¿Por qué los pares de calcetines no son de colores distintos?

¿Por qué los pares de calcetines no son de colores distintos?

Me despierto hoy en medio del invierno, del Señor Invierno, y vuelvo a encontrarme con el problema recurrente de la escasez de calcetines, hoy muy necesarios por el frio que como una brisa envolvente de deselectricidad me embute en su océano invisible, del que me protege un rico vestido que falla, si, en los pies.

Procedo a solucionar el caso, pero otra vez me encuentro ante el problema de los calcetines limpios pero sin su par de igual color, con el único recurso de sustitución que unos calcetines con par de igual color pero sucios del día anterior. Semisorpresa, desazón, impotencia, cansancio y serias consideraciones sobre la limitada utilidad de lo útil cuando lo práctico no es posible por la convención social… ¿o no es solamente una simple dificultad de detalle más, (y digo dificultad de detalle en referencia a la ausencia de una verdadera determinación de aprovechar lo práctico de emplear contra el frio los calcetines de disímil color aquí a mano) y es algo más profundo? ¿tendrá solución esta creciente zozobra? ¿se me congelarán los pies?

Debo mirar la realidad de frente; tengo ante mí un arrebujo de calcetines limpios, aunque sean de colores distintos, y no puedo aprovecharlos porque no dispongo de la adecuada fuerza de costumbre y voluntad de emplearlos por ser ellos de colores distintos, sin su par. Pero hace frio, mis pies están ateridos y siento que no debería ponerme los calcetines usados el día anterior, aunque sean de similar color, creo que en esto estamos todos de acuerdo, porque están sucios, aunque solo sea relativamente sucios.

El dilema causado en esta tenaza en que me encuentro entre lo frio y lo sucio, – o simplemente usado – me conduce a una perspectiva de incipiente angustia menor, pero erosiva, añadible a otras capas de ansiedad también menor que ya padezco. Y la intranquilidad de no poder colmar la servidumbre de la costumbre me lleva a serias consideraciones sobre mi seriedad, – su ausencia, seriamente analizado, más que su déficit -, o poca formalidad a la hora de preparar las coladas de ropa sucia, cuando podría atar los calcetines con ellos mismos al meterlos a la lavadora y así, tras colgarlos a secar, recuperarlos en par integro de similar color, ahorrándome estos molestos problemas de conciencia, verdaderos desasosiegos, en el cumplimiento de la estética de los usos y costumbres asumidos y heredados, bien aprendidos y aceptados pero mal incorporados a la cotidianeidad, cuando son inocultablemente fácilmente hacederos.

No nos engañemos: Hago frecuente, aunque no sistemáticamente, el hatillo de los calcetines para enviarlos al lavado, superando la tendencia negligente, y de todos modos el problema tiende a reproducirse. Las fallas de mi personalidad se reflejan entonces en la falta de sistematicidad rutinaria en el atar los calcetines iguales al hacer la colada, poniéndome en apuros como el que ahora experimento. Pero todo tiene solución, lo admito a priori por mi visión universal fundamentalmente positiva de la existencia.

Por un lado, puedo ponerme, como solución de urgencia, dos calcetines distintos y, a continuación, sobre ellos, los dos calcetines sucios – o al menos usados, y me da grima usar calcetines ya usados – del día anterior, quedando una composición formalmente correcta – aunque solo sea en apariencia que es de lo que ahora se trata – en materia de similitud de colores de los calcetines; y en la práctica útil para combatir este opresivo frió sin asumir el contacto con la piel de los calcetines usados el día anterior. Esto es lo que se dice una solución a medias.

Hay sin embargo importantes reservas ante esta solución: las bacterias y el olor. Estas, sin necesidad de que sean patógenas, como se dice cuando se tiene cierta cultura biológica, se van a volver a transferir, de todos modos, de nuevo aunque más tarde, a la piel, mientras que el olor, aunque no sea penetrante y solo sea tenue y alejado de la percepción de otras personas, quedarán en definitiva presentes con lo cual, sí, es verdad, asumo y me consiento portar una suciedad residual si aplico esta ocurrente solución de urgencia. Mitiga este dilema, de todos modos, el que está mañana no voy a estar con otras personas, con lo cual parece lo más práctico y hacedero. ¿Por qué entonces tengo resistencias a emplearla?

¡Ay, compleja existencia del individuo personal, del ser en la historia, en este caso doméstica, que es dogmático y se resiste a cambiar de hábitos consolidados, cualquiera de nosotros, queridos amigos, o solamente yo mismo, porque, claro, la solución no me vale pues soy honesto con mi sentimiento de apego a la tradición en el uso de calcetines limpios y de igual color!

Y sigue haciendo frio, y sigo teniendo ante los ojos calcetines limpios pero de colores distintos, y consciente de ello caigo en un estado melancólico que me lleva a lamentarme de mi vida, ya fracasada, como demuestra mi incapacidad de solucionar este engorroso problema de mis pies desnudos en el puño apretado del frió invernal, y el grumo de calcetines sin pareja de color, arrebujados como un montón de trapos desechados y tristes y cosindiferentes ante mí.

Estoy desolado, de pronto, al ver tantos calcetines limpios juntos pero inutilizables por mi restricción autoimpuesta y culturalmente aceptada, impresa e interiorizada acerca de la forma sensata de usar, de sentido común, los calcetines. Y esa sensación de desolación se intensifica al recordar tantos esfuerzos malgastados en lograr una solución real y definitiva para esta dificultad; las malogradas fuerzas y los esfuerzos ya irrecuperables, invertidos solo para volver siempre recurrentemente a este mismo punto, como un tántalo irremediable, sin piedra a la espalda pero con una abigarrada colección de calcetines limpios inutilizables siempre enfrente.

Sí, la estrategia de poseer muchos calcetines, más incluso de lo razonable, he de admitirlo, no ha servido para nada. Este san martín mio de los calcetines se ha vuelto a reproducir. Y demuestra que no soy capaz de ampararme a mi mismo en el campo de los calcetines. Pero no estoy dispuesto a dejarme llevar esta vez otra vez más hacia la conciencia trágica de mí mismo, he de perdonarme y volver, pragmáticamente, a la cancha. Seguir, resignadamente, me digo, pero seguir, sin cansarme de la existencia solo por un tonto problema menor de gestión de estas prendas simples.

Es, concluyo, algo más profundo lo que manifiesta esta problemática y su recurrencia. Y es que este proceso de fracaso diario comienza en realidad cuando cada día me quitó los zapatos al final del día, mucho antes de empezar el drama que luego, al día siguiente, inexorablemente vuelve a manifestarse en la forma de una escasez falsa de calcetines humanamente usables. Recomienza todo siempre cuando, en ese momento nocturno diario no soy capaz de atarlos, ni de recogerlos diligentemente de forma sistemática en la vasija de la lavadora, sino que los echo descuidadamente en una esquina del cuarto, al pie de la silla, triunfando a corto pero fracasando a largo. Gesto que cualquier mujer limpia y ordenada definiría como una guarrada y no va a admitirlo sin distanciarse de mí.

Me resuenan en la mente esas advertencias maternales de que me quedaría sin novia si no era más ordenado, y concluyo reconociendo la gran razón de esa advertencia tantas veces escuchada y poco y mal atendida porque es lógico que toda compañera posible eluda una convivencia basada en el desorden de los calcetines. No tiene sentido, y así me ha ido. Tenía razón pues esa dirección vital de la voz de la madre, pero por mi mala cabeza no escuchaba tan sustancial aviso, o quizás aun escuchándolo no era capaz de superarme para eliminar esta traba, demasiado enfadosa, a felices noviazgos y promesas de albricias de convivencia. Concluye el curso de este rio de inconciencia como la lata vacía en una montaña abandonada.

Este es mi peculiar fracaso personal – lo de emparejar correctamente los calcetines, ojo, no lo del feliz emparejar con el género, mucho sería decir sexo, opuesto -, fracaso sin solución que hay que sentenciar se desarrolló a causa de las carencias caracterológicas que padezco. Este desorden, esquizofrénico quizás, de desatención de los niveles de organización personal que no son puramente abstractos, y aquí ‘abstracto’ significa más allá de la apariencia, entre lo metafísico y lo material esencial, en las relaciones de mi organización del cuerpo y el mundo real.Objetivo trascendental siempre seguido a modo de busca de santo grial y nunca alcanzado entre reproches y sensación de vida internamente defectuosa.

Ya estoy al borde de la depresión, bueno, no al borde, ya estoy en la orilla de la depresión con los pies metidos chapoteando en este piélago depresivo, sintiendo el frio en ellos ascendiendo hacia las pantorrillas, como rayos de hielo, y de nuevo urgido por la historia de este rincón y tiempo doméstico, en esta menesterosa situación táctica.

Pero aquí mis preguntas profundizadoras, nada apresuradas, comienzan a complejizarse, lo que al menos me distrae por unos momentos de lo engorroso del problema que no estoy logrando solucionar: Considero ahora la necesidad de simetría en los colores del vestido, su influencia tranquilizadora y el porqué de ello, ¿es o no es una falsa necesidad humana moderna o solo es una limitación convencional tal vez superable?

En realidad, si me pongo una camiseta tornasolada y salgo a la calle con ella, aunque no hay simetría cromática aunque si equilibrio formal, la imagen de mi simetría humana natural -no absoluta, por supuesto – transferida a mi figura vestida y visible en la capa creada con el conjunto de colores empleados en el vestido, también queda rota, al igual que ocurriría en el uso de calcetines de distinto color, pero, inopinadamente, nadie ve en ello nada excepcional, y yo mismo no me siento afeado ni incómodo con la camiseta tornasolada puesta, de manera que no es solo la sed espiritual de simetría en los colores lo que hace emerger esta resistencia al empleo de la disimilitud de colores en los calcetines, sino algo más.

¿Podría tener que ver con la altura en que sucede esta ordenación estética, ocurriendo que el desequilibrio surgido en la base de la silueta humana en forma de disimetría inquieta al portador de los calcetines y al receptor de la comunicación estética de la indumentaria que lo ve, creando un desasosiego comunicacional mutuo, vital, que decididamente hay que evitar?

Dos asuntos no menores, por supuesto; el de considerar todo acto de vestirse como una comunicación poética, y por tanto una obra de arte, y el de la relación abajo-arriba, con sus cargas culturales civilizacionales permanentemente presentes, en donde se contraponen las nociones de Abismo y Firmamento, para lograr un equilibrio psicológico en su jerarquización, que remite a intensas experiencias humanas quizás universales que son tabúes y difíciles de sondear, resultando que al uniformarse los cuerpos de los pobladores en la búsqueda de una simetría y un equilibrio estético concreto, hoy convencional y arraigadamente normativizado, invocan un orden y una trascendencia ineludible, los construyen, conjurando los miedos colectivos, ya sean ancestrales, ya sean antropológicos.

En todo caso, lo que es posible con normalidad de forma preconsciente en el tronco de los cuerpos en lo que atañe al vestir no es aplicable mecánicamente para su aceptación gentil en las columnas de los organismos que son las piernas y su base fundamental, que son los pies. Pero esto refiere a una concepción social de la fuerza personal y la socialización general, a la que se aporta, que excluye al arte, y así limita su propio desarrollo.

En realidad, hablo ya de otro frio, el de la incomunicación, finalmente entroncado con la desigualdad, que coarta lo peculiar, lo universal de la persona humana, cuyo centro organizacional normalizado en la sociedad de clases es limitado a un eje material izquierda-derecha coordinado con el eje arriba-abajo que depende del imaginario social de necesidad histórica de uniformización y homogeneidad de estilos, de contención expresiva, a la postre, en una gramática peligrosamente reduccionista hacia la letra, esta dominada por los hipercentros culturales, poseedores del predominio del gusto estético, empobrecedores de la comunicación y la vida interna de la persona. Si, es cierto, hay algo de academia que cuida y da esplendor en esta limitación de los colores usados en de los calcetines.

Las patas de los animales por algo son del mismo color, quizás atiende a este mundo innato el instinto de la homogeneidad de colores en calcetines y zapatos. Y entonces estaríamos ante un simple tema político relativo a la contención cultural ante la esfera de la naturaleza que aun nos reina, probablemente para bien. Si, puede ser, pero hay más…

Recordemos que desde los pies se pasa a la cabeza, del dos al uno, y que la sensación de entropía – culturalmente relativa, insisto – sería pues un mero resultado de osar llevar calcetines de dos colores sin justificación natural ni coartada social.

Una conclusión posible pues en esta digresión sería que la universalización del uso de la uniformidad de color en los calcetines está causada por la división social en clases, y la necesidad acérrima de esta forma inestable y, diríamos, arcaica de organización social, insaciable de estabilidad formal, es la causante del sentido común estético que funda y reconstituye ese uso, convertido en modo general y reproducido incluso cuando se manifiesta absurdo, como es el caso de los calcetines de color igual cuando se llevan pantalones largos, y por tanto cuando la heterogeneidad cromática de los calcetines ni siquiera es visible.

Si, puede que nos encontremos ante una interiorización de la necesidad imperiosa de uniformación del gusto estético de sentido común en la sociedad de clases, por la formidable e insaciable necesidad de estabilidad formal. Así, una población zarandeada salvajemente por las fuerzas contradictorias de la sociedad de clases, busca y admite preconscientemente la uniformización de la búsqueda del equilibrio en lo estético, para poder caminar.

Tal vez sea este el sentido último de la fuerza de esta convención, o quizás este fenómeno solo provenga de la pura fuerza de la costumbre, su cruda inercia, pero en realidad no parece una transgresión negativa el emplear calcetines de dos colores distintos, no señala de forma convincente algo que empeore el mundo, si se considera seriamente.

Hay sin embargo serias objeciones estéticas a esta consideración. Si los colores son planos, y las texturas variadas, si surge un punto ridículo, un cierto desplazamiento absurdo, en esta forma disimétrica de vestir. No diría decadente, porque sería una afirmación excesiva, pero si impactante y así en cierta forma gratuitamente agresiva, hoy por hoy.

La búsqueda de equilibrio formal es por tanto en cierto grado instintiva, oculta una verdadera cibernética antropológica con todo su aparato comunicacional, alrededor de la cultura de la vestimenta y la indumentaria, hoy inexplorada por la crítica radical no solamente socialista sino mas profundamente científica.

Se me ocurre entonces que, sin embargo, no es imposible lograr sin muchas dificultades un equilibrio formal en el empleo en el vestido, ocasional o diario, de calcetines distintos, derivando todo el problema a una mera cuestión de gustos en el rechazo o aprobación de la combinación de colores concreta y no en el empleo de la práctica, supuestamente inadmisible, de combinar colores en los calcetines. Creando, claro está, y siendo creativos en una escala superior.

El mundo comienza a ser de nuevo habitable para mi gracias a esta aproximación del problema, o al menos así me lo parece. De pronto puedo ponerme dos calcetines de colores distintos, aunque con la limitación de que sean medianamente conjuntables.

Si, lo reconozco, ponerme un calcetín negro y otro blanco, quizás sería disonante, con independencia del pie a que se adscriba cada color concreto. Ay, pero esta estimación en el calibrado de colores a la hora de definir el estilo diario me lleva a serias dificultades nuevas en este complejo asunto que me impone el día y su suceso, bajo el hado del señor invierno.

En primer lugar, una iniciativa de aceptación de la posibilidad del empleo de colores variados en los calcetines como posibilidad diaria que no habría de provocar escándalo ni resistencia psicológica a su asunción como hecho normal y convencional, presenta dos dificultades: El problema de la estandarización es uno, y otro el de la complejización vital que impone.

En el supuesto de que habríamos normalizado el uso de calcetines de colores distintos, combinarlos con facilidad de éxito, sobre una suposición de estandarización relativa y practicable de las combinatorias posibles para resolver el complejo problema de la tendencia entrópica a la despajerización de los calcetines de igual color – y hablo ahora desde una mentalidad práctica – resolviendo a la vez un problema relativo, pero importante, de higiene, y otro de tiempo perdido diario buscando la pareja perdida de este o aquel calcetín, lo cual sería un celebrable avance de la humanidad, lamentablemente nos encontraríamos ante la necesidad de encontrar vías de conjunción de la nueva necesidad creada de combinación diaria de colores, con toda la nueva necesidad de dedicación de tiempo y esfuerzo a su proceso de selección, con la también necesaria maestría adhoc para la nueva estandarización compleja de la producción industrial de los diseños de base, para A/ no forzar una disonancia extrema, y B/ no imponer una tarea compleja más en nuestras ya complejas existencias organizacionales diarias.

La tentación aquí seria abandonar el asunto, y volver atrás, quedarse en el viejo sencillo problema de la despajerización, a resolverlo honestamente haciendo las cosas bien, es decir atando el par de calcetines usados para ponerlos a lavar sin causar desorden ni más entropia, recuperándolos felizmente después limpios, con toda sencillez seria y armoniosa.

Ahora bien, es que esto sigue siendo compatible con el desarrollo nuevo de posibilidades colorísticas disimiles en los calcetines, de manera que de explorar está innovación expansionadora y enriquecedora no parece tan sensato hacerlo en aras de una conservación de la sencillez, que, como vemos, puede seguir vigente en este orden nuevo, expansivo, que se propone en el dilema que me impone hoy el invierno, el señor invierno, mientras como un poco indiferente veo la ventana abierta, y me doy cuenta de que una primera solución, antes de lograr un arreglo útil, es cerrar la ventana, ponerme las zapatillas y seguir indagando un quehacer humano sobre la cuestión mundana, pero relevante, de los calcetines como cualquier otro hijo de vecino.

Ya, ya sé que cuando estamos ante problemas humanos tan graves como el paro, la guerra nuclear, los presos políticos, las guerras de agresión, la contaminación, la arbitrariedad normalizada, la desigualdad estructural, las limitaciones a la lucha contra la enfermedad, el hambre en el mundo, el frio en las casas, la carencia de vivienda, el empleo de la cárcel para resolver los problemas sociales, la resistencia clasista al socialismo, la prosecución del capitalismo salvaje y su naturalización, la desnaturalización, a la vez, del ser humano, su cosificación, el machismo y el ventajismo, el generismo jerarquista, el despliegue de lo despiadado con suma normalidad, la frialdad indiferente expansiva en la vida urbana, antiémpatica, la industrialización extendida hacia la infancia en sometimiento laboral, la vejez bajo incertidumbre de medios de vida y consumo, la explotación despiadada, el desamor como política relacional fundamental, el imperialismo con su epidemia falsificadora productora de superioridad falsificante, sin hablar de la inermidad de los embriones solos en el mundo frenéticamente indefensos, la anomia, la alienación, la combinación de ambas, el día a día de la supeditación a la sociedad civil y sus nuevos monstruos dizque liberadoras del ciudadano, la democracia, el imperio de la ley y el estado de derecho, ni de la rentabilidad y la eficacia, el desplifarro y el naufragio de la civilización global perdida que constriñe a ser ser social sub perdedor, satisfactoriamente insatisfecho, dato, perfil, o cosa, obediente o incluso menos que cosa, y otras muchas cosas, situaciones y circunstancias más; hablar de los calcetines parece banal. Pero es lo que me impone el día.

 

Beste bat arte, lagunok. Onvuar.

 

K.A. García-Salmones

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