[ Timi el Viajero. Las Aventuras en la Isla Brouk ] La Moto Fantástica.

Timi el Viajero

Capítulo XXVII

La Moto Fantástica.

 

Habían hecho noche al abrigo de una pequeña foz empleando los toldos del carricoche y variado ramaje para hacer un vivac, pues decidieron no lanzarse todavía hacia otro acceso a la Capital esa tarde noche, sin haber comprendido al menos algo mejor la situación.

La noche les ayudó a pensar. Y a la mañana siguiente, durante el desayuno con las últimos provisiones que les restaban, hablaron del asunto:

Era verdad, sobre poco más o menos eso es lo que había que esperar.

Sin esperar un segundo se puso a hacer pruebas con los toldos del carricoche. Los quitaba y los ponía aquí y allí, haciendo todo tipo de pruebas.

El Guardián comprendió de inmediato cual era la importancia del descabellado pero atractivo plan de Timi. Y sí, era posible…

…cogían tubos por aquí, los encajaban por allá, desmontaron el carricoche, agregaron los toldos…

Cogían tubos por aquí, los encajaban por allá, desmontaron el carricoche, agregaron los toldos a las alas hechas con tubos acoplados al armazón de la moto, bajaron el manillar, recompusieron artilugio con piezas sacadas del sidecar y… ¡voila! La fantástica moto del presumido Guardián de la Capital, con su maravilloso manillar de astas de ciervo y su hermoso depósito de combustible forrado en piel de tigre, apareció transformada en una moto voladora.

Después de esta conversación el Guardián tomó los mandos. Tzi Lin se agarró a él y su hermano, Tzei Lin y Timi se agarraron a los tubos de las alas. Con el motor en marcha empujaron cuesta abajo a la moto fantástica por la pendiente del camino que iba del Reino Hok a la Capital. Así, con gran esfuerzo de los chicos estabilizando los bandazos de las alas, y con la gran maña del Guardián dirigiendo el rumbo del vehículo mediante el manillar, este tomó un gran impulso. Con el motor ya a tope y acelerando a gran velocidad no tardaron en llegar a una pequeña prominencia de la pendiente, la moto allí dio un salto, luego botó y dio otro salto y luego otra vez botó y dio otro salto, pero esta vez cogió vuelo. Lo habían conseguido.

Estaban todos fascinados, los que se habían quedado en tierra y los tripulantes y pasajeros de la moto fantástica. Estos giraron el artilugio volador para pasar, en saludo, sobre Peter, Pitu, Braulin y Copete. Y con celeridad se dirigieron luego hacia la Capital con el trasfondo y a la vez el techo de un cielo azur sembrado de trapos blancos y grises entre los que la Moto Fantástica terminó por desvanecerse.

Abajo en tierra, el plan de Pitu y Peter era regresar otra vez hacia Puerto Borikaia por el Camino del reino Hok, rápidamente, pues ya no les quedaban provisiones.

Y así, una sensación de vacío y de pregunta se mezclaba con el aire claro, entrelazándose el apetito sin colmar con la luminosa mañana en la que lo prometedor del desenlace de la aventura de Timi y los demás, que dibujaría su futuro, estaba sumergido en la incertidumbre. Con esa sensación los chicos se pusieron a caminar hacia el Puerto Borikaia con Braulin rebuznando y Copete ladrando a la vez hacia el cielo azur.

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