“El golpe climatista corporativo.” Por David F. Noble

“El golpe climatista corporativo.” Por David F. Noble

A estas alturas los cipayos climáticos son horda y manada, escalan incluso a ecofascistas que, orondos y lirondos, hacen matemáticas sobre cuantas personas sobrarían al planeta al cual dicen que quieren salvar. Hace 24 años los comunistas vascos tuvimos una lucha teórica con los precursores de los cipayos climáticos actuales cuando nos vinieron con la ideología del “desarrollo sostenible”, a la sazón una majadería clintoniana cocinada en los laboratorios académicos de la socialdemocracia internacional en su ala yanke más malthusiana. Fueron rebatidos con la posición marxista y revolucionaria del “desarrollo democrático del ecosistema” que, y esto no hay por qué ocultarlo a pesar de sus muchos otros errores, teorizaba K. Ravelli.

Pero a las ideologias aunque se las rebata teóricamente su componente sonambulesco, ultraimperialista y extremista, que llega incluso a negar el principio de realidad con la majaderia del relato – y una supuesta libertad de elección entre pildoras de colores que en los hechos no funge históricamente para las sociedades humanas cuyos errores de irrealidad pueden ser pagados con su destrucción -, y esa locura zombie puede volverlas a levantar.

Ya rebatidos los ecofascistas han implantado institucionalmente como doctrina oficial la majaderia del “desarrollo sostenible”, que difunden con la política malthusiana criminal de la Agenda 2030, y se han lanzado a clavarnos por la espalda al proletariado mundial la política calentológica y climatista.Esto son hechos, y si bien es cierto que quedan ecopalurdos muy desubicados, fuera de estos despistados, la mayoría de los que siguen esa doctrina y se dicen ecologistas o incluso “ecoleninistas” para disimular y ganar tiempo, en realidad son tecnomalthusianos ecofascistas.

Pues bien, del autor del artículo sobre el golpe climatista de las corporaciones, David F. Noble, se ha llegado a decir que ha sido el principal historiador de la ciencia del siglo XX. Se le acusaba de radical por no haberse vendido a los nazis, – cómo se está demostrando ahora-, (social)democratas estadounidense. Y precisamente David, antes de morir prematuramente para lo que era la esperanza de vida de su fracción de clase y estatus social, sin duda a fuerza de los disgustos causadas por las traiciones del reformismo, nos deja esta muy fina crítica – demasiado generosa con el ecofascista Mombiot – y denuncia del golpe climatista de las corporaciones, ya en 2007, tras cuyos resultados 15 años despues, los tecnomalthusianos están apunto de imponernos la mayor campaña malthusiana de la historia.

 


 

“El golpe climático de las corporaciones” Por David F. Noble

No respire. Hay una guerra total contra las emisiones de CO2, y usted está liberando CO2 con cada respiración. La campaña multimedia contra el calentamiento global que ahora satura nuestros sentidos, y que insiste en que el creciente componente de CO2 de los gases de efecto invernadero es el enemigo, no toma prisioneros: o estás con nosotros o estás con los “negacionistas”. Nadie puede cuestionar la nueva ortodoxia ni atreverse a pecar de emisor. Si Bill Clinton se presentara hoy a la presidencia, juraría que no exhala.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo un tema tan arcano, que ayer sólo interesaba a un puñado de especialistas científicos, ha llegado a dominar tan repentinamente nuestro discurso? ¿Cómo es que la especulación científica se ha convertido tan rápidamente en una insinuación omnipresente de apocalipsis? No son preguntas hipotéticas, sino históricas, y tienen respuesta. Este tipo de acontecimientos no ocurren sin más, sino que se hacen para que ocurran. En general, nuestras ideas no suelen ser propias; rara vez se nos ocurren a nosotros mismos, sino que las tomamos del mundo que nos rodea. Esto es especialmente obvio cuando nuestras ideas resultan ser las mismas que las de casi todo el mundo, incluso de gente que nunca hemos conocido o con la que no nos hemos comunicado. ¿De dónde viene y se nos mete en la cabeza esta idea sobre la crisis urgente del calentamiento global y las emisiones de CO2, dado que tan pocos de nosotros hemos leído, o incluso intentado leer, un solo artículo científico sobre los gases de efecto invernadero? Responder a esta pregunta no es tan difícil como podría parecer, por la sencilla razón de que se necesita una gran cantidad de alcance y recursos para colocar una idea tan ajena en tantas mentes simultáneamente y con tanta rapidez, y los únicos poseedores de tal capacidad y medios son el gobierno y las corporaciones, junto con su maquinaria multimedia. Para llevar a cabo un cambio tan significativo en la atención, la percepción y la creencia se requiere un esfuerzo sustancial y, por tanto, visible y demostrable.

Hasta hace poco, la mayoría de la gente desconocía o estaba confundida y relativamente despreocupada por este tema, a pesar del creciente consenso entre científicos y ecologistas sobre los posibles peligros del cambio climático. Los activistas del calentamiento global, como AI Gore, se apresuraron a culpar de esa ignorancia, confusión y despreocupación populares a una campaña de propaganda corporativa bien financiada por las empresas petroleras y de gas y sus organizaciones de fachada, los compinches políticos, las agencias de publicidad y relaciones públicas y los secuaces de los medios de comunicación, que adormecieron a la gente sembrando la duda y el escepticismo sobre las preocupantes afirmaciones científicas. Y, por supuesto, tenían razón; hubo una campaña corporativa de este tipo, que ya ha sido ampliamente documentada. Sin embargo, lo que los activistas del calentamiento global convenientemente no señalaron es que su propio mensaje alarmista ha sido inculcado en nuestras mentes por los mismos medios, aunque por diferentes manos corporativas. Esta campaña, que podría ser la más importante, ha recibido poca atención hasta ahora.

Durante la última década y media hemos sido objeto de dos campañas corporativas que compiten entre sí, haciéndose eco de diferentes estrategias corporativas consagradas y reflejando una división dentro de los círculos de la élite. La cuestión del cambio climático se ha planteado desde ambos lados de esta división de las élites, dando la impresión de que sólo existen estos dos bandos. La primera campaña, que tomó forma a finales de la década de 1980 como parte de la ofensiva triunfalista de la “globalización”, trató de enfrentarse frontalmente a las especulaciones sobre el cambio climático negando, dudando, ridiculizando y desestimando las angustiosas afirmaciones científicas que podrían frenar el entusiasmo por la empresa capitalista expansiva. Se inspiró en la anterior campaña de la industria tabaquera para sembrar el escepticismo ante las crecientes pruebas de los efectos nocivos del tabaco para la salud. A raíz de este esfuerzo de propaganda “negativa”, todos los críticos del cambio climático y del calentamiento global han sido inmediatamente identificados con este lado del debate.

La segunda campaña – “positiva”-, que surgió una década más tarde, a raíz de Kioto y en el apogeo del movimiento antiglobalización, pretendía adelantarse a la cuestión medioambiental afirmándola sólo para secuestrarla y convertirla en una ventaja para las empresas. Siguiendo el modelo de un siglo de cooptación liberal corporativa de los movimientos populares de reforma y de los regímenes reguladores, pretendía apropiarse de la cuestión para moderar sus implicaciones políticas, haciéndola así compatible con los intereses económicos, geopolíticos e ideológicos corporativos. Así, la campaña corporativa sobre el clima hizo hincapié en la primacía de las soluciones “basadas en el mercado”, al tiempo que insistió en la uniformidad y la previsibilidad de las normas y reglamentos obligatorios. Al mismo tiempo, convirtió la cuestión del clima global en una obsesión, una preocupación totalista con la que desviar la atención de los desafíos radicales del movimiento por la justicia global. A raíz de esta campaña, todos y cada uno de los opositores a los “negacionistas” han sido identificados -y, lo que es más importante, se han identificado consciente o inconscientemente- con los cruzados corporativos del clima.

La primera campaña, dominante a lo largo de la década de 1990, sufrió un poco la exposición y quedó relativamente moribunda a principios de la era Bush II, aunque sin perder influencia dentro de la Casa Blanca (y la Oficina del Primer Ministro). El segundo, habiendo contribuido a la difusión de un movimiento radical, ha logrado generar la actual histeria sobre el calentamiento global, ahora canalizada con seguridad hacia agendas favorables a las empresas a expensas de cualquier confrontación seria con el poder corporativo. Su éxito mediático ha despertado al electorado y ha obligado incluso a los negacionistas más acérrimos a cultivar una imagen más verde de forma poco sincera. Mientras tanto, y lo que es más importante, las dos campañas opuestas han borrado conjuntamente cualquier espacio para rechazarlas.

A finales de la década de 1980, las empresas más poderosas del mundo lanzaron su revolución de la “globalización”, invocando incesantemente la inevitable beneficencia del libre comercio y, en el proceso, relegando las cuestiones medioambientales a los márgenes y reduciendo el movimiento ecologista a acciones de retaguardia. No obstante, el interés por el cambio climático siguió creciendo. En 1988, los científicos del clima y los responsables políticos crearon el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPPC) para que se mantuviera al tanto del asunto y emitiera informes periódicos. En una reunión celebrada en Toronto, trescientos científicos y responsables políticos de cuarenta y ocho países hicieron un “llamamiento a la acción” para reducir las emisiones de CO2. Al año siguiente, cincuenta empresas petroleras, de gas, de carbón y de fabricación de automóviles y productos químicos y sus asociaciones comerciales formaron la Coalición del Cambio Global (GCC), con la ayuda del gigante de las relaciones públicas Burson-Marsteller. Su objetivo declarado era sembrar la duda sobre las afirmaciones científicas y anticiparse a los esfuerzos políticos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. El GCC aportó millones de dólares en contribuciones políticas y en apoyo de una campaña de relaciones públicas en la que se advertía que los esfuerzos equivocados por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero mediante restricciones a la quema de combustibles fósiles socavarían la promesa de la globalización y causarían la ruina económica. Los esfuerzos del CCG dejaron en suspenso la cuestión del cambio climático.

Mientras tanto, tras un levantamiento indígena en Chiapas en enero de 1994, fijado para el primer día de aplicación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el movimiento antiglobalización estalló en una protesta mundial contra el capitalismo de mercado y la depredación de las empresas, incluido el expolio del medio ambiente. En cinco años, el movimiento había crecido en cohesión, número, impulso y militancia y se unió en “días de acción global” designados en todo el mundo, en particular en acciones directas en las cumbres del G8 y en las reuniones del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la nueva Organización Mundial del Comercio, alcanzando su punto álgido en el cierre de las reuniones de la OMC en Seattle en noviembre de 1999. El movimiento, formado por un amplio abanico de organizaciones de base unidas en oposición a la “agenda corporativa” global, sacudió la campaña de globalización de las élites hasta sus raíces. En este cargado contexto, los firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, formulada por representantes de 155 naciones en la Cumbre de la Tierra de Río en 1992, se reunieron a finales de 1997 en Kioto y establecieron el llamado Protocolo de Kioto para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero mediante objetivos y comercio de carbono. El tratado de Kioto, ratificado tardíamente hasta finales de 2004, fue el único acuerdo internacional sobre el cambio climático y se convirtió inmediatamente en el barómetro del debate político sobre el calentamiento global.

La oposición empresarial se anticipó a Kioto. En el verano de 1997, el Senado de Estados Unidos aprobó una resolución unánime en la que exigía que cualquier tratado de este tipo debía incluir la participación y el cumplimiento de los países en desarrollo, especialmente de las potencias económicas emergentes como China, India y Brasil, que sin embargo fueron excluidos en la primera ronda del Protocolo de Kioto. Los opositores empresariales a Kioto en el CCG, con el creciente movimiento de justicia global como telón de fondo, condenaron el tratado como un complot “socialista” o “tercermundista” contra los países desarrollados de Occidente.

Sin embargo, la convergencia del movimiento por la justicia global y de Kioto hizo que algunos miembros de la élite se replantearan y se reagruparan, lo que creó una división en las filas de las empresas con respecto a la cuestión del cambio climático. Las deserciones del CCG empezaron en 1997 y en tres años llegaron a incluir a empresas tan importantes como Dupont, BP, Shell, Ford, Daimler-Chrysler y Texaco. Entre las últimas empresas que abandonaron el CCG se encuentran Exxon, Mobil, Chevron y General Motors. (En el año 2000, la CCG cerró definitivamente, pero se crearon otras organizaciones empresariales de fachada afines para continuar la campaña “negativa”, que continúa).

Los que se separaron del GCC se unieron rápidamente en nuevas organizaciones. La primera de ellas fue el Pew Center for Global Climate Change, financiado por la oferta filantrópica de la fortuna Sun Oil/Sunoco. El consejo del nuevo Centro estaba presidido por Theodore Roosevelt IV, bisnieto del presidente de la Era Progresista (e icono de la conservación) y director general de la empresa de banca de inversión Lehman Brothers. Junto a él, formaban parte de la junta directiva el director general de la empresa de inversiones Castle-Harlan y el antiguo director general de Northeast Utilities, así como el veterano abogado corporativo Frank E. Loy, que había sido el principal negociador de la administración Clinton en materia de comercio y cambio climático.

En sus inicios, el Centro Pew creó el Consejo de Liderazgo Ambiental Empresarial, presidido por Loy. Entre los primeros miembros del consejo estaban Sunoco, Dupont, Duke Energy, BP, Royal Dutch/Shell, Duke Energy, Ontario Power Generation, DTE (Detroit Edison) y Alcan. Marcando su distancia con el CCG, el Consejo declaró: “aceptamos la opinión de la mayoría de los científicos de que se sabe lo suficiente sobre la ciencia y los impactos ambientales del cambio climático para que tomemos medidas para hacer frente a las consecuencias”; “las empresas pueden y deben tomar medidas concretas ahora en Estados Unidos y en el extranjero para evaluar las oportunidades de reducción de emisiones. . e invertir en productos, prácticas y tecnologías nuevas y más eficientes”. El Consejo hizo hincapié en que el cambio climático debe abordarse mediante “mecanismos basados en el mercado” y la adopción de “políticas razonables”, y expresó su convencimiento de que “las empresas que tomen medidas tempranas en materia de estrategias y políticas climáticas obtendrán una ventaja competitiva sostenida sobre sus pares”.

A principios de 2000, los “líderes empresariales mundiales” reunidos en el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) declararon que “el cambio climático es la mayor amenaza a la que se enfrenta el mundo”. Ese otoño, muchos de los mismos actores, como Dupont, BP, Shell, Suncor, Alcan y Ontario Power Generation, así como el fabricante de aluminio francés Pechiney, unieron fuerzas con el grupo de defensa estadounidense Environmental Defense para formar la Asociación para la Acción Climática. Entre los directores de Environmental Defense, de ideas afines, se encontraban Frank Loy, del Pew Center, y los directores del Carlyle Group, Berkshire Partners y Morgan Stanley, así como el director general de Carbon Investments. Haciéndose eco de la misión del Pew Center, y apenas un año después de que la “batalla de Seattle” cerrara la Organización Mundial del Comercio en oposición al régimen de globalización empresarial, la nueva organización reafirmó su creencia en la beneficencia del capitalismo de mercado. “El objetivo principal de la Asociación es defender los mecanismos basados en el mercado como medio para lograr una acción temprana y creíble de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero que sea eficiente y rentable”. A lo largo de su anuncio inicial, este mensaje se repitió como un mantra: “los beneficios de los mecanismos de mercado”, “las normas orientadas al mercado”, “los programas basados en el mercado pueden proporcionar los medios para alcanzar simultáneamente los objetivos de protección del medio ambiente y de desarrollo económico”, “el poder de los mecanismos de mercado para contribuir a las soluciones del cambio climático”. En la primavera de 2002, el primer informe de la Asociación afirmaba con orgullo que “las empresas de la PCA están a la vanguardia del nuevo campo de la gestión de los gases de efecto invernadero”. “La PCA no sólo está logrando reducciones reales de las emisiones de calentamiento global”, señalaba el informe, “sino que también está aportando un conjunto de experiencias prácticas, demostrando cómo reducir la contaminación sin dejar de obtener beneficios”.

Este potencial para obtener beneficios del cambio climático atrajo la atención de los banqueros de inversión, algunos de los cuales fueron participantes centrales en el PCA a través de sus conexiones con los consejos del Pew Center y de Environmental Defense. Goldman Sachs se convirtió en el líder del grupo; con su propiedad de centrales eléctricas a través de Cogentrix y clientes como BP y Shell, la empresa de Wall Street era la más atenta a las oportunidades. En 2004, la empresa comenzó a explorar las posibilidades de “creación de mercados” y al año siguiente creó su Centro de Mercados Medioambientales, con el anuncio de que “Goldman Sachs buscará agresivamente oportunidades de creación de mercados y de inversión en los mercados medioambientales”; la empresa indicó que el Centro se dedicaría a la investigación para desarrollar opciones de políticas públicas para establecer mercados en torno al cambio climático, incluyendo el diseño y la promoción de soluciones normativas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. La empresa también indicó que Goldman Sachs “tomaría la delantera en la identificación de oportunidades de inversión en energías renovables”; ese año la empresa de banca de inversión adquirió Horizon Wind Energy, invirtió en energía fotovoltaica con Sun Edison, organizó la financiación de Northeast Biofuels y compró una participación en logen Corporation, pionera en la conversión de paja, tallos de maíz y hierba de conmutación en etanol. La empresa también se dedicó a “actuar como creador de mercado en el comercio de emisiones” de CO2 (y SO2), así como en áreas como “derivados meteorológicos”, “créditos de energías renovables” y otras “materias primas relacionadas con el clima”. “Creemos”, proclamó Goldman Sachs, “que la gestión de los riesgos y las oportunidades derivados del cambio climático y su regulación serán especialmente significativos y atraerán cada vez más la atención de los participantes en el mercado de capitales.”

Entre esos participantes en el mercado de capitales se encontraba el ex vicepresidente de EE.UU., AI Gore. Gore se interesaba desde hacía tiempo por las cuestiones medioambientales y había representado a Estados Unidos en Kioto. También tenía vínculos familiares igualmente antiguos con la industria energética a través de la amistad de su padre con Armand Hammer y su interés financiero en la empresa de Hammer, Occidental Petroleum, que el hijo heredó. En 2004, mientras Goldman Sachs preparaba sus iniciativas de creación de mercados para el cambio climático en busca de beneficios ecológicos, Gore se asoció con los ejecutivos de Goldman Sachs David Blood, Peter Harris y Mark Ferguson para crear la empresa de inversiones medioambientales con sede en Londres Generation Investment Management (GIM), con Gore y Blood al frente. En mayo de 2005, Gore, en representación de GIM, intervino en la Cumbre de Inversores Institucionales sobre el Riesgo Climático e hizo hincapié en la necesidad de que los inversores piensen a largo plazo e integren las cuestiones medioambientales en sus análisis de renta variable. “Creo que integrar las cuestiones relacionadas con el cambio climático en el análisis de los valores en los que merece la pena invertir, cuánto y durante cuánto tiempo, es simplemente un buen negocio”, explicó Gore a los inversores reunidos. Aplaudiendo la decisión de avanzar en esta dirección anunciada el día anterior por el director general de General Electric, Jeff Immelt, Gore declaró que “estamos aquí en un momento extraordinariamente esperanzador. …en el que los líderes del sector empresarial empiezan a mover ficha”. Para entonces, Gore ya estaba trabajando en su libro sobre el calentamiento global, Una verdad incómoda, y esa misma primavera comenzó los preparativos para hacer una película sobre él.

El libro y la película del mismo nombre aparecieron en 2006, con una enorme promoción y un éxito inmediato en la industria del entretenimiento corporativo (la película acabó ganando un premio de la Academia). Ambos vehículos ampliaron enormemente el alcance de los creadores de mercado del cambio climático, cuyos esfuerzos ensalzaron explícitamente. “Cada vez son más los ejecutivos de empresas estadounidenses que empiezan a guiarnos en la dirección correcta”, se congratuló Gore, y añadió: “También se está produciendo un gran cambio en la comunidad inversora”. El libro y la película reflejaron y magnificaron fielmente los mensajes centrales de la campaña empresarial. Al igual que sus colegas del Centro Pew y de la Asociación para la Acción Climática, Gore subrayó la importancia de utilizar los mecanismos del mercado para afrontar el reto del calentamiento global. “Una de las claves para resolver la crisis climática”, escribió, “pasa por encontrar formas de utilizar la poderosa fuerza del capitalismo de mercado como aliado”. Gore repitió su advertencia a los inversores sobre la necesidad de estrategias de inversión a largo plazo y de integrar los factores medioambientales en los cálculos empresariales, señalando con orgullo cómo los líderes empresariales habían empezado a “adoptar una visión más amplia de cómo las empresas pueden mantener su rentabilidad en el tiempo”. El único directivo de empresa que se cita en el libro, en una página doble, es el director general de General Electric, Jeffrey Immelt, que explicó sucintamente el momento y el objetivo principal del ejercicio: “Este es un periodo de tiempo en el que la mejora medioambiental va a conducir a la rentabilidad”.

A principios de 2007, la campaña corporativa había aumentado considerablemente su actividad, con la creación de varias organizaciones nuevas. El Pew Center y la Partnership for Climate Action crearon una entidad de presión política, la U.S. Climate Action Partnership (USCAP). Los miembros de la USCAP incluían a los principales actores del esfuerzo inicial, como BP, Dupont, el Pew Center y Environmental Defense, y añadían otros, como GE, Alcoa, Caterpillar, Duke Energy, Pacific Gas and Electric, Florida Power and Light y PNM, el holding de servicios públicos de Nuevo México y Texas. PNM se había unido recientemente a Cascade Investments, de Bill Gates, de Microsoft, para formar una nueva empresa energética no regulada centrada en las oportunidades de crecimiento en Texas y el oeste de EE.UU. El director general de PNM, Jeff Sterba, también presidió el Grupo de Trabajo sobre el Cambio Climático del Edison Electric Institute. También se unieron a la USCAP el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales, el Instituto de Recursos Mundiales y la empresa de banca de inversión Lehman Brothers, cuyo director gerente, Theodore Roosevelt IV, presidió la junta del Centro Pew y pronto presidiría también el nuevo Centro Global sobre el Cambio Climático de Lehman. Como señalaba ahora Newsweek (12 de marzo de 2007) “Wall Street está experimentando un cambio climático”, con el reconocimiento de que “la forma de conseguir lo verde es ir a lo verde”.

En enero de 2007, la USCAP emitió “Un llamamiento a la acción”, un “esfuerzo no partidista impulsado por los principales ejecutivos de las organizaciones miembros”. El “Llamamiento” declaraba la “necesidad urgente de un marco político sobre el cambio climático”; subrayando que “se necesita un sistema obligatorio que establezca requisitos claros, predecibles y basados en el mercado para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero”. La USCAP elaboró un “plan para un enfoque obligatorio de la protección del clima basado en el mercado para toda la economía”, que recomendaba un programa de “tope y comercio” como “piedra angular”, combinando el establecimiento de objetivos con un mercado mundial de carbono para el comercio de derechos de emisión y créditos. El comercio de derechos de emisión, condenado durante mucho tiempo por los países en desarrollo como “colonialismo del carbono”, se ha convertido en la nueva ortodoxia. El plan también pedía un “programa nacional para acelerar la tecnología, la investigación, el desarrollo y el despliegue” y medidas para fomentar la participación de países en desarrollo como China, India y Brasil, insistiendo en que “en última instancia, la solución debe ser global”. Según el portavoz de la USCAP, Jeff Immelt, consejero delegado de General Electric, “estas recomendaciones deberían catalizar una acción legislativa que fomente la innovación y promueva el crecimiento económico, al tiempo que mejora la seguridad energética y la balanza comercial”.

Al mes siguiente, otra organización corporativa sobre el clima hizo su aparición, ésta específicamente dedicada a difundir el nuevo evangelio del calentamiento global. Presidida por AI Gore, de Generation Investment Management, la Alianza para la Protección del Clima contaba entre sus miembros con el ya conocido Theodore Roosevelt IV, de Lehman Brothers y el Pew Center, el ex asesor de seguridad nacional Brent Scowcroft, Owen Kramer, de Boston Provident, representantes de Environmental Defense, el Natural Resources Defense Council y la National Wildlife Federation, y tres ex administradores de la Agencia de Protección del Medio Ambiente. Utilizando “técnicas de comunicación innovadoras y de gran alcance”, explicó Gore, “la Alianza para la Protección del Clima está llevando a cabo un ejercicio de persuasión masiva sin precedentes”: la campaña multimedia contra el calentamiento global que ahora satura nuestros sentidos. No respires.

Si la campaña corporativa contra el cambio climático ha alimentado una febril preocupación popular por el calentamiento global, también ha logrado mucho más. Al haber surgido en medio del movimiento mundial por la justicia global, ha restaurado la confianza en las mismas creencias y fuerzas que ese movimiento había trabajado tan duro para exponer y desafiar: las corporaciones que maximizan los beneficios en todo el mundo y sus innumerables agencias y agendas; la autoridad incuestionable de la ciencia y la creencia corolaria en la liberación a través de la tecnología, y la beneficencia del mercado autorregulado con su panacea de prosperidad a través del libre comercio, y sus poderes mágicos que transforman en mercancías todo lo que tocan, incluso la vida. Todas las verdades evidentes reveladas por ese movimiento sobre las injusticias, las heridas y las desigualdades sembradas y sostenidas por estos poderes y creencias han sido ahora enterradas, apartadas en la prisa apocalíptica por combatir el calentamiento global. Comparado explícitamente con una guerra, este desafío épico requiere una atención única y un compromiso total, sin distracciones de este tipo. No es el momento, ni la necesidad, de cuestionar una sociedad deformada o de reexaminar sus mitos subyacentes. La culpa y la carga se han trasladado de nuevo al individuo, inundado de culpa primordial, el conocido pecador que se enfrenta al castigo por sus pecados, sus excesos, predispuesto por su cultura piadosa y preparado ahora para la disciplina y el sacrificio. El día de la inauguración de la temporada de béisbol de 2007, el propietario de los Blue Jays de Toronto se puso delante de la pantalla gigante, una extravagancia electrónica, rodeada por un anillo de logotipos corporativos y publicidad que bailaban, y exhortó a todos los asistentes, de forma absurda, a que salieran a comprar una bombilla de bajo consumo. Los asistentes aplaudieron.

En su libro superventas de 2005 Los creadores del clima, Tim Flannery llamó a sus lectores a la batalla en “nuestra guerra contra el cambio climático”. Con un prólogo para la edición canadiense escrito por Mike Russill, ex director general del gigante energético Suncor y ahora jefe del World Wildlife Fund/Canadá, el libro reflejaba bien la campaña corporativa. Cada uno de nosotros “debe creer que la lucha es ganable en términos sociales y económicos”, insiste Russill, “y que no tenemos que cambiar drásticamente nuestra forma de vivir”. “Lo más importante es darse cuenta”, se hace eco Flannery, “de que todos podemos marcar la diferencia y ayudar a combatir el cambio climático sin apenas coste para nuestro estilo de vida”. “La transición a una economía libre de carbono es eminentemente alcanzable”, expone, “porque tenemos toda la tecnología que necesitamos para hacerlo”. “Un gran escollo potencial en el camino hacia la estabilidad climática”, advierte, “es la propensión de los grupos a enganchar su carro ideológico al impulso de la sostenibilidad.” “Cuando nos enfrentamos a una emergencia grave”, aconseja, “es mejor tener una sola mente”. El libro es inspirador y anima al lector a luchar contra esta amenaza global con ingenio, entusiasmo y esperanza, salvo por un pequeño inciso, enterrado en el texto, que corroe al lector atento: “Como la preocupación por el cambio climático es tan nueva, y el tema es tan multidisciplinar”, señala Flannery, “hay pocos verdaderos expertos en la materia y aún menos que puedan articular lo que el problema podría significar para el público en general y lo que deberíamos hacer al respecto”.

La campaña corporativa ha hecho algo más que crear oportunidades de mercado para los escritores de divulgación científica convencionales como Flannery. Al construir una contienda exclusivamente maniquea entre negadores mezquinos y descerebrados, por un lado, y defensores ilustrados del calentamiento global, por el otro, también ha dispuesto a periodistas de la izquierda, por lo demás políticamente astutos, a una credulidad inusual. Heat, el apasionado manifiesto de 2006 de George Monbiot sobre el tema, es vergonzoso por su enfoque embudo y su ingenua deferencia a la autoridad de la ciencia: “Reducir el cambio climático”, proclama, “debe convertirse en el proyecto que anteponemos a todos los demás. Si fracasamos en esta tarea, fracasaremos en todo lo demás”. “Necesitamos un recorte de la magnitud que exige la ciencia”, declara; debemos adoptar “la posición determinada por la ciencia en lugar de la posición determinada por la política”, como si existiera algo como la ciencia que no fuera también política.

Monbiot no se anda con rodeos contra la “industria del negacionismo”, exhortando a los promotores de las campañas corporativas negativas por su “idiotez” y sugiriendo mordazmente que algún día “la negación del cambio climático parecerá tan estúpida como la negación del Holocausto, o la insistencia en que el SIDA puede curarse con remolacha”. Sin embargo, no tiene ni una palabra de reconocimiento, y mucho menos de crítica, para los activistas del otro bando, cuyo mensaje tal vez, involuntariamente, vende con tanta pasión. Y aquí también, curiosamente, un breve párrafo enterrado en el texto, aparentemente desconectado del resto, perturba al lector, por lo demás inspirado. “Nada de esto sugiere”, señala Monbiot de pasada, “que la ciencia no deba estar sujeta a un escepticismo y una revisión constantes, o que los ecologistas no deban rendir cuentas. Los defensores del cambio climático no tienen más derecho a equivocarse que nadie”. “Si engañamos al público”, admite, “debemos esperar que nos desenmascaren”, y añade que “también tenemos que saber que no estamos perdiendo el tiempo: no tiene sentido dedicar tu vida a luchar contra un problema que no existe”. Aquí quizá se filtren algunos restos de verdad entre las líneas manejadas, insinuando aún la apertura de otro espacio y otro momento.

 


El historiador David Noble enseñó en la Universidad de York en Toronto, Canadá. Fue autor de artículos como Beyond the Promised Land (2005) y se llegó a considerarla en más destacado historiador de la ciencia del siglo XX. Más artículos suyos en ACTIVIST CLIMATE GUY.

Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator

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