La doble desvalorización del valor. En el camino de la crisis histórica del dinero. Por Robert Kurz

Breve reseña del capítulo del ensayo de Robert Kurz “Dinero sin valor” titulado “La doble desvalorización del valor. En el camino de la crisis histórica del dinero”.

Robert Kurz

La teoría de la crisis y, en ella, la teoría de la desvalorización del dinero que Robert Kurz desarrolla en este capítulo 17 de su ensayoDinero sin valor. Líneas generales para la transformación de la crítica de la economía política“, constituyen un desarrollo real de la crítica marxista a la economía política del Capital. Me atrevo a decir que el ensayo de Kurz es un desarrollo histórico, con un antes y un después, insoslayable, un parteaguas histórico en el campo de la elaboración completiva y desarrollativa de la teoría marxista de la crisis capitalista y de la crítica de la economía política. Y este capítulo es uno de los más especialmente representativos del conjunto del ensayo.

Esta traducción al castellano, lo más esmerado que está a mi alcance pero, téngase en cuenta, de urgencia, se basa en la traducción portuguesa desde el alemán, realizada por Lumir Nahodil, publicada por la editorial Antigona en su edición de abril de 2014, que ya fue presentada en este web en un artículo dedicado a ese acontecimiento: Publicada en portugués la obra postuma de Robert Kurz: “Dinero sin valor. Líneas generales para una transformación de la crítica de la economía política“.

Quien no tenga tiempo para profundizar en este crucial capítulo de la crítica de Kurz a la economía política – 27 páginas en A4 – y a las dos corrientes supuestamente marxistas, a uno de cuyos participantes llega a denominar, con razón, médico de cabecera del capital, la que llama “Ortodoxia reciente” y a la que apela “Nueva Lectura de Marx”, puede leer este articulillo en el que se condesan muchas de las conclusiones de este análisis: “DOBLE DESVALORIZACIÓN.” Por Robert Kurz.

Dinero sin valor. De Robert Kurz

Por mi parte añado un apunte crítico. Se trata de la conclusión sobre el reproductivismo presuntamente patriarcal arcaizante que Kurz cree ver. Es incontrovertible que hay un auge del machismo causado por el doble desplazamiento de los varones en este capitalismo de final de ciclo, el desplazamiento de los varones superados por la mayor productividad de una amplia proporción de mujeres altamente competitivas desde el punto de vista del capital, y el desplazamiento causado por la subsunción real de la reproducción social del proletariado. Aquí más que patriarcalismo arcaizante tenemos neomachismo declinante. Lo que Kurz no integra en esta conclusión del capítulo es la desvalorización del capital humano, en los varones proletarios, y las consecuencias de esa desvalorización. Esto es importante porque vamos a padecer desvalorizaciones en cascada si su análisis crítico es correcto, y tiene grandes visos de serlo, por lo que el auge del neomachismo en el proletariado es la contracara del auge del patriarcalismo arcaizante en la clase dominantes y sus estatus aliados. El primer efecto proviene de la crisis demográfica causada por la concentración y centralización del capital mediada por el aumento de c/v, cuando v se desdobla en c y en v: La producción de seres humanos proletarios no es rentable para el proceso del capital. El segundo efecto proviene de la concentración del capital, cuando machos adinerados se patriarcalizan y pasan a poseer capital reproductivo, compuesto de mujeres cosificadas. Así que ambos efectos se dan simultaneamente en las dos grandes clases sociales distintas.

Sobre desvalorización del valor en el capital humano pueden verse: Gran crisis biopolítica del capitalismo y república socialista de Nabarra y La guerra de géneros mundial. 

Caratula del libro Gran crisis biopolítica del capitalismo y Republica Socialista de Nabarra

y

(Maximización de la concurrencia, guerra de géneros y acumulación de capital).

Pintura de Aurelio Arteta, titulada 'barrio obrero', empleada como carátula para el libro Guerra de géneros mundial y maximiazación de la concurrencia

 

Este texto de Kurz, que considero de obligado estudio para los voluntarios marxistas con conciencia obrera, revela por otra parte el gran acierto político, no solo teórico, de quienes soportaron el asedio de calumnias y malos tratos trollistas por exigir que la crítica a la teoría de Marx sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancia fuera seria y rigurosa o cesara, durante los sabotajes reformistas que adelantaron el cierre, y le dejaron sin salida, de Indymedia Euskal Herria. Si hubiéramos torcido el brazo ante semejantes presiones chantajistas e intimidatorias de los reformistas esta perspectiva teórica que nos muestra Kurz no se habría podido entender en nuestro país, Euskal Herria, en muchos años pues ni siquiera se hubiera atendido. Sin más, os dejo con el texto.

 

 

 

 

Figura destacada consistente en monedas de oro muy antiguas, de las primeras acuñaciones de la historia del dinero, de Lidia, con fondo de monedas de oro americano robado y acuñadas por el imperio español en su decadencia final, hacia 1715.

 

La doble desvalorización del valor. En el camino de la crisis histórica del dinero. Por Robert Kurz

 

El sistema, inherente al capital, de los desdoblamientos de la mercancía en valor y valor de uso, y del valor en mercancía y dinero, tiene que  reproducirse necesariamente en la crisis y en su concepto. También la desvalorización del valor o la desubstanciación del capital es, por consiguiente, doble y se va abriendo camino tanto en el plano de la producción de mercancías (desvalorización del capital humano, del capital material y del capital mercancía), como en el plano del equivalente universal (desvalorización del medio de fin-en-si del dinero).

Sin embargo, los diversos procesos de desvalorización no se desarrollan en las distintas etapas de la crisis de un modo continuo y uniforme, visto que el capital social global no ejecuta el movimiento de la crisis en cuanto tal de inmediato, chocando así con su límite, sino que esto ocurre empíricamente a través del movimiento de los capitales individuales en la superficie del mercado mundial.

Se trata aquí de diversos grados de concreción de la desvalorización de la fuerza de trabajo en cuanto componente del capital, bajo la forma de reducción de salarios y de otras gratificaciones, así como a través de despidos (“desempleo”). La eliminación subrepticia de la substancia del valor a través de la minimización de la fuerza de trabajo aplicable da lugar a un proceso galopante de disolución de esa aplicación. En ese contexto, el capital material o el capital constante todavía consigue, aparentemente, continuar valorizándose por algún tiempo, pero después de un periodo de incubación más corto o más prolongado, en la secuencia del cierre de lugares de producción o de una bancarrota del capital individual que los soporta, también es desactivado y desvalorizado. Simultáneamente o en seguida, la crisis llega a la superficie de los mercados de mercancías: la masa de mercancías producidas comienza a amontonarse y ya no consigue fluir para ser realizada, o sea, también sufre una desvalorización, visto que la “validez” capitalista de los bienes de uso, que al final no dejan de existir materialmente, se extingue por falta de capacidad de reconversión en dinero. Una vez que este proceso de desvalorización de la fuerza de trabajo, del capital material y del capital mercancía se pone en marcha y es avanzado hasta un determinado grado, se tornan visibles, de acuerdo con los criterios de fin-en-si (y no de acuerdo con las necesidades), esas mencionadas “sobrecapacidades” de la producción sobre las que ya nos asomamos más arriba: en la medida en que ellas son sucesivamente desactivadas o reducidas, también se pierden, evidentemente, las posteriores inversiones en fuerza de trabajo y capital material, que dejan de tener sentido, en términos capitalistas.

 

Las ganancias realizadas en los periodos de producción anteriores – el nuevo capital monetario – no se orientan hacia inversiones reales y productivas en la perspectiva del capital pero, empujados por la necesidad, fluyen cada vez más hacia los mercados financieros para, allí, aparentemente sin recurso a procesos productivos reales, continuar su valorización. El capital monetario sin utilidad es, entonces, prestado por el sistema bancario a los participantes en el mercado ya en la miseria, a cambio de intereses cada vez más elevados, lo que pospone su insolvencia, y/o es invertido en títulos de propiedad en los mercados mobiliarios o inmobiliarios, lo que conduce a un aumento de los precios. Los propietarios de los títulos de deuda y de propiedad en forma de papel pueden “considerarse ricos”, lo que, en términos secundarios, parece generar producción y su respectivo flujo, pero sin base en el valor real. Después de un determinado tiempo, las burbujas de deuda y financieras, infladas y faltas de substancia tienen necesariamente que reventar. Se sigue de ello, en un segundo plano, la desvalorización del capital financiero bajo la forma de una crisis de deuda y de un crack en las bolsas, lo que, por su lado, se repercute en los mercados de mercancías y de trabajo, pudiendo ocurrir que la espiral descendente dé lugar a la caída libre.

 

Esta reseña genérica de la desvalorización de todos los componentes del capital (capital monetario, fuerza de trabajo, mercancías) se refiere al plano del valor social global; empíricamente, el proceso es mucho más complejo, va avanzando por brotes y, en relación con algunos momentos individuales, de forma asíncrona y transitoriamente contradictoria, de modo que, en una perspectiva superficial y limitada, son posibles hasta su fin interpretaciones muy diversas (llevándose habitualmente la palma el optimismo profesional de las instituciones).

 

La dificultad consiste también en que cada uno de estos momentos puede igualmente ser constatado de modo empírico, en el plano del capital individual y de determinados ramos y segmentos del mercado de mercancías y de trabajo, en el ámbito de la normalísima producción capitalista, o sea, no solo en la crisis. Problemas de liquidez, de renegociación de créditos, bancarrota, despidos, etc, etc, hacen parte del día a día burgués; estos fenómenos empíricos solo se convierten en una crisis manifiesta cuando alcanzan la masa social crítica, o sea, cuando alcanzan un determinado grado de universalización, indicando así el límite interno del capital en el plano del valor oculto que no puede ser aprehendido directamente. Sin embargo, lo que ocurre no es que los problemas sumados de los capitales individuales constituyan la crisis, que es lo que le parece a la percepción positivista, sino precisamente lo contrario: la crisis, o el límite interno de la valorización en el plano global de la sociedad, que aumenta de un modo invisible para los actuantes, constituye las dificultades de producción de los capitales individuales en cuanto agregación a esa masa crítica. Como la causa última consiste en el encogimiento de la masa de valor y de plusvalía de toda la sociedad, por la cual los participantes en la concurrencia se pelean, los capitales individuales “expertos” solo hasta cierto punto consiguen mantenerse a flote, a expensas de otros (aunque sea por la cura de adelgazamiento referida en el capítulo anterior); sin embargo, ningún capital individual consigue escapar a su contexto social condicionante, de forma que la desvalorización acaba también por alcanzar al número menguante de los que ganan con la crisis, después de que sobrepasa aquel grado y, progresivamente, va parando la reproducción social como un todo.

 

Sin embargo, en las crisis por las que pasó el capitalismo durante la historia de su ascensión, este grado o no fue ni siquiera alcanzado o lo fue solo por un tiempo muy breve (sobretodo durante la crisis económica mundial de los años 30s del siglo XX), y solamente en determinados países o regiones mundiales. En cuanto el mecanismo externo de compensación de la expansión externa e interna del capital, ya abordado y analizado, actuaba en conjunto con la producción de plusvalía relativa, y las barreras o las mismas graves convulsiones de la acumulación volvían siempre a poder ser resueltas por nuevos brotes de una absorción adicional de fuerza de trabajo productiva en la perspectiva del capital, también el proceso de desvalorización, en todos sus momentos y con formas de desarrollo una vez más asíncronas y contradictorias, se interrumpía apenas quedaba allanado el camino hacia la producción de nuevas masas de plusvalía.

 

En estas condiciones, las burbujas de la deuda y financieras también fueron siempre de poca duración; en algunas circunstancias, su estallido podía hasta anunciar ya la nueva subida real de la masa de plusvalía. En la fase de transición, los capitales individuales expertos podían pasar por una cura de adelgazamiento y, a continuación, alcanzar una enorme expansión económico-empresarial, por ejemplo, comprando por una bagatela los componentes de otros capitales individuales desvalorizados por la ruina, pero todavía funcionales según el patrón corriente de productividad. Así, no admira que la enumeración de todos esos hechos, conocidos en términos empírico-históricos, que producían la ilusión de un “punto cero” de la valorización por el cual se volvía a pasar una y otra vez, hacia parte del repertorio de las teorías burguesas y marxistas habituales de la crisis, que no argumentan en el plano categorial del capital global (o del “proceso global” en Marx), pero asumen precisamente el punto de vista del capital individual o, en general, del actor individual (incluyendo el Estado), cuya forma “científica” es el positivismo y el individualismo metodológico.

 

En cuanto la desvalorización del valor o la desubstanciación del capital se detenía siempre delante de sus propias consecuencias lógicas y, no obstante el desarrollo de la contradicción interna, volvía a convertirse en su contrario, todo parecía no poder pasar de ahí. En realidad, la dinámica progresiva del capital tenía que dar expresión, inicialmente de forma indirecta, a la inminente lógica de la desvalorización final en una altura cada vez más elevada de esa contradicción. También a este respecto quedó patente, mucho antes de llegar la madurez histórica de la crisis en la Tercera Revolución Industrial, que el capitalismo no es un “eterno retorno de sí mismo”. Marx ya había evidenciado, en sus trazos fundamentales, uno de los lados de esta alteración cualitativa continúa en el plano de la relación formal básica: la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia. Por el contrario, sobre el otro lado de ese mismo proceso en el plano de la manifestación del dinero, la expansión histórica del crédito y su consecuencia histórica – la desvalorización del medio de fin-en-si del dinero -, poco o nada se encuentra en Marx, o en lo que dice respecto al sistema de crédito) solo bajo la forma de esbozos.

 

El motivo de este estado de cosas debe ser buscado en el hecho de ese aumento de la relación de c/v (*c=capital constante / v=capital variable), que constituyó la condición previa de la ley de la caída de la tasa de ganancia y que, en términos todavía no alcanzados en tiempos de Marx (o sea, en el inicio de la segunda parte del siglo XIX) en un grado crítico que hubiese tornado aparente su reverso en el plano monetario y crediticio, aunque ya se hubiese tornado visible y susceptible de representación teórica. Así, en el plano de la producción, el proceso ya podía ser aprehendido en sus trazos fundamentales, pero no, con la misma consecuencia, en el plano de la mercancía dinero y de sus movimientos propios aparentes en el crédito. En todo caso, Marx no llegó a desarrollar esta lógica con la misma claridad en términos conceptuales y analíticos. Esta es más una llamada de atención hacia el carácter procesual y, con él, a la historicidad de las categorías reales capitalistas, lo que no es tan fácil de retener en la reproducción teórico-mental, que (tal como ocurre en el marxismo vulgar y especialmente en la Nueva Lectura de Marx) tiende a impedir que la teoría se encuentre vinculada al lugar histórico en que se sitúan sus productores y, por eso, la unidad de la determinación categorial histórica nunca puede ser total.

 

Ahora bien, ¿qué situación expresa la caída (relativa) de la tasa de ganancia de una forma que comienza a ser igualmente relativa en el seno del sistema monetario? Ya vimos que el crecimiento de c/v – la creciente composición orgánica del capital – reduce, en el plano del valor social global y en términos relativos, la cuota-parte de la fuerza de trabajo v), que es la única que crea valor nuevo, por capital monetario invertido, mientras que los costos del capital material (c), que se refieren a la parafernalia puramente material y se mantienen “estériles” en lo que respecta a una acumulación posterior de “riqueza abstracta”, suben en términos relativos. Para el capital individual empírico, empero, esto tiene como consecuencia que, con la intensidad del capital subiendo, la totalidad de los costos previos también aumentan, o sea, más capital monetario tiene que ser invertido para poder poner en movimiento una combinación rentable de c/v con la hipótesis de conquistar una cuota de mercado competitiva.

 

Esto también tiene que ver con el hecho de que, con una creciente cuota-parte de «c» en el plano global del capital, aumenta tanto el grado general de socialización capitalista como, al nivel de la economía empresarial individual, la división funcional, la profundidad de abarcado de la cadena de valor y la infra-estructural. El proceso, descrito por Marx, de concentración y centralización del capital no es solo una consecuencia formal de la concurrencia, sino también una consecuencia del contenido material de la cientificación y de la tecnificación. Aunque los famosos nuevos productos y ramos productivos, en la fase de la innovación, todavía puedan, en parte, nacer de condiciones iniciales modestas, la transición hacia la producción intensiva en términos de tecnología, material y gestión, dotada de las necesarias estructuras de gran envergadura, ocurre cada vez más rápidamente y ya no se procesa a lo largo de generaciones, sino ya en la generación fundadora.

 

En eso ni siquiera el outsourcing de algunas funciones de la economía empresarial, descubierto en tiempos recientes y aplicado de forma ofensiva, cambia cosa alguna. Este método ya es una consecuencia de la enorme subida de la presión de los costos que, sin embargo, solo así puede ser redistribuida; pero nada cambia en el plano del valor de toda la sociedad, solo constituyendo la manera del tacaño cálculo económico-empresarial, en el plano del capital individual empírico, de lidiar con la situación de un modo pretendidamente “experto”. El mundo globalizado de los antros de outsourcing no tiene nada que ver ni con la innovación de productos, ni con nuevas pequeñas empresas o ramos de negocio independientes, tratándose de un programa de reducción de costos del propio capital concentrado y centralizado por medio de empresas secundarias solo formalmente autónomas, falsos independientes y trabajadores asalariados de segunda o tercera categoría, despojados de derechos debidos de la contratación colectiva (el Japón parece haber sido ya hace mucho el precursor en esta materia). Sin embargo, el problema del aumento de los costos previos o del constreñimiento en el recurso creciente al capital monetario también se aplica a los antros del outsourcing que, aunque solo existían con base en los salarios bajos o en una auto-exploración desproporcionada, tienen igualmente que adelantar los costos de los elementos del creciente capital material asociado a su función. Y para sus reales “capitales-madre”, la presión de los costos solo es atenuada de forma insignificante por la deslocalización hacia lugares de bajos salarios, una vez que, de cualquier modo, no para de reducirse la cuota-parte relativa de las peticiones salariales tanto en las funciones económico-empresariales individuales como en el capital global.

 

En el plano empírico de los capitales individuales, el problema del aumento del capital monetario a aplicar en los costos previos de una producción orientada hacia el lucro que haya tenido éxito solo se tornó significativo en el inicio del siglo XX, a saber, en los estadios iniciales de la segunda revolución industrial (taylorismo, fordismo) – o sea, cerca de 30 años después de la muerte de Marx. Así se inició un proceso de un nuevo tipo cuya característica esencial consistía en la creciente importancia y necesidad del crédito para la producción de plusvalía y ganancia, así como en la expansión histórica del sistema de crédito de ahí derivada.

 

Evidentemente, el crédito y, con él, el capital financiero que rinde intereses tuvieron alguna intervención desde el inicio del desarrollo capitalista. Marx representó el nexo general entre el sistema de crédito y el modo de producción capitalista en El Capital, especialmente en el Tercer Volumen – por ejemplo, el interés como forma derivada de plusvalía producida, siendo cierto que los representantes del “capital en funciones” o sea, “el capital productivo” tienen que entregar una determinada cuota-parte, bajo la forma de interés, al capital financiero, pasando por el sistema bancario. Esta necesidad comienza por manifestarse de forma desigual, sobretodo en las funciones de las empresas, pero igualmente en los casos de fuerte expansión de la producción, así como en situaciones especiales, problemáticas o de emergencia, cuando las inversiones tienen que ser realizadas sin reservas propias suficientes, etc. También el Estado, que solo surgió junto al fetiche del capital, recurrió desde el inicio al capital a interés, sobre todo en el financiamiento de los costos de armamento y de guerra desde la revolución militar de las armas de fuego (cf. a este propósito véanse los capítulos 6 y 7). El capital monetario necesario para el crédito consiste en ahorros particulares de los miembros de la sociedad, incluyendo a los trabajadores asalariados, y en las fortunas pasivas acumuladas de las formas más diversas, así como en las reservas no aplicadas productivamente, en el momento, de los propios capitales individuales, y se concentran sobre todo en los bancos, que lo prestan a terceros, (evidentemente, las formas de crédito privado también son una posibilidad). Marx no solo derivó de este contexto la determinación general de la forma económica del crédito como igualmente, con la herramienta de la crítica ideológica, las mistificaciones a ellas asociadas, que se repercuten tanto en la contabilidad de las empresas como en el “preconcepto popular”. Lo que aquí está en cuestión es la aparente “cualidad oculta” del capital que rinde intereses de crear de inmediato más dinero a partir de dinero (D-D’), visto que, para la consciencia fijada en la superficie del mercado, el nexo con la producción de plusvalía real ya no es visible. Como la existencia general del capital monetario que rinde intereses o del crédito también tiene un carácter procesual histórico, este, como ya referimos, tiene que expresarse preferentemente en la representación conceptual, en la medida en que el lugar histórico en el seno del desarrollo capitalista lo permite. Ya Marx vio que el sistema de crédito gana en importancia con la creciente socialización y cientifización de la producción y, por ejemplo, con el surgimiento de las sociedades anónimas, se torna el detonador del desarrollo posterior. Sin embargo, no asoció sistemáticamente estas tendencias al problema de la caída de la tasa de ganancia o incluso al del límite interno y de la desvalorización final del valor en cuanto tal.

 

En realidad, sin embargo, la necesidad de una aplicación creciente de capital monetario, debida a la caída de la tasa de ganancia y a la creciente intensidad del capital a lo largo del siglo XX, condujo a que cada vez menos los costos previos, en su imparable subida, pudiesen ser pagados en base a las ganancias corrientes.

 

Dicho con más precisión, se fue reduciendo sucesivamente la capacidad de los capitales individuales de crear, a partir de sus ganancias, reservas suficientes para las inversiones en capital material nuevo. Este problema se agudizó con el desarrollo tecnológico acelerado, debido a la cientifización. En la misma medida en que las innovaciones de productos y nuevas técnicas de producción fundamentales se sucedían unas a las otras con cada vez mayor celeridad y en un frente alargado, también fue aumentando la velocidad correspondiente del proceso que Marx designó como “desgaste moral” del capital material. Lo que se quiere decir con esto es que medios de producción que, en términos puramente técnico-fundacionales, todavía se encuentran intactos, tienen que ser abatidos y sustituidos por que ya no corresponden al patrón social de productividad, alterado por nuevas tecnologías, métodos de regulación o modos de organización de procesos.

 

O sea, se fue tornando cada vez más imposible, igualmente para los mayores capitales individuales, refinanciar suficientemente solo con base en las ganancias que eran el retorno de periodos de producción anteriores. El recurso permanente al sistema de crédito se convirtió, no obstante las resistencias iniciales, en la condición sine qua nom de una producción de ganancias y participación continuada en el mercado. Pero como el crédito y el capital a interés fueron, desde el inicio, partes integrantes del capitalismo, tanto en la ciencia económica burguesa como en el marxismo, esta forma fue, hasta los días de hoy, objeto de una perspectivización sobre todo a-histórica – o, por lo menos, se fingía (como por ejemplo, en Hilferding) que la importancia creciente del crédito solo correspondía a la socialización capitalista creciente y, en general, a la creciente actividad productiva (lo que más de una vez traduce una confusión entre el plano del valor abstracto y el plano material del valor de uso). El salto cualitativo en la función del crédito para la reproducción capitalista permaneció largamente irreflexivo por no hablar ya del potencial de crisis inherente a este desarrollo. Es que si nos aferramos, con Marx, a que la cualidad supuestamente oculta del capital que rinde intereses de crear directamente dinero a partir de dinero solo se debe al deslumbramiento, por las apariencias, de la superficie del mercado y, en realidad, es mediada por la derivación de la producción de plusvalía real, no nos podemos olvidar del hecho de que esta última no ocurre siquiera en la altura en que el crédito es contraído, teniendo todavía que realizarse y tener éxito; de otro modo, el crédito, al final, ni siquiera seria necesario. Existe, por tanto, una enorme diferencia entre la refinanciación del capital por el recurso predominante a una producción de plusvalía ya realizada en el pasado (por ejemplo, bajo la forma de reservas), por un lado, y por el recurso predominante a una producción de plusvalía futura, todavía ni siquiera iniciada y mucho menos realizada bajo la forma del crédito), por otro. Por mucho que las dos formas de refinanciación desde siempre van a la par, el aumento relativo de la segunda, análogo al aumento relativo de la cuota-parte de «c» en la composición orgánica del capital), siempre constituyó una alteración no solo cuantitativa, sino también en la reproducción del capital, tal como en el caso de la caída de la tasa de ganancia.

 

El nuevo y adicional potencial de crisis de esta dislocación es obvio, pues si la ganancia realizada en períodos productivos anteriores es un valor seguro, la ganancia futura, todavía por realizar, es un valor totalmente inseguro. Las condiciones del crédito a que se recurrió, con todo, tienen evidentemente que ser satisfechas, o sea, el crédito tiene que ser reembolsado en el fin de su plazo de pago y, entretanto, hay que pagar los intereses. Así, se torna necesario que los capitales individuales, que recurren al crédito en una medida creciente, se apropien de una parte de la masa social de plusvalía en el mínimo suficiente para poder pagar sus créditos y, además, para alcanzar además una ganancia propia. Pero, con todo, cuando eso se torna una condición universal, tan solo se crea una presión adicional sobre los capitales individuales, pero también surge un problema «sistémico»: el refinanciamiento, que ya no es hecho con base en la producción pasada de plusvalía real, sino en la futura, de este modo no solo requiere que la masa de plusvalía crezca, sino además que crezca tanto que a su anticipación en el pasado no la bloqueé la reproducción corriente posterior.

 

Con otras palabras, incluso cuando el capital global se va expandiendo alegremente y la masa absoluta de plusvalía crece, se va creando un desfase temporal creciente entre la producción de plusvalía prevista y la que realmente se consigue. El capitalismo comenzó a gastar su propio futuro. Las cadenas de crédito se van tornando cada vez más delgadas, aunque sea de ellas de que brota la plusvalía. Se pueden quebrar en cualquier momento, y es eso mismo lo que, en el caso individual, está ocurriendo todos los días y en una extensión creciente. Y no es solo el riesgo de la participación en el mercado, crecientemente financiada con recurso al crédito, lo que de este modo aumenta para los capitales individuales, sino también el riesgo «sistémico» de un colapso del sistema de crédito que afecte al capitalismo en su globalidad, por lo menos transitoriamente ( mientras la expansión todavía predomina). En términos fundamentales, esto significa que ese potencial abstracto de crisis, ya referido por Marx en el primer volumen de El Capital, de las compras y ventas que no coinciden en el lugar y en el tiempo se potencia históricamente en el plano del sistema de crédito; pues es aquí, al final, donde la contracción del crédito y el posterior servicio de la deuda se encuentran desfasados temporal y estructuralmente de un modo todavía más obvio y en una medida todavía mayor.

Este problema creado por el mismo desarrollo capitalista en el plano del capital monetario suscitó necesariamente la cuestión del papel de la mercancía dinero en el sistema de crédito en expansión continua. El reaseguro bajo la forma del patrón-oro, o sea, de la convertibilidad en oro de las divisas, comenzó a tornarse un vergüenza porque trababa la expansión de las funciones formales del dinero en el ámbito del crédito y amenazaba limitar estructuralmente su volumen. Así, juntamente con el carácter de la mercancía dinero, los bancos centrales emisores entraron, ya desde finales del siglo XIX, en el foco del debate de la teoría y de la política monetaria que se agudizó en el inicio del siglo XX. En el curso de la progresiva socialización y expansión capitalistas, los bancos emisores de los países más importantes se habían convertido en instituciones estatales. El Estado como putativo «deudor infalible», con una capacidad de contraer crédito aparentemente ilimitada con base en su acceso «soberano» a los recursos nacionales, pasó a ser el garante político de la emisión de papel-moneda y de dinero escriturado por los bancos emisores.

 

Se multiplicaron las voces que pretendían sustituir definitivamente por la «garantía» del Estado el vínculo a una mercancía dinero real bajo la forma del oro. Se considera como el clásico valedor académico de esta tendência a Georg Friedrich Knapp, con su libro Staatliche Theorie des Geldes [Teoria estatal do dinero ] (Knapp, 1905). Comenzó así a desaparecer la diferencia entre la economía neoclásica primordial, que todavía se basaba en una mercancía dinero , aunque «sin substancia», tal como todas las otras mercancías, y el puro nominalismo en teoría del dinero (cf. cap. 11). Todos los representantes más importantes de la economía neoclásica en el siglo XX, precisamente los ya mencionados neoliberales, seguirán esta línea y continuaran profundizando las determinaciones teóricas correspondientes.

 

El problema sufrió una dramática agudización práctica en las economías de guerra de la época de las guerras mundiales, mucho tempo antes de alcanzar su punto culminante en la reproducción capitalista «normal». Y, en este caso, no se trataba todavía de la anticipación de una plusvalía futura por parte de los capitales individuales que condujera directamente a una crisis del medio de fin-en-si del dinero ,pero si a una crisis del Estado, como señor de la guerra. En términos fundamentales, tampoco aquí parecía tratarse de nada nuevo, visto que el hecho de que el Estado contrajera créditos para financiar los costos de guerra y de armamento (no dejando de incluir diversas bancarrotas de Estados), al final, como demostramos, ya hizo parte de la historia de la constitución del capitalismo y acompañó al mismo en todos los estadios de su desarrollo. El Estado como deudor que, dadas las prerrogativas del poder y del monopolio de la violencia, aparentemente no puede ser llevado a razonar por la vía judicial, hizo sangrar a las poblaciones en todas esas ocasiones por medio de su bancarrota fáctica; pero en parte, los acreedores también fueron expropiados. En el inicio del siglo XX, con todo, la situación había cambiado de un modo fundamental y bajo dos aspectos.

 

Por un lado, el crédito contraído por el Estado y la reproducción capitalista de la sociedad ya no eran relativamente externos uno del otro, sino que estaban estrechamente co-orientados y mezclados. El Estado no podía, sin arriesgar problemas gravísimos para su propia continuidad, ceder, como antiguamente, la facilidad de sangrar a la reproducción de su población, que ya era toda ella capitalista, y tampoco podía pasar por las armas a sus acreedores, integrados en el sistema financiero altamente socializado, visto que ya hacia mucho que la valorización del capital se tornó en la base de su propio negocio y que la lógica sistémica del capital se autonomizó hasta hacer parte de él. Si y en la misma medida en que, más allá de sus ingresos fiscales habituales, mientras confiscó parte de los ingresos provenientes de la producción de plusvalía real (que ahora no podían ser demasiado elevadas como para parar esta última), recurrió al crédito, y así debía de someterse habitualmente a las mismas leyes sistémicas que los otros tomadores de crédito (capitales individuales y clientes particulares).

 

Mas, por otro lado, quedó a la vista a partir de 1914 que la guerra industrializada, con su aparato tecnificado y sus gigantescas batallas mecanizadas, minaba todas las posibilidades de financiación regular en poquísimo tiempo. También en la máquina de muerte, aunque fuese improductiva para el capitalismo en la verdadera acepción de la palabra, la relación c/v aumentaba enormemente, y era preciso estar a la altura del patrón de productividad en lo que respecta a la fuerza destructiva asesina para poder continuar a concurriendo en los campos de batalla. Los Estados solo podían escoger entre extinguir su propia vida social, dejar a la población morir de hambre y también reducir su propio capital en industria militar, o, en el plano del dinero , recurrir a medios hasta entonces impensables. En realidad, el resultado fue una mezcla catastrófica de las dos opciones.

 

Por consiguiente, los bancos emisores de los Estados se vieron forzados a suspender el patrón oro o la convertibilidad en oro de sus monedas y a quebrar todas las reglas hasta entonces en vigor para la emisión de papel-moneda y dinero escritural. El Estado no era capaz de financiar la guerra mundial industrializada ni sobre la base de sus recetas fiscales regulares, ni contrayendo créditos regulares en los mercados financieros (o sea, pidiendo capital monetario, a cambio del pago de intereses, que proviniesen de procesos reales de valorización anteriores bajo la forma de ahorros, reservas y fortunas pasivas). En vez de eso, obligó a sus bancos emisores a transferirle directamente sucedáneos de dinero adicionales creados a partir de la nada, con los cuales pagaba los enormes costos de las guerra y que, en seguida, circulaban como dinero a través de los ingresos de los procesos productivos correspondientes, de la utilización de las máquina de muerte, encargos administrativos, etc.

 

Como es del conocimiento general, la consecuencia fue la desvalorización del propio medio del dinero en brotes más o menos violentos y rápidos. La inflación y la hiperinflación después de la I Guerra Mundial, que evidentemente se hicieron sentir de un modo especialmente drástico en el caso de la derrotada Alemania, debilitaron la reproducción capitalista de forma duradera. Tal como ya señalamos con brevedad (en el capítulo 11), Marx todavía no conocía este fenómeno que, para él, era casi impensable. Ahora también comprendemos porque ocurría así. Es que la tendencia descrita por Marx, con la creciente composición orgánica del capital y la caída de la tasa de ganancia, solo décadas después de su muerte se repercutió cualitativamente sobre la forma del dinero y el sistema de crédito y, a esa misma altura histórica, aún no como consecuencia directa de las crisis de desvalorización general sino, en una primera fase, en la forma anticipada por el aumento específico de c/v en el improductivo complejo militar-industrial y en su movilización general.

 

Esta desvalorización del dinero fue algo completamente nuevo en términos cualitativos, visto que, desde el inicio de la industrialización y del desarrollo del capital «con base en sus propios fundamentos» (Marx) que la acompañó, en el no ocurrió ninguna desvalorización interna del medio dinero; por el contrario, existía la garantía institucional de su carácter substancial por la fijación metálica y, finalmente, por el establecimiento del patrón-oro y por la fundación de sistemas de bancos emisores del Estado que se basaban en él. La inflación desde el inicio del siglo XX tampoco puede ser comparada, quizás, a las primitivas «degradaciones de la moneda» llevadas a cabo por los príncipes de los principios de la Modernidad o la desvalorización de las primeras emisiones de papel-moneda (todavía por parte de bancos particulares), tratándose ahora de una desvalorización del dinero que alcanzaba la reproducción global de una sociedad toda ella permeada por el capitalismo, de base industrial y en el ámbito de una expansión histórica general del crédito.

 

La crisis económica mundial de 1929-33 tampoco se debió todavía a la autodesvalorización interna del capital en un frente alargado y bajo todas sus formas, aunque si fue inscrita en la memoria colectiva como el choque del capital hasta entonces más profundo y de mayor alcance. Por un lado, se trataba todavía de una crisis estructural pasajera en transición hacia la expansión fordista, todavía no madura, con el correspondiente aumento de la masa de plusvalía absoluta, que solo después de la II Guerra Mundial alcanzó su plena expresión. Por otro lado, la gran crisis del período de entreguerras fue reforzada por las consecuencias de la guerra todavía no digeridas, incluyendo la degradación inflacionaria del sistema monetario. Después de la guerra, varios países comenzaron a intentar reconstituir el patrón-oro. Pero estas tentativas fracasaron pasado poco tiempo, y no solo porque la II Guerra Mundial aún superó de largo a la primera en lo tocante a la utilización de los medios tecnológicos y al gasto de material. La cientificización de la producción ya se reproducía cuando bajo la forma de la cientificización de la máquina de muerte condujo a una nueva avalancha de costos — un proceso que, por lo demás, todavía hoy no ha llegado a su fin.

 

Pero eso fue tan solo el segundo round del asesinato industrial de masas perpetrado a escala global que produjo brotes más o menos fuertes de inflación y desvalorizaciones o reformas monetarias con perdida total de las antiguas unidades monetarias (males ocurridos de una forma especialmente drástica en la derrotada Alemania). Sobre todo, el potencial inflacionario de la financiación, a través del recurso a la impresión de notas de banco o al crédito, del complejo militar-industrial cientificado y de la conducción de las guerras, que implicaba un gasto de material correspondientemente intenso, se entrecruzaba con la expansión general del recurso al crédito en el caso de los capitales individuales y particulares, sin que eso fuese reflejado adecuadamente por una teoría del dinero y del crédito. Tornábase manifiesto que también la prolongación creciente de las cadenas de crédito y el recurso cada vez más temprano a una producción de plusvalía futura que no pasaba todavía de virtual, más allá de los costos de la guerra, desestabilizaban el sistema monetario mundial, hacían el regreso al patrón-oro completamente ilusorio y contenían en si un potencial inflacionario. Cuando, en el inicio de los años 70 del siglo pasado, fue denunciada la última convertibilidad en oro, ya de sí atenuada y apenas válida para portadores estatales y institucionales — la del dólar —, estaban ya subvertidos, en el fondo, los cimientos del medio del fin-en-si capitalista.

 

Mas eso de ningún modo fue encarado así; el potencial de crisis de este proceso y su remisión hacia una tendencia hacia la autodesvalorización total del capitalismo fueron, en larga medida, ignorados. A través de su parrilla de percepción positivista, la ciencia y el sentido común solo podían y querían apercibirse de un «hecho» monetario que, por alguna razón, estaba ahora alterado; el dinero parecía haberse simplemente desprendido de su substancia y (considerada superficialmente) base metálica para, de ahí en adelante, continuar funcionando alegremente más allá de cualquier cobertura en oro. Y así ocurría realmente. Tanto mejor para la expansión del crédito y para el capitalismo, liberado de incómodas inhibiciones en cuanto a su materia monetaria. Las antiguas teorías del dinero, evidentemente incluyendo sobre todo la de Marx, no habían sido más que un error «substancialista». Una tal percepción muestra como la consciencia afirmativa está inclinada, en virtud de su modo de pensar positivista, a reinterpretar, hasta la prueba practica de lo contrario (y más allá de ella), a todos los fenómenos que apuntan hacia la proximidad del limite interno absoluto, como otras tantas alteraciones positivas y auto-sustentadas del capitalismo. El presupuesto de todo esto es que ni siquiera existe una ley interna objetivada del capital mientras la relación de fetiche, se trata solamente de una resultante de luchas entre interpretaciones y relaciones de fuerzas subjetivas.

 

Semejante percepción ignorante solo era posible porque y mientras la desvalorización del dinero (en analogía con la caída de la tasa de ganancia) todavía se procesaba como un desarrollo astuto que, sin embargo, ya se presentaba algunas anomalías peligrosas. Independientemente del pretexto — que, de inicio, era meramente la economía de guerra, por detrás de la cual, con todo, acechaba un complejo causal de implicaciones más profundas —, en el inicio del siglo XX se puso en marcha el proceso de una enorme inflación secular que, aunque avanzando por brotes desiguales, nunca se detuvo por completo. Así, los especialistas en historia económica investigaban que, en los EUA, una determinada mezcla de productos típicos de uso doméstico y alimentarios podía ser obtenido por 100 dólares en el año 1790. En el año 1913, costaba 108 dólares, de modo que los precios se mantuvieron estables a lo largo de más de un siglo. En el año 2008, todavía, la misma mezcla de productos costaba 2422 dólares. Este ejemplo muestra a drástica ruptura cualitativa en el carácter de la materia monetaria capitalista. El proceso histórico de la desvalorización del dinero se hizo sentir siempre y de forma más o menos incisiva y decisiva en el día-a-dia y en los balances empíricos del capital; sin embargo, parecía que la inflación secular podía ser mantenida bajo control, aunque siempre fue considerada un peligro, sin que nadie hubiese comprendido el nexo interno.

 

Ya muy lejos de las economías de guerra específicas de la primera mitad del siglo XX, se hizo sentir a partir de los años 70 del siglo pasado (o sea, inmediatamente después de la denuncia del vínculo del dólar al patrón-oro) un brote inflacionario que, en diez años, condujo a tasas de desvalorización, a veces, de dos dígitos en los centros capitalistas y a una serie de hiperinflaciones en la periferia. En realidad, en el breve período de prosperidad fordista y a pesar del aumento de la masa de plusvalía real, la expansión inexorable del crédito proseguirá en larga escala, en la medida en que, con la segunda revolución industrial, no obstante la simultanea aplicación creciente de fuerza de trabajo, también continuó aumentando la parte alicuota relativa de capital material muerto. Cuando la expansión fordista se agotó y la aplicación de fuerza de trabajo adicional comenzó a estancarse, porque las inversiones de racionalización prevalecieron sobre las inversiones de ampliación, se acentuó también la escisión entre la producción de plusvalía futura anticipada y la que se conseguía realmente. Las cadenas de crédito se estiraban y los Estados agravaron el problema al intentar amortiguar la bajada de las tasas de crecimiento a la buena manera keynesiana, con el recurso a inversiones estatales y programas sociales financiados a crédito. Esta era ya la manifestación de la extensión de un programa inflacionario, originalmente solo del fuero de la economía de guerra, a la totalidad de la periclitante reproducción del capital.

 

Con el freno de mano tirado, por así decirlo, la caja automática de la inflación solo funcionaba porque los bancos emisores no incentivaban directamente la coyuntura económica con dinero creado a partir de la nada, sino, indirectamente, a través del mecanismo de control del crédito (especialmente del crédito público); o sea, con la ficción de que se trataba de dinero proveniente de procesos de valorización real pasados y que estaba temporalmente desocupado en términos capitalistas. En realidad, con todo, la creación de dinero sin fundamento substancial de los bancos emisores ya se desacoplaba estructuralmente de la creación de valor real. Donde estaban desactivados los mecanismos de control (como, por ejemplo, en América Latina) y los bancos emisores se comportaban como en la economía de guerra en que todo comenzaba, también volvieron a ocurrir hiperinflaciones, con la consecuencia de la degradación económica.

 

El brote inflacionario, que se prolongó hasta muy dentro de los años 1980s, se convirtió como es de conocimiento general, en el pretexto para hacer la llamada revolución neoliberal en política económica y monetaria. Menospreciando por completo el verdadero nexo causal debido a la alteración de la reproducción del propio capital, la percepción superficial de la ciencia económica, de la gestión de empresas, de la política y de los media, en un consenso global y transversal a los partidos, atribuía la amenazadora desvalorización del dinero únicamente a la expansión de las actividades del Estado y a la respectiva financiación con recurso al crédito, aunque esta fuese solo una consecuencia de los problemas más profundos de la valorización. De este modo, no volvió a ser puesta en marcha la creación de valor adicional que faltaba, pero el problema de los crecientes costos previos y de una insuficiente producción subsecuente de masa de plusvalía real fue desplazado desde el crédito contraído por el Estado hacia los mercados financieros.

 

La desregulación de los mercados no movilizó , en primera línea, fuerza de trabajo adicional — en todo caso, no sobre una base regular en términos capitalistas —, pero abrió las compuertas a un proceso de endeudamiento global y en todos los planos, sin precedente histórico y ya sin la traba del patrón-oro, y a una arquitectura de burbujas financieras montada sobre este proceso e igualmente sin precedentes. El hecho de este proceso, después del desmontaje de todos los sistemas de salvaguarda pre-existentes y al contrario de fenómenos anteriores, de índole semejante, ocurridos dentro de estrechas balizas temporales, y tras ser capaz de arrastrarse a lo largo de dos décadas fue, con la habitual ingenuidad del optimismo económico profesional y hasta con insolencia, declarando el inicio de una nueva era en la que las leyes económicas que se aplicaban hasta entones habían pura y simplemente dejado de ser válidas. Desde esa altura la economía, siempre ciega a la esencia de su objeto, ya no se tomaba en serio a sí misma – esto era una señal de alarma que, sin embargo, no parece interesar seriamente a nadie.

 

En realidad, en la era neoliberal del endeudamiento y de las burbujas financieras, el abismo entre la producción real y la producción ficticiamente anticipada de plusvalía se abrió a dimensiones, para decirlo bien, grotescas. Las cadenas de crédito se prolongaron como tenias, las sobreposiciones de derivados se tornaron cada vez menos transparentes. El gasto del futuro practicado por el capitalismo asumió dimensiones completamente ilusorias. Hasta un bebé podría haber percibido que el nexo entre la reproducción real y la imaginaria futura creación de valor tenían que quebrarse en la misma medida en que la verdadera valorización en secuencia temporal real se tornaba demasiado anémica para poder continuar honrando la masa de crédito acumulada a nivel global, como una letra de futuro de un orden de grandeza astronómica, con el recurso siempre a nuevas reestructuraciones y constituciones de burbujas. En la base del capital, la relación C/V aumentara enormemente, de nuevo, al paso que la cantidad de trabajo productivo en la perspectiva del capital disminuía y, al mismo tiempo, los costos previos, que simultáneamente habían sufrido un aumento igualmente enorme, solo podían ser financiados mediante un recurso cada vez más anticipado a la producción futura de plusvalía; y, más allá de ello, también la búsqueda de mercancías de la producción financiada a crédito tenía ella misma que ser financiada a crédito, y ello solo a través del Estado.

 

El abismo existente entre la plusvalía anticipada y la que realmente se producía se tornaba insuperable, lo que también se veía en el hecho de que la necesidad de crédito solo podía ser alimentada a partir de las reservas, depósitos y ahorros reales resultantes de las producción pasada de plusvalía, pero solo en base a burbujas financieras como las que eran infladas con el aumento ficticio del valor de meros títulos de propiedad en los mercados financieros. Como este proceso, al contrario de lo que acontecía en el pasado, podía ser dilatado muy mucho en el tempo, primero por el corte del vínculo con el patrón-oro y, en seguida, por la desregulación neoliberal de los mercados financieros, el pensamiento positivista ( sobretodo de la izquierda) se convenció seriamente de que el capitalismo, en su movimiento de acumulación supuestamente perpetuo, pasaba ahora a ser simplemente «impelido por la finanza», independientemente de lo que eso pretendiera significar (ya hacia mucho que el nexo interno real del raciocinio se tenía perdido, si es que alguna vez existió).

 

Este artificio, sin precedente histórico, de una economía puramente de déficit, asentado en la base ficticia de un ilusorio consumo del futuro, hasta parecía conseguir reencarnar de forma real, a ciertas alturas, el tirar de si mismo por su propio cabello, como el Barón de Münchausen, para sacarse del pantano de la falta de aplicación de fuerza de trabajo, en la medida en que, con base en la anticipación de beneficios y ganancias futuras que ya ni siquiera ocurrían a continuación, eran movilizados recursos reales — entre los cuales, nuevamente, estaba la fuerza de trabajo. O sea, por un lado se movilizaba fuerza de trabajo al menos para la reproducción real, acrecentada para satisfaces al sistema de crédito hinchado pero, por otro lado, en el ámbito de este dilema, se movilizaba todavía demasiada — y de largo — fuerza de trabajo para asegurar la sostenibilidad real de la valorización real precedente. Es que el consumo de una imaginaria substancia del valor futura sugería también una substancia del valor pasada que ni siquiera fue producida. En otras palabras: era (y es) aplicada fuerza de trabajo que todavía excedía de largo a las verdaderas relaciones de valor, sobre una base ya irreal, y así, independientemente de las evidentes burbujas de la deuda y financieras, se producía una plusvalía aparentemente real que, en absoluto, lo es.

 

El absurdo aquí esbozado en trazos largos se representa, en términos categoriales, como una ilusión difícil de discernir y, la superficie, como un nexo complejo profundamente escalonado, pero es relativamente sencillo en lo que respecta a su engañadora lógica. Lo que se pasa es que, simplemente, en la reproducción ampliada del capital, aparentemente infinita, o en su ciclo de metamorfosis de las formas del valor que soporta la acumulación, se abre un hiato que es temporalmente colmado por un valor imaginario y sin substancia, y luego de dos maneras: La falta de demanda es sustituida por el crédito en un orden de grandeza que ya no puede ser honrada; pero como este valor, realizado en apariencia, no es suficiente para pagar los costos previos del siguiente round productivo (recurso a máquinas, fuerza de trabajo, etc), también este tiene que ser sustituido por el crédito en un orden de magnitud que igualmente ya no puede ser honrado. Aunque, en una perspectiva superficial, el ciclo del capital prosiga a pesar de algunas fricciones, se abre un gigantesco agujero negro entre el pasado y el futuro de la formación de substancia del valor.

 

El elemento ilusorio en la economía interna de muchos países puede ser ilustrado en base a la ya bien conocida burbuja inmobiliaria. Del aumento de los precios de los títulos de propiedad, sin substancia pero cada vez más hinchados, nace un boom de la construcción civil que comienza por parecer real, una aldea de Potemkin hecha de «actos económicos sólidos» que, con todo el placer, es llevada en serio tanto por el positivismo científico estupidificado como por el sentido común igualmente estupidificado de todos los chicos-expertos — y, evidentemente, tanto más por el entendimiento marxista estupidificado, que se dice a sí mismo, tal como sus hermanos burgueses en lo malo: ¿entonces no se ponen allí en movimiento poderosos medios reales, entre materiales de construcción, capacidad de transporte, máquinas de construcción? ¿y no se moviliza una masa de efectivos de la fuerza de trabajo que se matan a trabajar como siempre lo hacían, para ser explotados hasta el tuétano? ¿y dicen que esto no es producción de plusvalía real? Solo los lunáticos y esos teóricos alejados del mundo real, como son los representantes de la teoría radical de las crisis, pueden afirmar tales disparates…

 

Lo que los ultra-realistas teóricos de todos los colores no ven (ni quieren ver) es el otro hecho — realmente, primeramente visible en la superficie — de que todo este ocupado festival laboral se tiene que revelar como fundamentalmente nulo, por partir de presupuestos errados. Quien tiene dinero (valor) para los costos de producción puede, de hecho, producir, y quien no tiene dinero (valor) para la demanda no puede, de hecho, consumir. Si el poder de compra correspondiente a los dos lados fue pretendidamente financiado por créditos que ya ni pueden ser honrados ni sostenidos por burbujas financieras, el juego de sombras tiene que deshacerse. En ese caso, aunque las ruinas más o menos hediondas de las inversiones queden estacionadas en pasaje como si fueran artefactos reales «naturales», se llega a la conclusión de que ningún valor o plusvalía terminó por ser producido, independientemente de saber quién tendrá que pagar después las consecuencias del desastre. La supuestamente alegre producción de ganancias, con todos los atributos del aumento relativo y absoluto de las plusvalía, se disipa en un grandioso estruendo de desvalorización; como actualmente ocurre en España, la coyuntura aparentemente alta, soportada por la burbuja inmobiliaria, da lugar, bruscamente y sin transición, a una recesión profunda con un desempleo de masas en evolución galopante, lo que no podría haber ocurrido si se hubiese tratado de una producción de plusvalía real.

 

En términos específicos, con todo, la burbuja inmobiliaria no es más, al final, que un aspecto de una problemática mucho más vasta y general que es la de la economía capitalista del déficit global, tal como ella se formó a partir del dilema constituido por la creación insuficiente de substancia del valor, por el aumento histórico de los costos previos y por la reducción de la demanda regular.

 

Lo que se manifestó en el plano de la economía interna como el nexo entre la burbuja inmobiliaria y la actividad de la construcción civil se presenta en el mercado mundial bajo la forma de circuitos transnacionales de déficit entre diversos países y regiones del globo. Sin poder tratar aquí este plano de forma pormenorizada (esa tarea debe ser reservada a un análisis específico del movimiento del mercado mundial desde la II Guerra Mundial), se puede decir que se trata sobretodo del circuito de déficit del Pacífico entre Asia (sobretodo a China) y los EUA, así como del circuito del déficit europeo entre la RFA y el resto de la UE, o mejor, de la zona euro. En ambos los casos, los notorios «desequilibrios», que se burlan de todos los manuales y fueron acumulados durante largos períodos de tiempo, incluyen un financiamiento por el déficit del consumo, por un lado, y de la producción, por otro, que acaba por no poder ser honrado y se repercute en flujos unilaterales de exportaciones e importaciones. Aquí, el hecho digno del Barón de Münchausen consiste en el acto de algunos de financiar a su producción excedentaria con las deudas de los otros que, al mismo tiempo, compran, por su lado, los productos de la otra parte con recurso a ese mismo endeudamiento. Se financian mutuamente sin, en realidad, ni unos ni otros tener un céntimo real. Evidentemente, esto solo funciona mientras el dinero escritural destituido de substancia de valor, bajo la forma de títulos de deuda, no sea reclamado bajo la forma de un medio de almacenamiento de valor.

 

Tal como la burbuja inmobiliaria generó una producción de plusvalía aparentemente real en la industria de la construcción civil, los circuitos del déficit generaron una producción de plusvalía aparentemente real en las industrias exportadoras de los países excedentarios. Y, una vez más, el pensamiento positivista se tomó en serio esta megailusión. Todo el discurso sobre la ascensión de los llamados países emergentes o sobre China como supuesta nueva potencia mundial, el «siglo del Pacífico», etc, se debe únicamente a este error de una percepción tan deficiente como su objeto. Tal como la movilización de fuerza de trabajo en las industrias de la construcción civil, por ejemplo, de los EUA, España y otros países, alimentada por agujeros negros de no-valor, se agotó en la desvalorización repentina de esta misma fuerza de trabajo, de sus medios de producción y también de sus productos, así la misma desvalorización va inevitablemente a atormentar a los enormes sectores exportadores de los países excedentarios.

 

Si ya el crédito keynesiano contraído por el Estado se cubría de vergüenza, mucho menos la prosperidad postiza neoliberal, alimentada por burbujas de la deuda y financieras transnacionales, podía hacer una figura buena. En el fondo, el programa neoliberal de la desregulación resultaba en un keynesianismo de los mercados financieros de dimensión global, en la medida en que el mismo consumo capitalista futuro se deslocalizaba ahora simplemente, en una orden de magnitud potenciada, desde Estado hacia la financiación con base en créditos y burbujas de los capitales individuales y también de los consumidores. Lo que ocurre es que es más o menos como si una oficina transnacional de falsarios hubiese distribuido una masa gigantesca de notas falsas a los sujetos económicos en todo el globo que, en seguida, en el patrón de productividad alcanzado que, en realidad, ya no lo permitía, comenzaran a producir y a consumir desalmadamente, como si en ello fuera el mañana — lo que, para este tipo de vida, no deja de ser verdad.

 

La avalancha desvalorizadora desde el Otoño de 2008 ya no fue solamente una advertencia seria para la economía del déficit, sino el principio de su fin y, con eso, la señal de que se ha alcanzado el limite interno absoluto del capital. Si la precipitación de esta avalancha ha podido ser temporalmente estancada, ello solo fue posible al precio de un regreso a la economía del déficit de Estado que, algunas décadas antes, ya fracasara una vez — con la única diferencia de que la dimensión del problema es, ahora, muchas veces mayor. La crisis de la deuda soberana, – ya no solo en la periferia, sino también en los centros capitalistas, y en los EUA es, actualmente, sobretodo en la UE, o mejor, en la zona euro -, demuestra que todo el sistema monetario mundial está presto a desmoronarse. En realidad, los bancos centrales emisores, en los años de crisis que siguieron a la quiebra de Lehman Brothers, tiraron por la borda todas sus inhibiciones. Inundan la economía de dinero destituido de substancia y reciben a cambio certificados de desechos a título de «garantía»; compran macizamente títulos de deuda del Estado sin ya darse el trabajo de hacer un desvío a través del sistema bancario y de los inversores privados, así tornando el terraplén final hacia créditos putrefactos en el valor de muchos billones de unidades monetarias. Los paquetes de salvamento y programas de relanzamiento económico puestos en funcionamiento con la ayuda de los bancos emisores ya alcanzaron y sobrepasaron en orden de magnitud a los de las economías de guerra.

 

Tan pronto vencen las garantías que, hasta la fecha, todavía se confinan al papel en que se encuentran escritas y tan pronto los bancos emisores, con sus emisiones, más allá de la supuesta salvación de los mercados financieros y de la recaudación de los créditos podridos, financian de forma directa la producción y la demanda a partir de la nada (lo que ya ha comenzado), en ello solo va proseguir la desvalorización temporalmente congelada de todos los componentes del capital, pero también la desvalorización del medio de fin-en-si del dinero va asumir una cualidad completamente nueva. Ya el keynesianismo de los mercados financieros tenía acumulado un potencial inflacionario que comenzó a hacerse manifiesto en 2008, pero a esto se superpone, por ahora, el choque de la desvalorización del capital monetario. Ahora, de forma clásica, es nuevamente el Estado el que se apresta a completar la inflación secular. En la economía globalizada, la inflación del respectivo medio monetario también puede ocurrir — o agudizarse — por la caída abrupta del valor externo de la moneda o por la desvalorización de las reservas de divisas de los países excedentarios (siendo China el caso más grave).

 

La tentativa de analizar con mayor detalle los pormenores de los procesos de desvalorización que se avecinan excede el ámbito de esta investigación; tal tentativa debe quedar reservada a un análisis a parte, teniendo que tener en cuenta que el horizonte de los acontecimientos en él se encuentra a gran distancia. Aquí, apenas se puede tratar de correlacionar el desarrollo secular, cuyos contornos esbozamos, y su previsible punto culminante con la disputa en torno a la teoría marxiana del dinero y del crédito, o mejor, de retirarnos a las consecuencias adecuadas de todo esto. Así, es cada vez más esclarecedor ver la forma como la ortodoxia reciente y la Nueva Lectura de Marx de cuño heinrichiano abordan el problema, y los instrumentos teóricos con que lo hacen.

 

Como ya demostramos, Michael Heinrich hace una revisión de la crítica de la economía política de Marx en el plano de la teoría del valor y del dinero que está perfectamente alineada con la teoría burguesa del dinero que da por el nombre de nominalista y es, en especial, compatible con la eliminación teórica de la mercancía dinero a partir de Georg Friedrich Knapp — que, en sus trazos fundamentales, también fue adaptada por la economía neoclásica tardía. De este modo, está ya lanzada la base «crítica» de la filología de Marx , con el fin de transformar la des-substanciación del capital y de su medio de fin-en-si que es el dinero, en una des-substanciación de la teoría de Marx, dando así cuenta del problema. La eliminación de la teoría de la tasa de ganancia, llevada a cabo en un segundo paso, barre definitivamente el acceso a la teoría del dinero y del crédito en términos de la teoría de la crisis que, más allá de Marx, debería ser desarrollada con base en el nexo interno entre el aumento c/v, la caída de la tasa de ganancia y la expansión del sistema de crédito.

 

En vez de eso, Heinrich intenta, en su Die Wisenschaft vom Wert y en numerosos y polémicos textos de circunstancias deshistorizar también el crédito y cimentarlo, en términos categoriales, como el «eterno retorno del mismo». Para ello, parte de la premisa de que cualquier referencia a una desproporción o a un creciente desfase en el proceso histórico del capital entre la producción de plusvalía real y su anticipación en el crédito seria idéntica a pasarnos al lado del «carácter monetario» del valor y de la valorización. Si, entretanto, el concepto de valor desaparece en el concepto del dinero, o sea, si la diferencia es nivelada, el problema ni siquiera puede, de hecho, existir. Esto es la forma característica de como Heinrich se desenreda en la disputa en torno de la teoría del crédito.

 

Antes todo, constata que el sistema de crédito no es «para Marx, un mero ingrediente de la producción capitalista, ninguna mera superestructura que se haga notar sobretodo como como un factor perturbador» ( Heinrich 2003, 299). ¿Y quién afirmó eso? El argumento aquí defendido es completamente diferente. Evidentemente, el crédito es una parte integrante del proceso de valorización, tal como Marx lo comprobó en el tercer volumen de El Capital. En el ámbito de la economía política, el hecho de no tratarse de un «mero ingrediente» o de un «factor perturbador» casi puede ser calificado como una trivialidad. La definición como «factor perturbador» (externo) proviene, ante todo, del campo enemigo de la crítica reductora y pequeño-burguesa del capitalismo a la moda de Proudhon o Silvio Gesell, que se fija únicamente en el capital que rinde intereses. Aunque elementos de eso también se encuentran ocasionalmente en la literatura marxista «popular», por lo menos el ala teórica del marxismo del movimiento obrero siempre se pronunció, en general, contra estas concepciones. Por el contrario, casi argumentaba sobre todo en una dirección opuesta, enfatizando de forma afirmativa el carácter socializador positivo del capital financiero que debería ser heredado por el Estado socialista (como, notoriamente, defiende Hilferding).

 

¿De qué sirve entonces el juego de engaños de Heinrich? Por lo visto, pretende obnubilar y distorsionar la argumentación aquí perfilada, que ni siquiera tiene nada que ver con esa concepción del crédito como «factor perturbador». Desde el inicio del siglo XX, el crédito expresa antes, en el plano del desarrollo de las fuerzas productivas, una contradicción interna de la reproducción capitalista y de su dinámica. En términos superficiales, se trata del potenciar del desfase, que ya de si se verifica con el dinero , entre compras y ventas, pero en un plano más elevado, visto que ahora son los costos previos y la producción de plusvalía real los que dejan de coincidir. El crédito, lejos de ser un «factor perturbador» externo, se torna, por el contrario, en la condición interna sine qua non del propio movimiento de valorización, y eso en una extensión creciente. En este proceso, tal como lo demostramos, el hecho temporal de la producción de plusvalía se deslocalizó desde el pasado hacia el futuro, hasta el punto en que el consumo futuro de valor ya no puede ser llevado a coincidir con la producción de plusvalía real del pasado y del presente. Este hiato que, por los motivos referidos, se va abriendo cada vez más en términos históricos, marca una nueva y adicional dimensión de la contradicción interna de la dinámica capitalista. Cuando Heinrich intenta reinterpretar la teoría alargada de la contradicción interna como una teoría de un «factor perturbador» externo, para no tenerse que enfrentar a la dimensión de la contradicción interna en el plano del dinero y del crédito, se trata de una transparente estrategia de negación.

 

Remite así, con alguna astucia, a los críticos keynesianos de Marx que recriminan a este último precisamente esa teoría del crédito (en el fondo, pequeño-burguesa) que designan como «factor perturbador» para, en seguida, replicar que eso no se aplicaba, al final, al propio Marx, mas si a determinados críticos radicales de la crisis que no deben ser tomados en serio: «Autores de orientación marxista que realzan en Marx sobre todo los aspectos no monetarios no dejan de concordar con esta teoría del crédito como factor perturbador. Para ellos, ya la prolongación de las relaciones de crédito es un síntoma de crisis (como, por ejemplo, en Kurz 1995)» (Heinrich 2003,299 s., nota al pié). El ensayo de 1995 aquí referido por Heinrich todavía no contiene la teoría desarrollada en los dos últimos capítulos, mas ya va en ese sentido. A lo largo de varios años, Heinrich no se cansó de repetir esta recriminación en diversos textos. Permanece secreta la razón que le lleva a considerar que poner en evidencia la dimensión de crisis del crédito debería equivaler a una enfatización de los «aspectos en el monetarios».

 

Remite así, con alguna astucia, a los críticos keynesianos de Marx que recriminan a este último precisamente esa teoría del crédito (en el fondo, pequeño-burguesa) que designan como «factor perturbador» para, en seguida, replicar que eso no se aplicaba, al final, al propio Marx, mas si a determinados críticos radicales de la crisis que no deben ser tomados en serio: «Autores de orientación marxista que realzan en Marx sobre todo los aspectos no monetarios no dejan de concordar con esta teoría del crédito como factor perturbador. Para ellos, ya la prolongación de las relaciones de crédito es un síntoma de crisis (como, por ejemplo, en Kurz 1995)» (Heinrich 2003,299 s., nota al pié). El ensayo de 1995 aquí referido por Heinrich todavía no contiene la teoría desarrollada en los dos últimos capítulos, mas ya va en ese sentido. A lo largo de varios años, Heinrich no se cansó de repetir esta recriminación en diversos textos. Permanece secreta la razón que le lleva a considerar que poner en evidencia la dimensión de crisis del crédito debería equivaler a una enfatización de los «aspectos en el monetarios».

 

Finalmente, Heinrich vuelve a confundir el movimiento meramente cíclico con la tendencia secular e irreversible del desarrollo que, para él, ni siquiera existe. Deja indeterminada la cuestión del ensanchamiento de las relaciones de crédito o, implícitamente, la organiza de forma errada. En el eterno subir-y-descender de los ciclos coyunturales (y Heinrich no conoce otra cosa), el recurso al crédito aumenta de forma puramente cíclica en cada período alcista para, en cada período de ablandamiento de la actividad económica, volver a reducirse en términos relativos. Evidentemente, este tipo de expansión y contracción del crédito no es, en si, un síntoma de crisis. En realidad, se trata de algo completamente diferente, principalmente de la expansión estructural y secular del crédito, mediada con la caída de la tasa de ganancia, que se sobrepone a esa modulación meramente cíclica. Para el pensamiento a-histórico y positivista de Heinrich, esto es un monstruo-de-siete-cabezas.

 

Así, no admira que Heinrich también caiga ciegamente en la cháchara del «siglo del Pacífico», de la ascensión de China, etc, queriendo ver apenas una deslocalización de la producción de plusvalía real, que supuestamente continua aumentando, de unas regiones del mundo hacia otras. Esta concepción constituye el plano de fondo de sus palabras, ya citadas, sobre el «lucro sin fin», visto que «el capitalismo todavía solo está comenzando» (cf. capítulo 15). Heinrich entrevé apenas la superficie del mercado mundial y los falsos «hechos» de la economía del déficit global, cuya relación de mediación, falla de substancia, se le escapa, porque se apresó a desenredarse de los instrumentos teóricos para ello necesarios. El carácter insostenible de la movilización secundaria de capital material y fuerza de trabajo sin una base de substancia del valor permanece, por eso, totalmente fuera de su percepción.

 

Toda la revisión de Marx hecha por Heinrich le lleva a declarar que cualquier autodesvalorización del capital debida a su propia dinámica interna y que va más alla de la simpática función de «ajuste» es una imposibilidad lógica y práctica, no solo en términos de la teoría del valor, sino también en lo que respecta a la teoría del dinero y del crédito. Hay que designar como un certificado de pobreza el hecho de que uno de los fenómenos económicos más poderosos del siglo XX, la inflación secular, ni siquiera es mencionado por Heinrich.

 

Aparentemente, atribuye la autodesvalorización a la historia de los acontecimientos exteriores, al revés de un tratamiento teórico, lo que deja por cuenta de los historiadores empíricos de la economía. De este modo, la consecuencia lógica y práctica de una supuesta «superación» de la mercancía dinero y de la convertibilidad en oro es totalmente dejada aparte para reinterpretar ese proceso como un indicio de la capacidad positiva de resolución de problemas y de estabilización del capitalismo: «La mercancía dinero demostró ser un obstáculo evitable para la reproducción capitalista. Como el sistema monetario ya no se encuentra hoy vinculado a una mercancía dinero, este obstáculo ya no existe. Sin mercancía dinero, el sistema bancario puede reaccionar a las crisis con mayor flexibilidad que antes» (Heinrich 2004, p. 161). Quod erat demonstrandum. Los dirigentes de los bancos emisores se alegraban con semejante estímulo, del que por lo demás no necesitaban, para perder todas las inhibiciones en política monetaria.

Aunque, como demostramos al inicio, se quedar atrás de la Nueva Lectura de Marx en algunos aspectos, la ortodoxia recente hasta conserva un momento de racionalidad, teniendo en cuenta los gruesos errores, sobretodo de Heinrich, en sus reinterpretaciones de la teoría del dinero y del crédito de Marx. Tal como referimos (en el capítulo 11), en la lectura neo-ortodoxa, la definición marxiana de una mercancía dinero real permanece incontestada: «Solo por el hecho de ser él mismo una cosa de valor y la objetivización de trabajo humano igual, el dinero puede servir a las restantes mercancías de espejo de su valor» (Rnolle-Grothusen 2009, p. 120). En este sentido se pretende que, aunque solo sea «en principio», «el oro todavía hoy es la mercancía dinero» (ibidem, p. 121). Sin embargo, y como antes, esta definición es truncada por el dogmatismo del individualismo metodológico en el sentido de suponerse que el dinero exprime, en lo esencial, el valor individual de las mercancías.

 

Pero no solo es esto, es que, tan pronto se trata de los problemas todavía no aprehendidos por Marx en el plano del dinero y del crédito, la argumentación se torna peculiarmente torpe en la medida en que, por lo menos implícitamente, deja abierta la cuestión de la objetividad de los desarrollos históricos. Esto se aplica sobretodo a la inflación secular, que no figura todavía en Marx. Sobre la contradicción entre la substancia del valor de la mercancía dinero sus funciones pasibles de ejecución sin substancia, dice que «solo se manifiesta en el papel-moneda si este es colocado en circulación en una cantidad excesiva respecto a la mercancía dinero teóricamente necesaria para la mediación de la circulación» (Knolle-Grothusen, ibidem, p. 128, nota a pié página). Esto no deja de ser cierto, pero no pasa de una mera constatación que no explica el motivo de este fenómeno. ¿Será que se trata de un proceso objetivo en el plano categorial o de meros actos fallidos subjetivos?

 

Nos encontramos con la misma pálida determinación, apenas definitoria, en lo que respecta al crédito: «El sistema de crédito libera las pretensiones a cuota-partes de riqueza social de su limitación por la masa de la mercancía dinero existente en la sociedad, convirtiéndolas en pretensiones a dinero futuro (…) pero, como en cualquier proceso de autonomización que se base en la unidad contradictoria de la mercancía como valor de uso y valor, esta autonomización es relativa. Llega siempre el día del pago» (ibidem, p. 187, realce de Knolle-Grothusen). ¿En serio? Igual que los cerebros de los mercados financieros y los pequeños consumistas pos-modernos, nunca habríamos conseguido llegar a esa conclusión. Pero el hecho de que del día del pago llega y la contradicción se torna manifiesta todavía no explica el nexo causal. ¿Qué significa esa «pretensión de dinero futuro»? ¿Será que la «autonomización» del crédito respecto a la producción de valor real es una ocurrencia meramente subjetiva o aleatoria, que hace parte de los movimientos cíclicos habituales, que se limita al plano «de la circulación» y no tiene nada que ver con la producción de plusvalía? ¿o se trata de una dinámica que se encuentra en crecimiento en términos históricos y que, por tanto, debería ser explicada de un modo mucho más fundamental?

 

A pesar de la contradicción «definitoria» relativa a las determinaciones de Marx (por un lado, como dogma; por otro, como revisión), se detecta, en un análisis más atento, una determinada concordancia entre la Nueva Lectura de Marx y la Ortodoxia Reciente respecto a la teoría del dinero y del crédito: en ambos casos, la dinámica histórica interna brilla por su ausencia. El desfase entre el plano empírico y el plano conceptual hace que, en esta elaboración teórica reductora y positivista, este último se cristalice de una forma a-histórica, al paso que la historicidad apenas se manifiesta de forma empírica y, por tanto, como una historia hecha de acontecimientos exteriores sin mayor importancia, de meras «situaciones transitorias». Es por esto que la teoría del dinero y del crédito permanece tan superficial como la teoría de la crisis, y no mediada sistemáticamente con esta. De este modo, no puede ser establecida ninguna relación entre el aumento histórico de la composición del capital c/v, la caída tendencial de la tasa de ganancia, la expansión histórica del crédito y la inflación secular. En lugar de esto, así se vive, en términos teóricos, la exacta semejanza de los colegas de la economía política, en un mundo económico modélico solo provisto de una nomenclatura marxológica que se cristalizó categorialmente en «definiciones» y deslocaliza el desarrollo, o mejor, a la dinámica, hacia una «acción» determinada de forma subjetiva.

 

Cuán grande es, por lo demás, en esta y en otras cuestiones, la coerción en el sentido de un consenso y la presión institucional del mundo científico es algo que Stephan Krüger deja transparentar en la antología aquí citada de representantes de la ortodoxia reciente sobre la teoría del dinero, cuando lamenta que, «(…) hoy en día, casi nos exponemos a la recriminación de un apego a concepciones curiosas cuando emprendemos la tentativa de investigar una relación económicamente relevante entre las diversas monedas y una mercancía dinero que es el oro» (Krüger 2009, p. 218). Al final, muchas crisis financieras y monetarias habrían sido ya, de hecho, «dominadas sin ningún recurso al oro como mercancía dinero (…) Parece ya que no se puede contradecir seriamente, entretanto, el diagnóstico de una desmonetarización completa del oro» (ibidem).

 

En vez de proceder a una contraprueba entre la crisis y la crítica categorial, Krüger (aquí a semejanza de Heinrich) pretende tener en cuenta los «hechos» del superficial contexto de ofuscamiento capitalista para conseguir insinuarse en el discurso «serio» de las corporación académica. Por tanto, quiere formular la «hipótesis de partida» de que «los hechos registrados como desmonetarización tal vez sean, al final, meras formas de manifestación de una idealización muy adelantada de esta mercancía dinero en verdadera circulación cuyo rastro se encuentra a través de un desarrollo ulterior de las categorías de Marx, sin tener que declarar inválidas a las definiciones generales de la mercancía, del valor y del dinero» (Krüger, ibidem, p. 219). La desmonetarización del oro no es, por tanto, explicada de ninguna forma, sobre la base de la dinámica histórica del capital, como un momento de un proceso de crisis y desvalorizaciones sucesivas, sino como hecho positivo de una «idealización adelantada» de la mercancía dinero. La crítica de la economía política no debe ser desarrollada en un sentido radicalmente opuesto sino, por el contrario, como una adaptación categorial a esta «idealización», sin, sin embargo, abrir la mano de las determinaciones fundamentales de Marx (quizá en el sentido de los discursos teóricos de circunstancia destinados a la autolegitimación).

 

Siendo así, ya el inicio de la inflación secular en las economías de guerra tiene que ser interpretado de una forma que la desdramatice. Krüger dice, es cierto, que «en el contexto de la financiación del esfuerzo de guerra», el patrón-oro de las divisas «tiene que ser enteramente suprimido» (ibidem, p. 227). Pero la consecuencia es negada o escamoteada: «Las hiperinflaciones así espoleadas en determinados países, empero, no fueron causadas por la suspensión del vínculo al patrón-oro, sino por la creación de simples signos de valor bajo la forma de papel-moneda estatal, en el ámbito de la concesión directa de créditos de la instancia emisora de moneda al Estado» (ibidem). Ya en términos lingüísticos, el enunciado es un error lógico. Si decimos que, para el financiamiento del esfuerzo de guerra, el patrón-oro tiene que ser enteramente suprimido y «así» son espoleadas hiperinflacciones, pero estas, por otro lado, «no» habrían sido causadas por la suspensión del patrón-oro, este enunciado es una contradicción en si mismo en lo que respecta a la causalidad. En términos objetivos, se trata del mismo acto fallido, visto que el desistimiento del vínculo al patrón-oro fue, de hecho, un presupuesto para que las instancias emisoras de moneda pudiesen proceder a esa concesión directa de créditos al Estado bajo la forma de simples signos de valor, como papel-moneda estatal. Reducir este nexo a una oposición entre «no» y «pero» significa, precisamente, volver a negarlo.

 

¿A dónde quiere llegar Krüger? Por lo visto pretende, por así decirlo, escindir el corte del vínculo al oro en una imposibilidad fundamental (para la consciencia teórica), por un lado, y en una forma de desarrollo aún así real, que puede ser manejada en la práctica (para el realismo político-económico), por el otro. Krüger constata así que el oro, en contradicción con su oficial desmonetarización total, habría continuado teniendo un papel que desempeñar como «reserva monetaria nacional» (ibidem, p. 231) en los bancos emisores más importantes. Estos tesoros en oro de los bancos emisores no estarían, sin embargo, «en ninguna relación activa con el dinero del banco central en circulación», pero desempeñarían «apenas la función de ultima ratio en el caso de un pasaje inadvertido del sistema de crédito hacia el sistema monetario» (ibidem), al que se deberían las «inestabilidades estructurales de los mercados financieros» (ibidem) del capitalismo en tanto tal.

 

La inflación secular es, así, puesta a un lado, y el inherente potencial de crisis de un proceso de desvalorización general se reduce, supuestamente, a una «posibilidad» abstracta y a-histórica (pasaje inadvertido del sistema de crédito hacia el sistema monetario), cuya realización se espera que sea impedida por Dios o por la política monetaria. Por tanto, junto al oro como mercancía dinero, Krüger destierra toda la base de la crítica marxiana de la economía política hacia un dogma irreal y destituido de relevancia práctica, principalmente, hacia el plano de fondo de una ultima ratio a que nunca se ha de recurrir, para después poder respirar a fondo e inclinarse sobre el «idealismo» práctico, mucho más del gusto de los realistas, de la «verdadera circulación».

 

El teórico «marxista» pseudo-ortodoxo se convierte así, al cabo de pocas páginas de su tratado, en un político monetario consciente de su responsabilidad. El oro como mera ultima ratio, que ya no se relaciona en forma alguna con las emisiones reales de los bancos emisores, constituirá ya apenas el plano de fondo pasivo de un «sistema monetario representativo inconvertíble» (ibidem, p. 255). Puede, por tanto, ponerse a dormitar en las casas-fuertes como un ansiolítico para la consciencia teórica marxista o para el sueño descansado de los inversores pero, en términos prácticos, nadie debería poder reclamarlo como medio sólido de almacenamiento de valor, ni personas privadas, ni instituciones o Estados. Estaría así operando el milagro de una convertibilidad inconvertible o de un idealismo material. Medidas correspondientes posibilitarían «una constante dislocación de las relaciones de representación entre el oro y el dinero representativo, que generaran efectos muy saludables» (ibidem, p. 255). Lo mejor será que la cantidad real de oro siga siendo un secreto de Estado, para que la irreal «relación de representación» pueda ser «dislocada» a voluntad: « mientras una inflación semejante de una divisa representativa permite a la mercancía dinero no quedar fuera de control» (ibidem), así dice el representante de una «consciencia infeliz» de la ortodoxia marxista reciente, que ahora habla claramente en la jerga de la teoría burguesa del dinero y de los dirigentes de los bancos emisores, de un «encarecimiento moderado de los precios de mercado» (ibidem) bien podría ser aceite.

 

Si Kruger, algunas paginas antes, habla de un desarrollado ulterior de las categorías de Marx cuando, en realidad, apenas quería cumplir el deber de venerar todavía un poco más a sus reliquias, quedamos ahora esperando a saber el qué. En realidad, es «más importante», más concretamente, «un debate en torno al desarrollo de las reflexiones formuladas hace ya más de 65 años por Keynes sobre la constitución (!) de un sistema monetario internacional que reduzca el peligro de desarrollos de crisis y tendencialmente lo excluya» (ibidem, p. 259) y que debería ser «organizado de una forma políticamente manejable» (ibidem). Kruger se refiere aquí a la propuesta de una moneda internacional (la ilusión de un dinero mundial inmediato que no fuese el oro) llamada «bancor» como unidad de cuenta para los saldos acreedores y a las deudas de los participantes en el mercado mundial. Al oro ya apenas le debía caber, en este contexto, un papel puramente simbólico, principalmente como función culta de contraste del valor «a través de la denominación del bancor» (ibidem) y como fundamento ficticio de un idealismo general del dinero. O sea, el bancor debía incluir la ya referida y absurda «one way convertibility» (convertibilidad en un solo sentido), a saber, bajo la forma de un depósito de oro a titulo de cuota por parte de los países-miembros, pero excluyendo cualquier posibilidad de reembolso o simplemente de rescate.

 

Naturalmente, el presupuesto para ello sería, en primer lugar, que no existiese substancia real del valor y, en segundo lugar, que no existiese crisis de desvalorización. Si Kruger afirma que «ya un regreso al plano de Keynes de una unión internacional de compensación (seria) radical y revolucionario» (ibidem, p. 261), con eso solo se compruebe que el mismo no es ni mínimamente «radical y revolucionario», sino solo un autodenominado «médico de cabecera del capitalismo» más, sin licenciatura. En general, parece ser este el destino de toda la ortodoxia marxista, y no menos de la reciente que de la antigua. La palabrota de la «configuración» de la funesta marcha del capitalismo ya dice todo sobre él. Abrir la mano de la verdad teórica para poder dar una contribución práctica al charlatanismo vigente en política monetaria parece ser la última palabra también de la ortodoxia reciente pos-modernizada, y no solo en lo que respecta a la teoría del dinero y del crédito.

 

Tanto la negación, por parte de Heinrich, del proceso de desvalorización en el plano de la mercancía dinero (que, para él, ni siquiera existe), como el placebo de Kruger para su supuesta dominación ya están revelándose como empíricamente refutados delante de nuestros ojos. Contra todos los anuncios y toda la política oficial, el oro, en su calidad de medio de almacenamiento de valor, fue, de hecho, remonetarizado. La explosión sin precedentes históricos del precio del oro, que es negociado como una materia-prima y no es convertible en ninguna divisa como dinero real, no puede de ningún modo ser explicada por la búsqueda de su cualidad de valor de uso material, sino solo por su calidad de dinero o, más concretamente, de su valor de uso social abstracto de expresión del valor de todas las otras mercancías — a saber, en forma substancial, que acaba por ser la única válida. De forma indirecta, ya todos los bancos emisores lo reconocen por el hecho de haber parado la venta de sus reservas de oro, pasando a, sin decir que lo hacían y con secreto, volver a acumular nuevas reservas. La remonetarización fáctica y no-oficial significa que todas las divisas sin mercancía dinero real, sin excepción, sufrirán una perdida drástica de valor cara al oro como mercancía dinero de facto. Esta desvalorización relativa de cara al oro es la manifestación de una desvalorización absoluta del dinero destituido de substancia en nuevos brotes inflacionarios, del que ese proceso venía a desarrollarse de una forma tan desigual como la desvalorización de los componentes no monetarios del capital.

 

Mas, evidentemente, no podemos olvidar que esta remonetarización fáctica del oro no constituye, quizá, la corrección de un error de la política monetaria que pueda conducir de vuelta al antiguo patrón-oro (como, en su desamparo teórico, pregonan algunos economistas), sino una forma de manifestación del límite interno absoluto del «modo de producción basado en el valor» ( Marx ) como tal. Y es solo de una forma muy aislada que el oro es remonetarizado como medio real de almacenamiento de valor; en esta particularidad, apenas puede «mantener el valor como valor» para los sujetos del mercado individuales, mientras se deshace en humo para los dueños del papel-moneda o del dinero escritural. Todavía, en todas las otras funciones del dinero , esenciales para la verdadera reproducción capitalista, el oro simplemente no puede ser remonetarizado. El regreso a la convertibilidad universal en oro es ilusorio, visto que las masas de dinero ya hace mucho que se encuentran desubstanciadas, principalmente, como resultado de la inflación secular que fue, al final, lo que obligó al abandono de la convertibilidad en oro.

 

Tendríamos que regresar al nivel de precios anterior a la I Guerra Mundial para poder regresar al patrón-oro. Pero eso es imposible, hasta porque esos precios pre-inflacionarios tendrían que ser distribuidos por una masa de mercancías de tal modo gigantesca que un precio en la forma de dinero en cuanto tal se tornaría ridículo. También podemos expresar lo mismo en la forma del oro: la cuota-parte real del valor que puede ser representada por las mercancías en concurrencia relativa con la masa de valor social global se redujo a una dimensión de tal modo homeopática que su representación substancial en oro tendría que encogerse de una forma igualmente drástica. Si, en ese caso, lo mismo los precios de automóviles o lavadoras ya solo podrían ser determinados en cuantías microscópicas de oro, cepillos de dientes, calzoncillos o embalajes de masa ya no serian de todo posible de representar en el plano de la materia oro. Aunque la productividad de la extracción del oro haya experimentado un aumento menos fuerte que el «ahorro de las mercancías», ya no se puede hablar de una mercancía-dinero real como modo de relación universal de la socialización del valor. Pero eso no se debió ni se debe a ninguna transición hacia una reproducción capitalista sin una mercancía dinero substancial, sino a una desvalorización histórica del valor. El oro perdió su función de dinero porque las mercancías, en principio, ya no «valen» nada — en todo caso, no «vale» en la medida necesaria para la prosecución del movimiento de fin-en-si de la «riqueza abstracta».

 

Así, la explosión del precio del oro continua a contener en si un momento extremamente especulativo que, de una forma que tanto tiene de inconsciente como de afirmativa, tiene subjetivamente en cuenta el proceso de la desvalorización real, sin poder anular la objetividad negativa del mismo. Siendo así, los propietarios de oro tal vez puedan mantenerse temporalmente a flote en la economía de crisis o apropiarse de bienes, pero de una forma mediada por los bárbaros procesos de disolución de la socialización del valor en cuanto tal. Acaba por no ser ya ninguna suerte poder mantener el valor en cuanto valor en el plano subjetivo e individual, si el mismo se torna obsoleto a nivel histórico y social.

 

En cierto modo estamos nuevamente, tal como en la prehistoria del dinero, delante de un «dinero sin valor»; pero ahora ya no como un medio meramente simbólico en base a relaciones de obligación sólidas de carácter religioso, sino como catástrofe de la substancia del valor capitalista, o sea, del sistema ya no sostenible del «trabajo abstracto». A las recientes tentativas de las corrientes posmodernas, de un fascismo religioso, en el sentido de reproducir las formas vaciadas del fetiche del capital, de modo tan inconsciente como neurótico-compulsivo, en una simbología religiosa rígida, no son otra cosa sino momentos integrales del caer capitalista hacia la autodestrucción. En su cuadro, el modo de relación tornado obsoleto permanece intacto; su insostenibilidad debe ser relegada a un segundo plano por medio de rituales absurdos, disrespeto por el individuo, represión brutal y, sobretodo, de un patriarcalismo arcaizante que pretende compensar las manifestaciones de las crisis, en larga medida, por atribuciones reproductivas acrecentadas para las mujeres y que, precisamente por eso, se revela, a pesar de las sus vestidos religiosos, como específicamente moderno y capitalista. Contra esto hay que retener lo siguiente: o las personas emancipan su propia socialidad de la forma de la mercancía, del valor y del dinero , y solo así de la forma del capital; o la «ruina común» (Marx) de los sujetos concurrentes irá desembocar en una edad de oscura regresión histórica de la especie

 

Alemania, 2013

Robert Kurz

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