El paradigma revolucionario y liberador de la salud proletaria es el paradigma espartaquista

A lo largo de las últimas semanas la dictadura sanitarista global ha dado un salto importante al plantear una solución a la enfermedad respiratoria covid-19 mediante el pinchado masivo de una vacuna que modifica el ARN mensajero. Esta movilización y , entrecomillas, “revolución” biotecnológica no la ha merecido hasta ahora ninguna enfermedad, ni siquiera el cáncer, pero la conciencia sanitaria de los auto titulados dirigentes mundiales al parecer ha cambiado, y ahora si quiere actuar transformadoramente sobre la salud de la población a partir de esta enfermedad.

 

Pandemia rara, rara, rara

 

     El covid-19 al parecer tiene una mortalidad del 0,6% entre los infectados. La media de edad de los muertos es de 82 años, quienes además tenían dos patología antes del deceso, si no lo he entendido mal. Parece bastante extraño que una enfermedad con esta incidencia conduzca a una remodelación radical intensiva y extensiva de las relaciones sociales de producción, ocio, consumo y procreación, a escala planetaria. Es raro también el proceso político acaecido y en curso en relación con el origen de la enfermedad, en lo que se nos está colando de matute una Ideología de la Zoonosis, de reciente fabricación que, no por casualidad, viene a reforzar las hipótesis, muy discutidas y muy discutibles, de la calentogía climatista.

     Rara es, así mismo, la técnica médica del PCR, su empleo político y su masificación para dar apariencia de la existencia de una base de evidencia de necesidad de movilizaciones y suspensión de derechos y libertades básicas en la mayoría del planeta. El mismo virus está discutido por científicos y escépticos que exigen mayor rigor y pruebas demostrativas de su existencia que nunca terminan de aparecer, a lo que se les contesta clamando a Brios con condenaciones reactivas, francamente estúpidas, pero calculadas para esbozar la nueva generación de demonizaciones que la dictadura capitalista está creando ahora, en sus, más que apuros, angustias por la crisis de ganancias.

     Se acumulan muchas cosas extrañas. La ola de pánico de marzo avanzó sin barreras por todo el globo, pero había habido cambios de urgencia en el protocolo de las pandemias promovido por la agencia publiprivada OMS provistos precisamente para hacerle espacio político a la pandemia, lo que casualmente aumentó la fluidez y envergadura de la ola de panico, que recuerda bastante a la expansión del Gran Miedo durante la Revolución Francesa.

     Si antes para declarar a una enfermedad pandemia tenía que tener un 12% de mortalidad, después bastaba con el 4%, y ahora es del 0,6%, 20 veces menos que antes del covid. Y los partidarios de hacer estos ajustes médico-legales, constituyentes, de urgencia, cuyo empoderamiento en todo el planeta se auto atribuyen la OMS y sus lobys farmaceúticos y biogenéticos, también están presionando ahora para que se haga lo mismo con la nueva vacuna. Así le abocan a la FDA de los EEUU a que se salte los protocolos de seguridad antes establecidos, y que los cambie respecto a las nuevas vacunas, pasando de cinco años de pruebas a dos meses antes de generalizarlas.

 

Ciéntíficos y médicos de vanguardia “negacionistas”

                      Apunte sobre la irrespirable atmósfera política durante el bloqueo de Leicester

     En estas condiciciones, no es impresionante ni sorprendente que los negacionistas resultan ser parte de la vanguardia médica y científica internacional, y a excepción de un epidemiólogo sueco que sí puede opinar y tomar medidas no estandar sin que lo frían y cancelen, al resto los aislan como contagiados de memes peligrosísimos. Esta actitud ha significado que los “negacionistas”, es decir, los críticos del paradigma vacunalista del covid-19, están deviniendo enemigos públicos de una suerte de nuevo macarthysmo, pero esta vez de escala global.

     Ocurre que un gran número de conservadores forman en las líneas críticas, por lo que pareciera que la crítica a la dictadura sanitarista es un asunto de “ultraderecha”, o sea, de la derecha más allá de la derecha, ulterior a la derecha, los conservadores más allá de los conservadores, los conservadores extraparlamentarios, que no necesariamente han de ser extremistas, teniendo en cuenta que gran número de conservadores han huido del parlamentarismo tras las reiteradas traiciones programáticas de sus partidos, como ocurrió en “la izquierda”. Si no fuera poco esto para acrecentar la borrasca de confusión, algunos de ellos llegan a denominar “comunismo” a las ofensivas de los cuadros internacionales de la OMS, la internacional socialdemócrata y los tecnócratas o socialtrónicos de la ONU y las Big Techs, quienes, efectivamente, tienen un plan, una hoja de ruta y una estrategia. Lo sorprendente es que en gran parte ha sido y es hecha pública… pero lo que no puede ser esa estrategia es comunista por una serie de cuestiones radicales que subyacen a los intereses y objetivos de clase que la animan, y a la cosmovisión de la historia y del futuro del mundo que la dirige.

 

Dialéctica Imperialismo/Ultraimperialismo

     La escala global, un nivel superior a la escala internacional, surge de la dialéctica imperialista altamente desarrollada fundando otra dialéctica superior. La dialéctica global capitalista consiste en el movimiento y el desarrollo de las contradicciones entre una fracción ultraimperialista de la oligarquía y las oligarquías imperialistas. Esa misma dialéctica Imperialismo/Ultraimperialismo, – o economía imperialista / política ultraimperialista -, parece subyacer también a la contradicción entre los intereses de la nación y el imperio que se observa en las luchas políticas actuales en los EEUU.

     La ideología que profesan los adeptos a los intereses de desarrollo de una estatalización global a partir de las estructuras internacionales de la ONU y del mercado internacional de circulación de plusvalor y de mercancías, no tiene sin embargo nada de comunista, aunque tampoco es conservadora porque, y esto es un clásico en el capitalismo, los capitalistas en funciones se ven abocados a eliminar los obstáculos que encuentra la expansión del capital, – ya sean las barreras sagradas de las religiones, los derechos naturales de las poblaciones, los límites éticos ciudadanos dispuestos en la vida social, o las consideraciones morales decantadas por la experiencia histórica -, o caer. No es pues contra el virus contra lo que esta gente está luchando.

 

No hay revolución sino es la revolución del proletariado

     Pero entonces, de todos modos, ¿no es esto la revolución? No; en el capitalismo no hay revolución verdadera sino es la revolución proletaria, por esto la reacción neomalthusiana en la sanidad que propulsa las transformaciones globales en realidad es la contrarrevolución a un nivel superior; derribar cuanto surja como inconveniente a quedarse en el pasado y sus relaciones sociales de producción basadas en la relación salarial y la acumulación de capital a que da lugar. Con otras palabras, la revolución tecnológica es una contrarrevolución política, por eso su fuerza histórica esta fuera de control, incluso de quienes la alientan.

     Y estas circunstancias de base determinan las soluciones y la amplitud de la autonomia de los sujetos en el curso de los acontecimientos en que nos encontramos. En esta senda, encontramos que lo rechazable de la vacuna no es únicamente lo inquietante de la soberanía globalista sobre los cuerpos que establece sino principalmente el rumbo de no solución que constituye.

     Cuando hace casi 25 años formaba parte del Movimiento Biodemocrático Vasco, ya veíamos los límites de la sanidad capitalista industrial, de tipo fordista. Nuestra crítica, sin embargo, no había clarificado aún la radicalidad de la cosificación humana, sobre todo del proletariado. Los asuntos principales eran la crítica a la ciencia política del virus del SIDA y la búsqueda de fórmulas autogestionarias de la salud practicables por la mayoría, donde se distinguió Sumendi, así como la defensa de la ecología interna humana ante la proliferación de tóxicos, venenos y condiciones anti higiénicas en la vida cotidiana de la población, especialmente proletaria, y las brutales terapias contra el cáncer que no estaban a la altura de lo que la población necesitaba, incluso menos que ahora.

 

Concepción neomalthusiana cosificadora de la salud

 

     ¿Y dónde estamos ahora? ¿En qué paradigma social de salud? Tenemos que tener en cuenta que, por ejemplo, al aborto, el foco de las contradicciones sociales, se le encaja en el concepto de “salud reproductiva”, que presume de que matar a un humano embrionario sería un acto saludable y constituyente de salud pública. Y es precisamente este el hilo del que hay que estirar para entender profundamente en qué consiste en realidad el paradigma de salud pública neomalthusiano, claramente cripto eugenésico por mucho que haya quienes quienes no quieren darse por enterados. Un paradigma, dominante desde hace cuatro décadas, que califica de acto de salud pública al acto de dar muerte al bebe embrionario. Esta concepción neomalthusiana cosificadora de la salud, y partidaria de convertir a los sistemas sanitarios en meros medios de cosificación, es la misma que anida en la teoría de la presunta positividad de la generalización de la vacunación masiva, incluso obligatoria, con la escusa de combatir las enfermedades infecciosas. Así que desde la estela de ruinas que han dejado en la sexualidad y la reproducción humanas, los neomalthusianos han venido pasando desde hace 30 años su ofensiva contra el proletariado mundial a la producción y la sanidad, con nuevos proyectos “científicos” que imponer.

     Para la oligarquía neomalthusiana que ya domina las infraestructuras sanitarias a casi toda escala en el mundo capitalista, el Hombre pasa de ser dirigido inescrutablemente por Dios a dirigir la Evolución, pero esa dirección de la evolución por parte de “El Hombre” es falsa y engañosa, es completamente ideológica: Lo que quieren decir realmente los neomalthusianos es que los hombres, ciertos hombres, están cualificados para dirigir la evolución de otros hombres, y, como vamos descubriendo, lo quieran o no estos hombres.

     Este colonialismo científico primarizador de los cuerpos, colectivos o individuales, hunde sus raices en el medio milenio de desarrollo capitalista, y no considera que los humanos son propiedad de si mismos sino medios de trabajo y materia prima aprovechable para generar conocimiento privado o materias  comerciales. El grado de cosificación puede aumentar, por tanto, según las necesidades y deseos de esta corriente ahora reinante en el desarrollo del capital, más exactamente, dirigente en la cibernética del capital sobre el proletariado mundial. Y es este, precisamente, el epicentro de la cuestión de la vacuna; se trata de vacunar ejerciendo una soberanía neomalthusiana a partir de un paradigma médico-sanitario que cumpla el máximo conjunto multidimensional de criterios de rentabilidad. Eso es el vacunalismo. El punto flaco de esta táctica consiste en que existen otros paradigmas de desarrollo de la salud en la población.

 

Una aproximación espartaquista al nuevo paradigma revolucionario de la salud

     En lugar de desenfermar (mucho sería decir curar) generalizando el vacunalismo, a la forma capitalista, está el paradigma comunista de mejorar las condiciones de vida del proletariado, como tamaño de hábitat, energía disponible, movilidad territorial, calidad de los alimentos, eficiencia del menaje, y disponibilidad de medios de producción colectivos e individuales no alienados por el capital y su estado. Todo esto no es rentable para la reproducción del capital. Y junto a este paradigma, está el paradigma anarquista, o, si se quiere libertario, de difundir entre la población todas las medidas que en lugar de meramente “crear anticuerpos” por métodos directamente biogenéticos, rentabilísimos para ciertos inversores, se centran en reforzar las células T del organismo y al sistema inmunitario como un todo; ello implica jornadas laborales por debajo de los 4 días semanales, mayor reducción de actividades peligrosas, aumento del tiempo propio y libre disponible, respeto a las personas y su libertad, descosificación y cuidado del amor. En las próximas tres décadas estos dos paradigmas, el reformismo neomalthusianismo y el comunista libertario van a chocar y solo podrá imponerse uno, estando el epicentro de la contradicción en la afirmación o rechazo de la cosificación humana.

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