a la Sociedad Burguesa en la parte de la pequeña burguesía, con toda la panoplia de pequeños comercios que florecían alrededor de esos excedentes no reinvertidos en reproducción de la fuerza de trabajo a largo plazo.

El rechazo a la maternidad ha tenido, pues fuerzas determinativas muy profundas. Antes una bajada del salario involucraba el hambre en la infancia, pero reducida esa infancia, una bajada en los salarios determina un descenso del nivel de consumo. La poca respuesta en comparación con la respuesta a la bajada de salarios en otras crisis de sobreproducción, se basa en gran parte en la ausencia de fuerzas morales en la masa de la comunidad de la clase porque lo que defiende en muchos casos es poco menos que simple consumismo, la absurdidad de entrar en conflictos muy serios por simple consumismo, es uno de los hechos por los cuales durante esta crisis la resistencia obrera ha sido débil. Pero el problema que el conjunto del régimen y su modelo de acumulación ha creado en el proletariado, que como fuerza productiva es una propiedad, en último término, de los propietarios de las fuerzas productivas, es la despoblación.

No hay que confundir, por otra parte, el rechazo a la maternidad con la desvalorización de la maternidad.  El rechazo a la maternidad tienen que ver con la dureza de la gestación, con su crudeza, dureza que produce en las mujeres una seria conciencia de género, aunque no es menos cierto que muchas mujeres dicen haber disfrutado de sus embarazos al punto de ser sus mejores experiencias vitales… En todo caso las fuerzas creativas que se desatan en las mujeres cuando están gestando incluyen también momentos de rechazo, e históricamente es cierto que siempre ha habido un grado determinado de rechazo a la maternidad entre las mujeres. Pero la desvalorización de la maternidad con la proliferación de insultos de tipo “conejas”, es un proceso estructural alrededor del cual se forman ideologías de clase y de sector de clase, ideologías alienantes en casi todos los casos, o incluso ahora meras disrelaciones o asincronías entre la conciencia y la existencia. La mayor parte de la ideología de rechazo a la maternidad causada por la desvalorización de la maternidad se engloba en la, más general, cultura del desamor que forzosamente debía surgir y surge del proceso de derrumbe y precarización del salario obrero, de la depauperación y precarización de las masas. No nos equivoquemos, la cultura del amor, antes de pasar a ser recuperada por el proceso del capital y constituirse en cultura consumista del amor, surge de la negación de la cultura del desamor, que es producida por la explotación misma, por la expropiación básica, por la caída del salario, por el incremento de la velocidad de reemplazo y así de la movilidad social y territorial de la fuerza de trabajo, y del aumento de la depauperación. Y está afectara, afecta, fundamentalmente a la clase obrera y los sectores populares.

Es interesante resaltar que la despoblación por caída de la natalidad no es ni mucho menos un proceso tranquilo, plácido y sereno; la reducción de población en condiciones capitalistas promete constituir un proceso verdaderamente angustioso, sin que su final consista en desembocar en una sociedad bucólica, recuperando la estabilidad ecológica el planeta. De eso nada, esta idea puede parecer razonable para quienes viven en el medio rural y ven poca gente y mucho equilibrio, en zonas capitalistas altamente desarrolladas, muy diferente aparece el cuadro cuando se consideran redes de ciudades de docenas y cientos de millones de habitantes viendo su caer su población en un tercio y más en periodos de 20 o 30 años. Solo la inmigración masiva, con su choque cultural y social brutal, puede detener semejante caos.

Al contrario de lo que se nos cuenta, la población no solo es riqueza y fuente de riqueza, es que si decrece decrece la riqueza: todos los grandes modos de producción que han aumentado la producción y el nivel de vida, consumo y salud de la población, surgieron en una dialectica de despliegue en el que el aumento de la población era crucial. Por este motivo podemos sostener que la bajada de la población determina la caída del nivel de vida, incluso dramáticamente, que, además, podría ser drástico.

Ya hoy, la media de edad de la población endógena es de 44 años. A medida que desaparece el excedente poblacional, – y aquí excedente tiene el sentido de riqueza de más, producido en las décadas fordistas-keynesianas -, el abismo de la crisis demográfica va mostrando su verdadera envergadura. Y sin embargo el régimen no es capaz de revertir lo que en realidad es una determinación estructural de su misma base material, del proceso de acumulación de capital por el cual existe y para el cual existe.

La revalorización meramente ideológica de la maternidad no puede revertir ese proceso sino se cesa de hacer la negación real de los medios necesarios para el ejercicio de la maternidad en condiciones de urbanización capitalista desarrolladas, donde ya no hay redes de mujeres que se autoapoyan, donde, por mucha propaganda que se haga en favor de ser madre, las mujeres, por mucho que lo deseen, simplemente no pueden asumirlo sin caer ellas mismas en gran depauperación.

Retengamos pues que la desvalorización de la maternidad, con sus subformas de rechazo de las mujeres y rechazo del sistema a la maternidad proletaria y su ejercicio, con el desplome de la natalidad y la propaganda sobre que la maternidad fuera una forma de opresión, (lo es durante el capitalismo, como lo es también la no maternidad, en la clase obrera), no son otra cosa que las formas políticas e ideológicas que toma la desvalorización de la reproducción social del proletariado, en el contexto histórico y geográfico de elevado desarrollado de la composición orgánica de capital, que no otra cosa son las ciudades y los sistemas en que vivimos, capital.

Consecuencia de todo ello es la subreproducción social, y de esta la desjuvenalización social, el envejecimiento, y la tendencia a la despoblación, que forzosamente, sino media una importante inmigración o un ascenso inopinado de la natalidad, se resuelve como una crisis social y política de envergadura histórica. Cierto que en el estado español, que recibe anualmente cerca de 50 millones de visitantes y ha logrado reclutar seis millones de personas en la última década para su fuerza de trabajo general, más jóvenes en media que la población endógena al menos en diez años, todavía puede camuflarse visualmente incluso la despoblación, pero no socialmente.

Importante, en el sentido estrictamente político, la reducción de la población endógena, no es otra cosa que la perdida de la autodeterminación de las formaciones sociales involucradas, por tanto en cuanto a su raíz los movimientos nacionales tienen que entrar también forzosamente en crisis de descomposición política, por el hiato entre su reivindicación de soberanía política al par que su autodeterminación social y política se pierde al no haber reproducción social. Pero la Sociedad Burguesa no por ello decrecerá, al contrario, ha de crecer, y sin duda convocará a un nuevo proletariado para sustituir al consumido anteriormente, o sea, no solo es el capital como dirección de la producción sino también la sociedad burguesa al completo la que está interesada en impulsar una inmigración amplia y nueva, de sustitución de la clase obrera ya consumida por su sistema de producción de plusvalía, (pero, entendámonos, no, desde luego, por una preocupación por la vida de la población: lo que les preocupa es disponer de siervos para mantener y ampliar sus propiedades privadas).

El papel del feminismo burgués aquí vuelve  ser crucial, junto a la iglesia con su asistencialismo en clave de paz social sobre las familias obrera inmigradas que entran en el mecanismo de la extinción familiar obrera al inmigrar, el feminismo burgués permite dirigir ese proceso tanto ideológica como represivamente, sin perder el barniz de democracia y aún poniendo su marchamo de progresismo burgués a la nueva operación de explotación del proletariado, en este proceso migraciones incrementado de manera intencional. Pero no solo esto, porque el feminismo burgués también resulta estratégico en el desarrollo del imperialismo demográfico que necesariamente surge a medida que la población endógena decae y la tendencia a la despoblación se intensifica, que el capital radicado no puede admitir pues forzosamente los salarios tenderían al alza, lo que llevaría a su derrumbe. Esto lo veremos en el siguiente capítulo.

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Notas

(31) “La formación de una clase obrera mundial.” Por Michael Husson

(32) Mundo, distribución por edad de 0 a 14 años.

(33) ¿Delinquen más las mujeres que los hombres?

(34) “The future of employmen”t: how susceptible are jobs to computerisation?

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