[ Timi el Viajero. Las Aventuras en la Isla Brouk ] Geofrey

Timi el Viajero

Capítulo LXIV

Geofrey.

En la tarde-noche las horas parecían quietas sobre un eje que girara muy lento. Copete y Braulin roncaban juntitos y aburridos, pero no estaban dormidos, únicamente se habían aclimatado a esa quietud vespertina de la hora-siglo, algo triste y algo entrañable, que reinaba en la Isla Brouk.

Timi, Bruni, Peter, Pitu, Heriberto y Paladia, sentados en el Muellito nada hacían, solo estar, solo vestir de humana a esa tarde noche otoñal, solo habitar el momento, sin saber cuánto más duraría su detención en el tiempo de piedra.

Timi notaba que esa tarde-noche tenía el sabor algo frio, algo desolado de la plaza en la que su madre le llevaba a jugar. Un manto de soledad irradiaba el mundo a esa hora porque el Sol se iba o se había ido; de tristeza, porque el otoño estaba tumbado en el mundo; y de resignación, porque una niebla industrial invisible, un poco por el frio y otro poco por el cemento y los coches y las caras de la gente, impregnaba todo hasta desbordarse en los corazones y las mentes de las circunstantes, que pasaban esas interminables horas en la plaza de la infancia profunda de Timi.

Pero, ahora, Timi notó que todos sus amigos tenían el mismo sentimiento y el mismo sabor poético en ese momento tarde-noche, que era uno, sin variedad, con la misma cantidad de frío, desolación y resignación para todos extendida hacia doquiera mirara, presente en todas las cosas. Y este era el momento deshabitado del Sol y sumergido en el otoño en que la fuerza de la evocación magica vespertina trae en aluvión tiempos, mundos y seres excentricos allá donde se posa, como ocurría ahora en el Muellito nuevo de Tóbiga, en la parte este de la Isla Brouk.

… jugaba con una piedra en los pies, y Bruni le miraba abrazada a Mufi …

Copete se acurrucó aún más en el seno de Braulín, que aceptaba esa bola de pelos con total indiferencia, mientras vigilaba con un ojo abierto al grupo a la espera de que pasara algo. Heriberto miraba al mar, perdido en si mismo, como acordándose de algo, tal vez sus padres, tal vez su infancia. Peter y Pitu jugaban a los dados, aburridamente. Paladia merodeaba buscando algo que hacer. Mientras Timi, reconcentrado, jugaba con una piedra en los pies, y Bruni le miraba abrazada a Mufi.

Y fue ella quien gritó satisfecha de que ocurriera algo y de haber sido precisamente ella quien primero se dio cuenta.

Una silueta como cargada con armatostes caminaba tropezando hacia Tobiga. Durante unos minutos el grupo la observó, sin saber que hacer, hasta que Paladia gritó nerviosa y triunfal.

Cuando Paladia llegó ante Gorgias, bajo la atenta mirada de todos, Gorgias echó al suelo sus balijas y ambos se abrazaron de una forma efusiva, lo que contrastó con la fría y desolada tarde-noche. Después de un rato así, fueron al muellito compartiendo parte de su carga.

Además de su mochila, con sus pertrechos, Gorgias había traído un gran ramo de flores en el que destacaban unas vivísimas rosas rojas y en la otra mano un precioso osito de peluche, que Bruni comenzó a escrutar con curiosidad magnética.

Geofrey era muy distinto a Mufi. Tenía una cara somnolienta, con los párpados gruesos, como hinchados, y unas grandes orejas abiertas, en una actitud parecida a la de pedir cariño entre las lanas de su trapo. Y su nariz y labios, como de juguete, le daban un toque cómico muy gracioso. Geofrey impactó a Bruni.

Paladia al ver el interés de Bruni por Geofrey, y mientras charlaba con el grupo con las flores en los brazos, dejó Geofry a bruni, que a su vez dejó a Mufi, para jugar a componer al nuevo osito de peluche, a Mufi tendido en el Muellito, con su mirada asombrada, ingenua, infinita mirando el mar.

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